Los estúpidos duermen bien : La Feria

Sr. López

Algunas cosas ya sabe usted de doña Elena, la abuela paterna de este menda, la de Autlán de la Grana, Jalisco (“cuando era pueblo rabón”, decía); señora sin academia que sólo sabiendo leer y escribir, a fuerza de leerse completo todos los días el Excélsior aquél de la primera mitad del siglo pasado, alcanzó cultura de catedrática, claro, aclaraba ella, con diccionario y mapamundi, a la mano. Esa que escandalizaba con sus agudezas a las señoras persignadas del pío lado materno-toluqueño, de las que se reía diciendo “pero ninguna encargó hijos sobando el rosario”, y que cuando alguien censuraba a una chamaca por haber cometido un desliz, brincaba diciendo “himen no lleva hache de honra, sino de hilacha”; sí, la que enseñaba a no tomarse a la tremenda la vida, ni tan en serio a uno mismo, a veces decía por lo bajo leyendo una noticia: -… cosa tan seria, la estupidez.
Y sí que lo es, tanto que ha ocupado mentes de ilustres calibre Erasmo de Rotterdam, autor a principios del siglo XVI, del “Elogio de la tontería” (“Stultitiae Laus”, traducido mal no se sabe por qué, como “Elogio de la locura”, siendo grande la diferencia entre un loco y un estúpido, para no usar el preciso término mexicano que rima con trebejo).
Elogio irónico dedicado a los que ocupan cargos públicos, con ánimo de que se corrijan por afectar con sus estupideces a la colectividad, en tanto que las tonterías individuales, a domicilio, no le merecieron atención por ser de efectos limitados al hígado, bolsillo o ánimo de los más cercanos al baboso del caso, sin consecuencias en el vecindario, a más de ser inevitable que cada familia tenga su estúpido, güila, ladrón, santo y bujarrón (palabreja redescubierta desde que la Corte declaró ilegales otras de uso común para referirse a los valerosos señores que cortejan sargentos, diría Salvador Novo).
Dado el desolador panorama que ofrece la vida nacional en los últimos años, parece urgir la composición de un nuevo tratado equivalente al de don Erasmo, no su reedición, pues su fina ironía puede malinterpretarse como apología y hasta alabanza, en estos tiempos de hilar tan grueso y florecimiento de lo zafio, perdiéndose su intención didáctica, a más de contener greguerías, referencias mitológicas y alusiones a personajes que hoy casi nadie entiende, ni conoce, ni le importa un pito averiguar, pues ha pasado de moda avivar el seso, para tristeza de Jorge Manrique.
Proponer se escriba un novísimo “Tratado de la estupidez”, parece estúpido, dada la imposibilidad genética del estúpido para reconocerse como tal, pero es que se confía en que algunos de los más rumbosos metedores de patas de nuestra política no sean imbéciles desahuciados y puedan corregir sus actos, para beneficio de la sociedad. Y de los otros inteligentísimos que hay, que sí los hay, hoy no tienen el pandero, esos, que no lo lean.
El objetivo es que leyendo el tratado, los estúpidos recuperables, se digan: “¡Caramba!, soy un estúpido” (síntoma muy alentador), les incomode y pongan remedio. Y al mismo tiempo, que los tenochcas simplex de nivel banqueta que lo lean, los identifiquen con facilidad y se rían de los estúpidos impenitentes que sustituyen conocimientos, argumentos y razonamiento por insultos y vulgaridades, que dicen que decía Voltaire “la risa para el mal gobernante es como una estocada”.
Ojalá persona capaz y de virtud probada emprenda esta empresa, pues ya alarma la creciente concentración de partículas de estupidez en la atmósfera política nacional, altamente tóxicas a la salud de la república, particularmente en estos tiempos Covid en los que las autoridades sanitarias nacionales desdeñan con altivez el uso del cubrebocas y hacerse pruebas o recomiendan el Vaporub y los tecitos, mientras los funcionarios de las organizaciones mundiales de salud se quedan afónicos pregonando que no se minimice la variante Ómicron pues se propaga a tal velocidad que aun siendo menos letal puede desbordar los sistemas sanitarios; tiempos raros en que se hacen los planos de un tren conforme se avanza en su construcción; y si cree usted que no hay cretinos que ameriten tal tarea, recapacite en que un legislador (‘pitecántropo noroñensis’), propuso desde la tribuna como tratamiento para las hemorroides el uso del Vaporub que aparte de inútil, debe ser dolorosísimo.
Por supuesto no son alarmantes otras tonteras que pertenecen más al ámbito de lo cómico que de lo trágico como amenazar con multa de 900 pesos al capitalino que tenga auto de más de un millón de pesos, emplacado en otro estado, equivalente a amenazar a King Kong con darle un coscorrón; y para que vea que la cosa es pareja, también antaño se hacían hilarantes babosadas como la del presidente Ávila Camacho (1940-1946), quien a iniciativa de su secretario de Marina, Heriberto Jara, dispuso la construcción de barcos en la Ciudad de México (y sí hicieron uno que se llevó por carretera a Veracruz, donde fue botado y se hundió al momento), y don Ávila justificó poner astilleros en la capital nacional, diciendo fue: “(…) para evitar la necesaria construcción de talleres marítimos en el Golfo y en el Pacífico: la Ciudad de México se encuentra a distancias equidistantes -sic trémulo- entre Acapulco y Tampico (…)” (entrevista de don Ávila con Carlos Zapata Vela; Costa-Amic, Editores, 1992… no anda uno inventando).
Ojalá alguien calificado tome este exhorto como de obvia y urgente atención: ya son alarmantes los signos de que se propaga como epidemia (no pandemia, esta se confina solo al territorio nacional), una muy virulenta variante de la estupidez, consistente en confundir perseverancia con necedad y madrugar con productividad.
Importa que siguiendo a Erasmo de Rotterdam, no se omita mencionar que las sustancias nutricias de la estupidez son el narcisismo, el gusto por la adulación, la irreflexión, la pereza (la de pensar), la hiperactividad sin rumbo y la conciencia refractaria, porque, eso sí, probado está, siempre los estúpidos duermen bien.

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