Marx AMLO

JOSÉ ANTONIO MOLINA FARRO

‘El infierno es descubrir la verdad demasiado tarde’

El presidente López Obrador se refirió en una de sus mañaneras a Carlos Marx. Lo hace por segunda vez. En la primera omitió su nombre, pero sentenció una frase típica de la doctrina marxista, “la socialización de las pérdidas y la privatización de las ganancias”, en alusión a los conservadores, empresarios neoliberales que explotan sin piedad el trabajo asalariado. El día 17 de mayo, después de la tragedia del Metro y del desafortunado “¡Al carajo ese estilo, esa hipocresía!, rectificó al ofrecer disculpas a los familiares y víctimas del colapso de la Línea 12, y aseguró  que su convicción es “no darle la espalda al dolor humano”, “Yo les pido perdón todos los días…yo deseo que nadie sufra…que nadie pierda la vida…” También agregó: “Hay una frase de Marx, que no se puede aplicar del todo ahora, porque los animales también tienen sentimientos, en el tiempo que él escribió mucho –es un gran filósofo- sobre ciencia social, ciencia política, no se tenía conocimiento sobre los sentimientos de los animales, pero la frase dice así: quien tenga como aspiración ser un animal, puede naturalmente dar la espalda a los dolores de la humanidad y trabajar en su propio provecho”. También criticó al neoliberalismo, “Nosotros tenemos que enfrentar mucho a nuestros adversarios conservadores, porque son muy individualistas, muy egoístas y corruptos, hipócritas, pero los respetamos”. También criticó a los medios por “zopilotear” cuando suceden tragedias.

Para algunos autores, aunque con fines distintos, Marx al igual que Nietzsche y Freud, tienen en común la denuncia de las ilusiones y de la falsa percepción de la realidad, pero también la búsqueda de una utopía. Los tres realizan una labor arqueológica de búsqueda de los principios ocultos de la actividad consciente, si bien, simultáneamente, construyen una teleología, un reino de fines. Pero no es propósito de esta columna analizar los vínculos entre mundo social y el mundo natural, según el filósofo alemán. La literatura es abundante, y no hay un consenso entre los exégetas de Marx; baste decir que, según Marx y Engels, en sus Manuscritos de 1844, “La naturaleza es el cuerpo inorgánicodel hombre. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre vive de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza”.

¿Andrés Manuel es marxista? ¿Entiende la profundidad del  pensamiento de Marx? ¿El ideal marxista de sociedad es el ideal del presidente? Seguro lo estudió en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Es evidente su admiración por el filósofo alemán, lo cual, per se, no es censurable. Millones de personas el día de hoy y en diferentes etapas de la historia, incluido el que esto escribe, se han sentido cautivadas por la doctrina  de este gigante del pensamiento universal, que durante décadas dividió al mundo en dos bloques. El tema es si la concepción marxista de la historia, la política, la sociedad y la economía son aplicables hoy día, en un marco democrático y de libertades, y teniendo como vecino al Tío Sam.  El llamado “socialismo real” nos dio una versión sanguinaria y cruel de la doctrina marxista.  Hay quienes se refieren a Andrés Manuel como un profeta de la destrucción, por su tozudez en destruir todo lo existente, en una burda simplificación del pensamiento marxista-leninista, despreciando los fundamentos de la democracia y reduciendo todo a la nada,  para erigir de las cenizas el nuevo orden redentor. Su franca  simpatía hacia regímenes de corte socialista como Venezuela,  Bolivia, Cuba, etc. y otros más de corte populista; sus embestidas a la libertad de expresión y su intolerancia a quienes disienten; su búsqueda del igualitarismo sacrificando libertades; su discurso mesiánico y maniqueo (nosotros, los otros, los fifís, los buenos, los malos); sus permanentes embates a los órganos autónomos; el desmantelamiento institucional; las inclementes descalificaciones al capital nacional y extranjero; su olímpico desprecio al Estado de derecho; su visión hacia adentro y al pasado, en búsqueda de un pasado edílico y lejano, para The Economist “necrofilia ideológica”,  para Roger Bartra “retropopulismo”; su nulo interés por la cooperación internacional para el desarrollo económico y su abierto desafío a los tratados internacionales. Y algo nada menor, su insistencia en instaurar un nuevo régimen político, sin definirlo jurídicamente, esto es, algo diferente a una república federal, democrática, representativa y laica, y con regulaciones expresas sobre las vías legales para acceder al poder, cómo ejercerlo y concluirlo. Todo ello hace pensar a muchos colectivos sobre la determinación del presidente de instaurar el socialismo como antesala del comunismo.

Andrés Manuel, no puede decirlo literalmente, sí busca instaurar un gobierno socialista muy a su estilo, sui géneris y con inocultables rasgos mesiánicos y autoritarios. El fantasma del comunismo no debiera espantar ni asombrar, a no ser porque esa vía la han transitado varios países, en muchos de ellos de manera impuesta, con resultados desastrosos y hasta sanguinarios para esas sociedades. Estamos muy distantes, en cultura y en historia, de la República Socialista de Vietnam y China, con gobiernos fuertemente centralizados  y con economías de mercado, que se han abierto al mundo, respetan sus reglas, y han alcanzado innegables éxitos económicos y tasas de crecimiento del PIB verdaderamente asombrosos, sacrificando libertades y derechos humanos fundamentales. No podemos dejarnos avasallar, la indiferencia es el peso muerto de la historia, hay que tomar partido, hay que abrazar causas, tenemos que preservar lo que aun nos queda de contrapesos,  división de poderes, órganos autónomos,  libertad de expresión y rendición de cuentas. El próximo 6 de junio se decide en gran medida el futuro de país y la sobrevivencia de nuestra maltrecha y germinal democracia.

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