Mala Suerte: La Feria

Sr. López

El abuelo Armando nunca abrió la boca para ventilarla y todo mundo lo oía atento porque no decía tonterías; tenía predilección por este menda y lo llevaba a la calle a “sus asuntos” (sentarnos en el parque). Desde que su texto servidor tuvo edad de saber de qué va esto de haber nacido, de vez en cuando soltaba algún consejo, como hablando para él mismo.

Una vez dijo: “Nadie es superior a nadie, pero en este mundo hay moscas y mariposas, y uno escoge qué mujer mete a su casa” o “nunca se deja a la mujer por encontrar mejor, a Dios siendo Dios, le salió Eva como le salió y no hizo otra”. Sí, decía cosas como: “En la vida hay cosas que salen mal por mala suerte, pero al que le sale mal todo es que hace mal todo, no hay tan mala suerte”; y “se vive la vida con lo que toca, sin esperar completo, nunca hay completo”. Tenía razón.

Legalmente, el poder de un Presidente de México es enorme y más, considerando eso que alguien definió como facultades “supraconstitucionales”. Como sea, la influencia y poder del Ejecutivo, rebasan las cotas de la ley y sus decisiones y palabra pueden cambiar y cambian, el curso de los asuntos nacionales, para bien o para mal.

Sin embargo, solo los amateurs del poder, asumen la presidencia creyéndose todopoderosos. No, eso no son y los que lo creen sufren mucho al descubrir las limitaciones propias del cargo y lo inmensamente diminuto que es su plazo portando la Banda Presidencial. Se les va como agua su sexenio y conforme se acercan a su fin, se topan cada vez más con mayores dificultades y obstáculos. Se acumulan frustraciones, decepciones y luego, traiciones.

Un Presidente como el que ahora tenemos, que ganó las elecciones arrasando en las urnas y con una delirante popularidad, parece haber creído que todo era posible por obra y gracia de su sola voluntad. No ofreció gobernar al país sino transformarlo con lo que él mismo definió como una “revolución pacífica”, seguro de ganarse un lugar entre Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas, como prueba el mural en que su imagen aparece junto a los próceres. Canonización laica anticipada que de no lograrse lo arriesga al ridículo… y no la logrará.

Ya con poco menos de tres años más en Palacio Nacional, no es imprudente verificar resultados: la pobreza crece, la gente lo padece y no se aprecian los beneficios casi milagrosos que prometió con sus programas sociales; la inseguridad es rampante y se han roto todos los récords de homicidios dolosos; la salud pública se ha deteriorado no poco y la negada escasez de medicamentos hubo de aceptarla, finalmente; cada vez es más difícil ocultar que la tragedia por la pandemia se magnificó por malas y tardías decisiones, por sostener frente a su combate a un médico genuflexo con ansias de reflector; conforme avanzan sus magnas obras favoritas, más crece la desconfianza en su rentabilidad, más aumentan sus costos, menos confiables son sus cuentas; y si no lo sabe, se va a enterar: ha comprometido la economía nacional, ahora la meta esperable, no segura, es que termináramos en 2024 como estábamos en 2018. Mal asunto.

El terreno en que el Presidente se siente más seguro es en el de la operación política, su mero mole. Las premisas deseadas eran que desapareciera de la escena nacional su gabinete, solo él sería la cara visible de todo el gobierno, nadie nunca le quitaría un ápice de mérito; y con mayor importancia, que se sometieran a él, el Poder Legislativo, el Poder Judicial, el Tribunal Electoral y el INE. Así, ya terminado su sexenio conservaría la suprema autoridad moral de la política nacional o quien sabe, tal vez la gente, el pueblo hecho populacho, le rogaría seguir de Presidente. Sí.

Bueno, que el gabinete se sujete a su autoridad no tiene gracia, son sus subordinados, pero que él sea el mascarón de proa de la nave gubernamental lo dejó expuesto y sin defensa ante todo problema, ante cualquier tropiezo, ante las contradicciones y naturales pifias que resultan de manejar sin delegar decisiones, un aparato burocrático tan inmenso. Consiguió este objetivo, sin duda, pero el precio es demasiado alto. Mal asunto.

De lo otro, de controlar al Poder Legislativo, desde el inicio no fue posible, nunca contó con la mayoría necesaria para reformar la Constitución, hubo de conformarse con la mayoría simple para que se le autorizaran presupuestos y leyes secundarias que en algunos casos se le han nulificado en tribunales.

Controlar al Tribunal Electoral federal parecía objetivo conseguido hasta que los magistrados con el poder de su dedo, defenestraron al obsequioso Presidente del Tribunal que se afanaba en darle gusto en todo. Instancia perdida.

El INE no se dejó someter, el enfrentamiento es abierto y el Presidente lo definió como un “obstáculo para la democracia”, despropósito mayúsculo, más aún por no tener suficientes votos legislativos para desaparecerlo, como él mismo dijo cuando propuso incorporarlo al Poder Judicial.

Con el Poder Judicial, tampoco pudo nunca. Los magistrados de la Suprema Corte y los jueces, sin aspavientos, repetidamente emiten resoluciones contrarias a los deseos presidenciales: suspendieron la ley de remuneraciones (febrero 14, 2019; junio 3, 2020 y noviembre 11, 2021); no le concedieron la consulta contra expresidentes, que quedó en consulta de una generalidad del todo inútil (octubre 2, 2020); invalidaron la “Ley Bonilla”, que prolongaba el mandato del Gobernador de Baja California (mayo 11, 2020); tiraron la ley de reforma eléctrica (febrero 3, 2021); no le concedieron derrocar y encarcelar al gobernador de Tamaulipas (mayo 14, 2021) -impugnó la Fiscalía (mayo 17, 2021)-, los jueces volvieron a protegerlo (antier); invalidaron las reformas a la legislación penal, que permitían la prisión preventiva de oficio por delitos fiscales (26 octubre, 2021); anularon por unanimidad de magistrados presentes la ley que prolongaba el mandato del Magistrado Presidente de la Corte (antier).

Pobre hombre, nada le sale, no es posible tanta mala suerte.

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