Mansito: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Maruca, casada con tío Goyo, tuvo once hijos (seis mujeres y cinco varones), y hubiera donado sus dos riñones a cambio del divorcio (el tío era de verdad una pesadilla), pero él se negaba de plano (en aquél entonces en México, era casi imposible conseguir un divorcio necesario y la voluntad de las señoras estaba pintada en la pared). Así las cosas, sorpresivamente, tío Goyo se puso gravísimo y parecía que tía Maruca pasaría a mejor vida. Transcurrían los días y los médicos pronosticaban lo peor, o sea, lo mejor para la tía. Por fin tío Goyo pidió un Notario y un cura. Lo del cura quedó pendiente pero lo del Notario se hizo al instante. Para dictar su última voluntad, mandó por todos sus hijos y delante del fedatario hizo jurar a la inminente y feliz viuda, que se casaría con Neto (Ernesto), su hermano menor, solterón por feo (el sapo, le decían).  La tía que no era tontita, le ganó el entusiasmo, juró y cumplió, aunque el Notario se rehusó a poner esa condición en el testamento. Tía Maruca luego, extrañaba al muerto. Ni modo.

Suponiendo sin ganas de molestar a nadie, que la palabra del Presidente López Obrador fuera un lingote de plata; suponiendo que aceptara la abrumadora evidencia de la marcha de FRENAA del sábado pasado, más que pasada de los cien mil participantes; y que asumiera la irrebatible caída de su popularidad en todas las encuestas; suponiendo todo eso, que no es poco figurarse, entonces el domingo pasado, el Presidente de la república hubiera mandado al Congreso su solicitud para abandonar el cargo, aduciendo como causa grave, la pérdida de confianza de sus gobernados.

¿De veras?… o sea, 100 mil, 200 mil, ¡vaya!, al fin que es suposición: 500 mil manifestantes, dando por buenas las encuestas, ¿son más que los 30 millones 113 mil 483 que lo eligieron como Titular del Ejecutivo?… como que no.

Curioso reto lanzó el Presidente a sus opositores. Le tomaron la palabra, echaron una muchedumbre a las calles y el Zócalo de la capital del país y como era de esperarse, les pintó un violín y los invitó a ‘no comer ansias’, pues en 2022 tendrá lugar la consulta de revocación de mandato (“soy demócrata, el pueblo pone, el pueblo quita”, dijo sin que le ganara la risa). Tan campante.

Y eso de la dichosa consulta de revocación no es de enchílame otra: no es de realización obligatoria, primero debe pedirla el 3% de la lista nominal de electores de cuando menos 17 estados (por ahí de dos millones 700 mil electores), pues no se puede hacer a solicitud del Presidente ni del Congreso, y para juntar las firmas se dispone de un plazo que va del mes de noviembre hasta el 15 de diciembre, de ese 2021 (se van preparando, por favor); luego, debe votar en la consulta el 40% de los electores, por ahí de 36 millones de cívicos tenochcas. O sea, cumplidos los requisitos, si 18 millones más uno, deciden que el Presidente entregue los trastos, se tiene que ir… y se queda uno pensando: ¿y el voto de los más de 30 millones que lo pusieron en La Silla, qué?

Por supuesto si consiguen echarlo, no va uno a aguarle la fiesta a los que están hasta la coronilla de este gobierno (si les queda un lugarcito, ahí acepten a este menda), enhorabuena, pues… pero no por eso adquiere viso equitativo que a quien treparon más de 30 millones lo desmonten 18 millones o una o varias o muchas manifestaciones monstruosas.

Es tarde para andarse con estas consideraciones, dirá usted, y es cierto: la ley es la ley y así está hecha. Si no le aceptó el Congreso al Presidente que la consulta de revocación de mandato se hiciera al mismo tiempo que las elecciones generales del 2021, fue porque era una impudicia de su parte colarse en las boletas electorales: ¿quiere consulta para que lo echen o siga en el poder?… ¡concedido!, en 2022 y sin posibilidad de hacer campaña. ¡A ver de a cómo nos toca!

El del teclado escribe esto a riesgo de perder al solidario lector que supone tiene (así, en humilde singular), pero debe uno entender en qué clase de berenjenal podemos meter al país.

No es muy difícil imaginar la clase de protestas, marchas, plantones, toma de casetas, cierre de carreteras, que puede organizar tras bambalinas un señor que se especializa en precisamente eso: generar caos (¿cómo que qué señor?, no se haga: Andrés Manuel López Obrador). Y no es difícil tampoco, imaginarlo como pregonero de sí mismo el resto de su vida, asumiendo el papel de Mártir de la Democracia, Apóstol de la Transformación de México, víctima de la mafia del poder… y principal activista todo terreno, bueno para un barrido o un trapeado, opositor eterno al que tendríamos que aguantarle declaraciones a diestra y siniestra. Nomás piénsele.

Y todo eso sin dejar de mencionar que si consulta revocatoria mediante, López Obrador no termina su sexenio, será el Congreso el que nos ponga Presidente para terminar el periodo. O sea: nos andamos arriesgando mucho. Piense nada más en la clase de presiones legales e ilegales, o coqueteos -contantes y sonantes-, a que puede dar lugar esto. ¡Cuidado con que se nos conceda lo que deseamos!

Acepta el del teclado que precisamente en estos momentos, es de lo más impopular decir que aguantemos al Presidente a que termine su sexenio. Pero lo contrario nos meterá en la dinámica latinoamericana de la inestabilidad política. Ni imaginamos lo que es eso. Ni imaginamos a qué nos arriesgamos.

Manifestar el descontento y oposición es muy correcto y tal vez hasta un deber. De acuerdo. Pero parece que olvidamos que el próximo año, antes de la fecha de la consulta de revocación, se le puede quitar al Presidente su principal herramienta de mangoneo nacional: la Cámara de Diputados que es la que controla los presupuestos nacionales y el principal órgano técnico de fiscalización del país.

Hay que serenarse: si la Cámara de Diputados deja de ser una extensión de la voluntad emanada de los sacros calzones presidenciales, lo que queda de sexenio le va a saber a centavo la boca… y traerlo a rienda corta, hasta dejarlo mansito.

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