La política vacía

Cada vez con mayor frecuencia escuchamos que la ciudadanía tiene mucha desconfianza de los partidos políticos; que el desencanto con la democracia electoral es un clima que se respira desde hace años en el país; que hay que pensar bien lo que vamos a hacer con el voto el próximo 7 de junio.
Sin embargo, con menos frecuencia se escuchan las razones —salvo una queja de corrupción generalizada— que hay detrás de esta desconfianza y desencanto. Es importante saber qué hay detrás del mercado electoral que domina en este momento porque, tal vez, lo que nos encontremos sea una política vacía.
Lo importante está oculto, lo que se devela de forma diaria son las partes más escandalosas de una pugna política que se ha vaciado de contenidos. Si revisamos en dónde están las agendas importantes de cambio, veremos que no están en las campañas y no vienen de los partidos. En las elecciones se ha vuelto rutinario ver una propaganda de caras y gestos, con algunas consignas que reprobarían en cualquier concurso de mercadotecnia. Las ciudades se inundan de propaganda basura y los medios nos aturden con spots, uno tras otro, como si la consigna fuera que los aprendiéramos de memoria. El modelo de competencia política está agotado y ha llegado a límites intolerables.
Ahora sabemos que la autoridad ha sido capturada, como en el pasado, por los partidos; que hay intereses políticos particulares que impiden la tutela de los derechos ciudadanos y las condiciones de equidad. El PRI-PVEM es la dupla que mejor expresa esa captura. Las violaciones a la legalidad del Verde están protegidas por una línea que va de la Comisión de Quejas del INE (con dos de tres votos, Favela y Galindo, que son el nuevo tribunal de la santa inquisición que en estos días han bajado cerca de 40 spots que perjudican al PRI-Verde); sigue con el cuarteto de priístas del consejo general (Baños, Andrade, Favela y Galindo), que con frecuencia se convierte en sexteto (con los votos de Santiago y Nacif). La línea continúa hasta el Tribunal Electoral y su sala superior (el peor que hemos tenido) en donde se alza la defensa más fuerte de los intereses del PRI-Verde.
La manipulación electoral, la violación calculada de la ley, las decisiones facciosas de ciertos árbitros, llenan de notas la cobertura noticiosa, pero dónde está el resto de la información, lo relevante, los debates, las agendas, las propuestas, los proyectos, y descubrimos que no hay, que el vacío cubre las campañas y que las caras y gestos, la demagogia y las sonrisas de estudio de la mercadotecnia son lo que prevalece. La realidad es que las propuestas y las agendas no vienen de los partidos, sino de otros actores sociales. Lo que vivimos en estos momentos es la política vacía.
Hace unos días se dio a conocer un observatorio de política, México ¿Cómo Vamos?, y el reporte es atendible: de las nueve gubernaturas en disputa, en ninguno de los estados los gobernadores tienen buenos resultados; en la mayoría de los casos los problemas se han agravado, el desempleo, la precariedad laboral, la inseguridad, el endeudamiento, el aumento de la desigualdad, el avance de la pobreza. Estos son los problemas reales a los que partidos y candidatos deberían de enfocar sus baterías y las campañas deberían ser el lugar del debate para discutir los mejores proyectos y las políticas públicas más adecuadas para enfrenar el reto. Grupos de ciudadanos, organizaciones civiles, movimientos sociales, son los que hacen las propuestas y luchan por sacar adelante agendas de cambio. Los poderes Legislativo y Ejecutivo son los muros de contención de los intereses particulares. Es raro ver a legisladores, a gobernadores o al mismo Presidente de la República, con una agenda de cambio en serio para enfrentar esos restos. En el Pacto por México vimos reformas constitucionales para obtener legitimidad, pero luego llegaron las leyes secundarias y llenaron de límites y excepciones el alcance reformador.
En esa política vacía, en la simulación, en la falta de representación y el modelo de partidocracia están asentadas las razones para la desconfianza. Este es el modelo que ha llevado al fracaso a la democracia mexicana.

Por Alberto Aziz Nassif
Investigador del CIESAS
@AzizNassif

EL UNIVERSAL

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