La Feria: Sin achuchones

Sr. López

Cuando la domadora de este López (otros le decían mamá), quería negarle tajantemente un permiso o advertirle que estaba en grave riesgo el estado de su trasero, nomás decía: -Ándale… atrévete –ni loco.

La ley es territorio de lo correcto, de lo que se vale. La política es el campo de lo posible, de lo que se puede. No siempre coinciden. El más sabio y correcto servidor público, igual que cualquier gente decente estándar, chancla pata de gallo al piso, hace lo que se vale. Los políticos, si son de raza, al revés: hacen todo lo que se pueda, se valga o no se valga.

La política real, no de libro, es lo que se vale frente a lo que se puede; al gobernar la cuestión de lo que “debe ser”, queda en segundo plano, puede no poderse, puede no valerse. El salario mínimo, por ejemplo, es una mentada de madre, pero no se puede más, aunque se deba y se valga fijarlo mucho más arriba.

Cuando llega al poder alguien sin experiencia política, puede cometer errores y hasta perder el poder, haciendo lo que es correcto y legal (que se vale), pero no es aceptable para la gente, o sea: políticamente es no-posible (que no se puede).

Al revés, cuando obtiene el poder un político-político, puede hacer cosas que no son legales, que no se valen, porque puede y sabe que conservará y aún aumentará su popularidad y poder, aunque se baile la huaracha encima de la ley.

El verdadero estadista es ‘rara avis’, una muy poco común persona que tiene cualidades de político, pero distingue bien lo que se vale y lo que no; por eso, cuando hay que hacer algo que debe hacerse por el bien de la sociedad, aunque no se valga, lo hace; y solo por esa razón. Un par de ejemplos que no calienten los ánimos:

Winston Churchill (innegable hombre de Estado), dice en sus Memorias que se impuso una norma personal para cada cosa ilegal e indebida que hizo siendo Primer Ministro de la Gran Bretaña: que fuera por el bien de su país y no le beneficiara a él -ni política, ni personalmente-, y agrega que el político que no pueda cargar esas cosas en su conciencia, mejor cambie de oficio (no es cita textual). Claro que Churchill hacía lo que no se vale con discreción, pues en su país, con la ley no se juega y si en su momento se hubiera sabido, lo corren; es su modo de ellos.

Al contrario, el gañán de Donald Trump intenta hacer lo que le viene en gana y sabe que puede hacer (cuenta con el respaldo de buena parte del peladaje de allá), sin que le importe un pito la ley, se valga o no. Pero como es un improvisado en política, lo cuenta, lo tuitea y lo presume… y la ley de su país le pone freno, porque también ellos tienen esa costumbre de no exceptuar de la ley a nadie.

Viene esto a cuento por el enfrentamiento entre el Poder Judicial y el Presidente de la república. Andrés Manuel López Obrador es un político de tiempo completo, ‘100% proof’, que ha dedicado su vida entera a eso, a la política, al arte de lo posible, de lo que se puede, se valga o no. Recuerde nada más el intento de don Fox de hacerle un juicio de desafuero en la Cámara de Diputados… Fox (improvisado en política), puede, en rigor, haber tenido razón conforme a la ley, pero no midió que era imposible: no se podía tumbar al jefe de Gobierno de la capital del país, con su popularidad a prueba de humedades y encima, para impedirle ser candidato a la presidencia de la república. Ganó AMLO, claro.

El Poder Judicial tiene perdido el pleito con el Presidente de la república, pues aunque consigan conservar sus ingresos intactos (conforme a derecho), estarán haciendo lo legal, lo que se vale, pero no se puede, porque ser imposible hacer entender la razonabilidad (correctísima, claro, debida y muy legalita), de los sueldos de los jueces, a más de 53 millones de pobres (Medición de Pobreza en México 2016, Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Coneval). Cosas como los ingresos de los altos funcionarios se publican en el Diario Oficial de la Federación, que nadie lee, pero no se habla de eso, precisamente por ser indigeribles para el tenochca simplex.

Pero, igual, ya puesto sobre la mesa el asunto, la salida era política: aplaudir la republicana intención del Presidente y recordarle que, para buena suerte de su esposa y su hijito, su sueldo no lo fija él sino el Congreso… y luego sumarle al ingreso presidencial nominal, todas sus prestaciones y gastos cubiertos por el erario… y ¡Santas Pascuas! (es más, mucho más que lo que ellos perciben de sueldo, nomás piense en lo que gasta presidencia en renta de Palacio Nacional, viáticos, recepciones oficiales y banquetes, aunque sean con agua de jamaica).

Es una cuestión interesante. Por un lado, a pesar de todo, la Suprema Corte tiene obligación de hacer lo que está haciendo, por impopular e imposible que políticamente sea: esa es su chamba, defender lo legal, lo que se vale; y por su lado, el Presidente está haciendo lo que sabe hacer, política y sabiendo que la Corte se puede transformar en una piedra en el zapato a la hora de gobernar, los ha desacreditado públicamente, por más legal que sea su sueldo (que lo es), los deja muy mermados ante la ciudadanía: ¿no se vale?…. mmm, no, pero se podía y se pudo.

La ley por cierto, no está enredada: un artículo constitucional dice que nadie gana más que el Presidente (el 127) y otro ordena que nadie toque el ingreso de los jueces (el 94), y en derecho siempre prevalece la norma particular sobre la general. El artículo dedicado a proteger el ingreso del Poder Judicial, está por encima del otro. Y el lío es por cortesía del Poder Legislativo que no fumigó el artículo 94 y le asignó los sueldos a los señores del Poder Judicial. Ahora resulta…

¿Quiere desaparecer al Poder Judicial el Presidente?… no, eso es ponerse trágicos por un pleito de los abuelos: no se van a divorciar ni habrá sangre. Lo que tal vez quiera es que la Suprema Corte sea lo que fue por décadas: todo, menos un competidor del Poder Ejecutivo… y así vivimos tantos y tantos años, sin achuchones.

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