La Feria: Que rueden cabezas

Sr. López

Raro país el nuestro en el que dependiendo del número de participantes cambia la naturaleza del acto.

Si a un tenochca pelos parados, chancla pata de gallo, “shorts” amarillo -tono perjudícame la pupila-, camiseta de campaña política, se le ocurre cerrar una vía rápida al tránsito vehicular con un mecate, en minutos la policía le lee sus derechos a macanazos y lo presenta al ministerio público. En cambio, si en lugar de uno, son 50 o más, gritando consignas mientras construyen una avenida, se manda un representante de la autoridad, se conversa, se instala una mesa de diálogo (la avenida sigue cerrada), se escribe una minuta, se firma y se les proporciona transporte para ser llevados a sus domicilios.

Si un canalla secuestra a ciudadano que fue al mercado (mandado por su mujer), lo busca la policía, lo localiza (siguiendo el rastro color café), enchiqueran al secuestrador y le recetan unos 60 años de cárcel… en cambio, si 150 demandantes de lo que sea, cierran un edificio público y mantienen dentro horas o días a algunos centenares de servidores públicos y personas misceláneas que fueron a realizar algún trámite, se repite la historia del párrafo anterior: representante del gobierno, plática, mesa de diálogo, acuerdos, firmas y aquí se rompió una taza y cada quien para su casa. ¡Se arregló!

Si un desesperado asalta un camión de Gansitos y lo detiene el chofer o algunos justicieros ciudadanos, lo atan a un poste después de ponerle una paliza de Viernes Santo, y lo entregan a la policía después de conversar largamente, poner sus condiciones y asegurarse quede tras las rejas. Pero si el asalto lo realiza una horda, la policía (y el chofer), contemplan los hechos rogando a Dios no les vayan a poner a ellos una sanjuaniza; no pasa nada, la banda se retira consumiendo el botín al son de “el pueblo unido, jamás será vencido”. Paz.

Lo mismo pasa si tres pelagatos toman una caseta de peaje: bote seguro. Pero si son 300, cobran todo el día, la autoridad por bien servida se da con que dejen circular los vehículos y no se roben pipas de gasolina, camiones de cerveza o de pollos, aunque también lo hacen.

Algo pasa. Algo malo pasa. Nadie en sus cabales piensa que estuvo bien lo que le sucedió los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa: no hay manera de justificar semejante barbarie… pero quiere ver el del teclado quién es el macho que se atreve a decir que esos muchachos estaban robando, que “tomar prestados” camiones de transporte público, sin fecha de devolución, ni pago de contraprestación, es robar y robando estaban (y las fotos aéreas de la escuela muestran que ahí siguen dentro otros camiones cuyos propietarios ya dan por perdidos y las aseguradoras no pagan porque no están perdidos).

Por supuesto son una minoría los que adoptan tales actitudes. Si consideramos los 130 millones que somos, no alcanzan el 1% los vándalos… pero tienen a la autoridad (y a los medios de comunicación) contra la pared: ¡ay! del que llame a las cosas por su nombre si los que delinquen suman más de un par de docenas (cada 2 de octubre es lo mismo al menos, en la capital del país).

Quienes tristemente pagaron con su vida el robo de combustible en Tlahuelilpan, Hidalgo, son 89 ladrones en descarada flagrancia, penosa, arriesgada, dramática flagrancia, no… no por ser tantos pasaron en automático a “víctimas”. Y las varias decenas de quemados que están hospitalizados, sufriendo lo que no está escrito por estar con la mayor parte del cuerpo achicharrado, merecen por supuesto, toda atención médica, pero ni uno tiene expediente abierto por la probable participación es un saqueo. Son muchos, eso no les quita lo ladrones. Son pobres, olvidados, pasan penurias… lo que usted quiera, pero son ladrones.

Además, ese municipio está muy lejos de pertenecer a la larga y vergonzosa lista de los municipios más pobres del país: casi cinco mil viviendas -98% con red de electricidad, agua y alcantarillado-, casi 19 mil 500 habitantes, 30 escuelas más 8 bachilleratos y una escuela superior, con buenas cosechas en sus tierras ejidales y particulares, no pocas de riego. No, no son un pueblo miserable, ni cerca de eso, la inmensa mayoría es gente trabajadora… pero hay ladrones, en ese pueblo hay ladrones, por eso en los últimos tres meses se han detectado 10 tomas clandestinas de combustibles.

Ahorita, llamarlos así es insensible y bajo. Pero eso son: ladrones, como todo el que toma lo ajeno a sabiendas que tiene dueño. Y peor: ahora son víctimas merecedoras de toda la conmiseración (y sí, los deudos de los difuntos, lo son, los heridos, también), pero eso no atenúa su condición de ladrones. Solo que llamar a las cosas por su nombre es políticamente incorrectísimo.

Imagine usted otra escena: empieza la fuga (por lo que sea, porque falló una toma clandestina o porque se fracturó el ducto). La población avisa a la autoridad. Nadie se acerca. Explota. No hay muertos ni heridos. Los bomberos quedan en ridículo, los de Pemex, también. Los militares acordonan la zona. Se reporta la ejemplar conducta de la ciudadanía. Reclamos a la autoridad por el exagerado número de veces en que se ha “picado” el ducto en esa zona sin respuesta eficaz de la autoridad. Sanseacabó. Nada humano que lamentar.

Por algo igual o parecido, volaron por los aires 8 kilómetros de calles en pleno Guadalajara, el 22 de abril de 1992, 10:09 am, muy presente tiene este menda por lo que no le da gana contar. Por algo igual o parecido volaron el río Atoyac y las inmediaciones de San Martín Texmelucan, en Puebla, el 19 de diciembre de 2010.

Mientras no suceda en la capital nacional (cínica verdad mexicana), no pasa nada: unos cuantos centenares de muertos, alguna explicación oficial y ya.

Dice nuestro Presidente que esto pasó por la corrupción. Claro que sí. Y en medio país hay tomas clandestinas, bien instaladas y funcionando años y años. Ya se va entendiendo la estrategia oficial. De políticos y algunos empresarios poderosos, urge que rueden cabezas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *