Llanto, sangre y muertos: La Feria

Sr. López

Tía Tita (Carlota, Carlotita y por economía de aliento, Tita); era de las de Toluca, hermana de tía Rosita, esa que hasta los 117 cumplidos consideró oportuno presentarse ante el Creador. Tía Tita a diferencia de tía Rosita, se casó, tuvo hijos y vio tataranietos, y para verla al borde del soponcio, bastaba con decirle que se había sabido algo de la familia: -¡¿Qué, de quién… algo feo?! -esclava del “qué-dirán”, sufría como si tuviera un cáncer de muelas si trascendía la menor cosa de las “intimidades de casa” (para ella, “casa” era sinónimo de “familia”); y por guardar las apariencias era capaz de todo, nomás le digo que simuló la boda de una de sus hijas diciendo que el casorio era en Zacatecas, aunque de Pachuca no pasaron, y luego inventó que su hijita había enviudado, todo para legitimar al robusto bebé indocumentado que llegó a su domicilio. Pero se hace uno mayor y entiende que no era solo ella, que México entero es el reino de las apariencias.
Somos especialmente buenos en parecer menos amolados de lo que estamos, aún en estos tiempos pandémicos en que, quien más quien menos, andamos todos con la cartera hecha garras (Slim y similares: absténganse de comentar nada, si son tan gentiles), y nos pintamos solos para aparentar que estamos en jauja, que no es raro quien estrena coche aunque no tenga para pagar la tenencia; que la señora más fregada de la cuadra, a la hora buena, luzca unos aretes que parecen de oro; y que la fiesta del pueblo se haga con la Banda el Recodo, aunque haya que vender todas las vacas. Así somos.
Ese perpetuo aparentar es genético. Cuando Cortés llegó a Tenochtitlan, hizo como que se creía el cuento ése de que ante Moctezuma había que bajar los ojos y mirar al suelo, por el inmenso respeto que merecía, cuando la verdad fue que a la raza le dio pena que lo vieran de plumero y taparrabos y lo hicieran menos las visitas con sus trajes de hojalata; y luego don Cortés confirmó sus sospechas al oír el primer coro en su vida, de mentadas de madre en náhuatl (dirigido a Moctezuma), y al ver que se lo escabecharon a pedradas (nada respetuosas).
Después, en masa, se fingió que ya se creía en la nueva religión, porque estaba muy mal visto seguir rezándole a los dioses de antes (y lo molían a palos), aunque a la fecha no pocos sigan con lo mismo (¡resistencia!). Si no lo cree, nomás vaya al atrio de la basílica de Guadalupe en 12 de diciembre y mire a los danzantes adorando a Tonantzin entre sahumerios.
Igual fingimos todos que nos independizamos de España porque nos reventaban el hígado los conquistadores, pero si quiere usted ver feliz a una familia estándar, que nomás llegue un güerito gachupín pidiendo la mano de la nena de la casa: ¡echan cuetes!; y en las plazas de toros, no son pocos los que empiezan a cecear, se plantan boina y se chorrean la camisa tratando de beber vino de la bota, como si acostumbráramos beber tinto o que una cantimplora de pellejo fuera mejor que un pumpo de guaje (por si alguna prueba nos hacía falta de que no todo lo que viene de fuera es mejor), y todo por aparentar ese delicioso extranjerismo nuestro de asco.
Luego nos echamos 30 años de porfirismo aparentando que nos encantaba lo francés (que nomás los cuernos se nos quedaron, los de pan), y que era una gozada trabajar para un hacendado. Enseguida, el siglo XX completo, aparentamos que “¡viva la revolución!” y que éramos democracia, sabiendo todos que para nada, ni tantito, y lo ahora ya logrado lo andan queriendo echar para atrás nuestros actuales transformadores patrios (¡ay, Presidente!, Dios no le conceda esfumar al INE y dotarnos con su flamante organismo electoral, adscrito al Poder Judicial, maniobra que tiene un tufo insoportable de golpe centralista a la joven democracia electoral, de este nuestro país que algo tiene de cruz y de calvario).
También estuvimos aparentando durante el siglo XX que lo hecho en México estaba bien hecho, que no necesitábamos nada importado y que no nos molestaba ver meses tarde las películas que estrenaban los cines gringos; pero en cuanto se abrieron las fronteras, oiga usted, nos inundamos voluntariamente de zarandajas que por el hecho de venir del extranjero la gente se mata por ellas (¿o de veras necesitamos siete pares de tenis -Nike, pero por supuesto, que los Súper Faro son de naco-, o su celular de seis meses de uso ya es una antigualla y su lap top de un año, una reliquia?); en fin, ahora aparentamos que jamás usamos sábanas de manta Cabeza de Indio (estupendas) y que es imposible dormir si no se mete uno entre unas Frette italianas (lino egipcio, 800 hilos).
Y así vamos, aparentando que detestamos a los políticos y todo les toleramos; que nada nos gusta del gobierno y nos plegamos a sus caprichos; que los maestros ya ni la friegan, pero ni a fuerza va uno a las juntas de padres de familia (a menos que sea un “argüendero”); que nos horroriza la delincuencia organizada y nadie abrimos el pico si el vecino estrena camioneta con defensas de oro macizo, cuerno de chivo y esposa.
Ahora mismo aparentamos con silencio cómplice que nos parecen bien los desfiguros de las celebraciones de Independencia copresididas por el dictador de Cuba y con una maqueta de pirámide en el Zócalo; y muy correcta la defensa que lidera nuestro Presidente de los inmigrantes en los EUA mientras acá la orden a las autoridades nacionales es detenerlos como sea (garrotazos incluidos).
Y por lo mismo, por ser una sociedad de apariencias, no se han suscitado marchas de mofa por el inmenso ridículo de la carta presidencial remitida a don Biden, proponiéndole implante los programas Sembrando Vida y Jóvenes Construyendo el Futuro, en beneficio de Guatemala, Honduras y El Salvador, para lo que sugiere, el tío Sam pone el dinero y México “asesoría, experiencia y trabajo”. ¡Ah!, y tan fresco nuestro gobierno regala vacunas a otros países.
¡Qué atropello a la razón!, mientras acá millones comen de milagro y ponen cada día, llanto, sangre y muertos.

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