La Feria: Palabra presidencial

Sr. López

No sé en su caso, pero en el campo de doma en que fue entrenado este menda, la jefa de disciplina y administración (otros niños le decían “mamá”), tenía la última palabra siempre y en todo y cuando alguno de sus críos tenía el atrevimiento de preguntar “¿por qué?”, la respuesta invariable era: -Porque lo digo yo –santa palabra. No era uno retobón, lo volvieron.

Cacofonía no es un griterío de ladrones, no, sino lo contrario de eufonía, cacofonía es ese parloteo molesto en el que nada se entiende. Bueno, pues los integrantes del peladaje nacional estamos ya al borde de un ataque de nervios con la cacofonía morenista. Repite y repite AMLO promesas y lemas de campaña, su equipo hace la ola aunque algunos, con pudor, traten de matizar que lo que dice AMLO no es lo que oímos, y que cuando dice digo no dice digo sino dice Diego; pero en cuanto se entera, AMLO regresa a la palestra e insiste en sus promesas tal como las hizo.

Hagamos un alto, no nos enredemos, concretito: el gobierno de AMLO hará la cuarta transformación de México. Punto. Ni menos ni más: la transformación número cuatro del país. ¡Ya, sosiegos!

Ahora que, claro, eso de la cuarta transformación depende de que haya habido otras tres transformaciones nacionales de la patria (“matria”, a petición de las defensoras de género), y dice AMLO que sí, que van tres, a saber: Independencia, Reforma y Revolución. Ya torció la puerca el rabo.

Si la Independencia es la primera transformación de México, le tengo noticias: no puede serlo puesto que antes no había México, sino Nueva España y lo que hoy tenemos es menos de la mitad de lo que era eso; aparte: lo que llamamos Independencia no fue sino el acto mediante el cual los españoles y los criollos avecindados en estas tierras, intentaron implantar acá, en la Nueva España, una monarquía dirigida por un infante de España. Ya luego, pasado el despelote, se llevaron la sorpresa de que se habían independizado de España y que Iturbide era emperador. Bueno, la intención era otra.

La que AMLO llama segunda transformación, es la Reforma (Guerra de Reforma, 1858-1861), que fue un pleitazo entre conservadores y liberales; unos echados en brazos de España, los otros en los del tío Sam. Los conservadores le firmaron a Chabelita II el Tratado Mon-Almonte,  los liberales de Benito Juárez, el MacLane-Ocampo a los EUA; ambos lesivos a la soberanía nacional. Para nuestra buena suerte no entraron en vigencia, el de los conservadores porque perdieron la guerra (chin), y el MacLane-Ocampo porque el Senado yanqui no lo ratificó (qué pena con las visitas). Como sea, fue una guerra civil que ganaron los liberales. Menos mal.

Menos parece una transformación la Revolución que terminó el 25 de mayo de 1911, cuando don Porfirio dijo “ahí está el arpa ya no toco” y se largó a morir en Europa.

Lo que siguió fue otra guerra civil, rebatiña de militarotes y pescadores a río revuelto, que ganaron los que consiguieron el apoyo yanqui. Y nació el partidazo tricolor. México en esa ocasión sí se transformó y para bien, que por algo el mundo habló del “milagro mexicano”. Ya luego los sucesores de esos señores que cambiaron el país a partir de 1929, se creyeron que era hereditario el poder, metieron la pata de un hilo desde 1970 y a fuerza de tener cachorros entre ellos, se les rebajó la raza y acabaron como acabaron los porfiristas: perfumaditos, de uña manicurada, ajenos a la gente y enloquecidos por sus privilegios. Ni modo.

Ahora, esta anunciada cuarta transformación que es la segunda, sin forzar tanto la horma con la Independencia y la Reforma, empieza apenas y empieza a parecer más bien una Primera Restauración del viejo régimen de la época de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas: un líder máximo, autoridad primera y última que se muere en la raya antes que dar marcha atrás, aunque lo haga, pero nunca lo acepta, pues en la mejor tradición del pricámbrico clásico, la evidencia se niega en el discurso y con eso es suficiente, que si en otros países una mentira se ha de repetir mil veces para que se haga verdad, en México basta una sola vez si se dice desde las alturas del gran poder, para que en el breve viaje boca-oído se opere la milagrosa metamorfosis del gusano de la mentira en la grácil mariposa de la verdad oficial.

La prisa en resolver algunas de las promesas torales de la campaña de AMLO en pos de la presidencia, no es (no se equivoque), imprudencia o impericia, sino estrategia de mucho oficio político para llegar al inicio del gobierno sin el peso muerto de lo que ya saben desde ahora que no pueden cumplir en los términos que prometieron. Por eso las consultas populares fuera de lo que ordena la ley: no las necesitan para validar sus acciones sino para escamotear la marcha atrás: maquillaje, no cirugía.

La reforma educativa no será cancelada (en el discurso, sí), en la realidad será adaptada (y tal vez hasta mejorada, por qué no). La anulación de la reforma energética quedó en revisión de los contratos. La mudanza general de dependencias por todo el país, se hará despacito, tal vez en seis años. La recuperación de la seguridad pública empezará a notarse algo, con suerte y si el clima lo permite, dentro de tres años (cuando empieza la segunda parte, la de salida del gobierno). La segurísima rescisión de la construcción del aeropuerto de la CdMx, pasó de eso a consulta, en la que la gente escogerá entre seguir o hacer otro, perdiendo cien mil millones ya invertidos. El Tren Maya se ejecutará en cuatro años o menos, que los tiempos en que las obras se alargaban, ya terminaron y costará 150 mil millones de pesos, ni un peso más, que tampoco son tiempos de esos en que las obras salen en más; ya luego se le verá languidecer, impagable como es… y lo mero principal que sí se va a conseguir desde el 1 de diciembre: se va a acabar la corrupción… ¿cómo?… pues así, diciéndolo.

No dude: viene una transformación nacional, a menos que usted dude del mágico poder de la palabra presidencial.

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