Más allá de Baltimore

Las multitudinarias manifestaciones y los actos de violencia y caos que vivió la ciudad de Baltimore podrían parecer a algunos un hecho aislado, producto de un caso aislado también de presunta brutalidad policiaca, la que causó la muerte aún no aclarada de un joven afroamericano.
Habrá quien vea esos hechos como la continuación de lo acontecido en la aparentemente lejana población de Ferguson, Missouri, donde la muerte de otro joven afroamericano a manos de otro policía desató también una oleada de protestas y disturbios aún más prolongada y violenta.
Y por supuesto no faltará quien en todo esto vea una liga con un terriblemente alto número de incidentes similares a lo largo y lo ancho de EU: en Miami, en Nueva York, en Cleveland, en Carolina del Sur. En todos esos casos, y en innumerables más, la constante parece ser el uso desproporcionado de la fuerza por parte de agentes policiacos en contra de civiles desarmados, la mayoría de los cuales no han cometido nada más grave que una infracción de tránsito o un robo sin violencia, que no opusieron resistencia y que en muchas ocasiones fueron baleados por la espalda, frecuentemente —aunque no siempre— tratando de huir.
¿Cuántos civiles mueren a manos de la policía en EU? Difícil saberlo, no hay estadísticas confiables. Pero tan o más aterrador que el número de casos, y que los detalles de los mismos, es la evidente impunidad: de acuerdo a un amplio y muy bien documentado reportaje del Washington Post, en la última década policías estadounidenses han matado miles de civiles, muchos de ellos bajo circunstancias al menos sospechosas. Y en esa misma década, sólo 54 policías han sido formalmente acusados de un delito. (Thousands dead, few prosecuted, The Washington Post, 11 de abril de 2015).
Esa y muchas otras investigaciones periodísticas serias muestran un claro sesgo racial en estos actos violentos. Un número desproporcionadamente alto de las víctimas son de raza negra, y la vasta mayoría de los policías involucrados son blancos. Aun cuando el policía en cuestión es negro, la tendencia apunta siempre en contra de la población afroamericana. Pareciera que el sistema estadounidense de procuración de justicia tiene un apartado especial que aplica a los afroamericanos: juicio, condena y ejecución banqueteros.
Sin embargo, el problema de fondo no se reduce al maltrato policiaco o a una dispareja aplicación de la ley. En un país que ha decidido encarcelar a casi el 1% de su población (aproximadamente 2.4 millones de personas presas en este momento), un país que tiene más cárceles que universidades, en el que en un año más de once millones de individuos pasan por una prisión, es un país que evidentemente tiene sus prioridades al revés.
Eso incluye el tratamiento desigual del que son objeto, hasta la fecha, las minorías, muy particularmente las afroamericanas. No hay indicador que no muestre menores índices de educación, de acceso a servicios de salud, de ingreso, de esperanza y de calidad de vida para los negros en EU, y si a eso sumamos la subrepresentación que sufren en las alcaldías, fuerzas policiacas, gobiernos estatales y federales, nos daremos cuenta de que el sueño de Selma de Martin Luther King quedó trunco, como trunca quedó la promesa, la ilusión de una nación transformada a raíz de la inusitada y esperanzadora victoria electoral de Barack Obama en el 2008.
Esa es hoy la realidad estadounidense, esa es la fuerza detrás de las manifestaciones, de las protestas, de los saqueos. Y la mayor de las paradojas: los barrios, las casas y los comercios destruidos son, esos sí, predominantemente de los mismos afectados, que viven su propia espiral perversa.

Por Gabriel Guerra Castellanos
Analista político y comunicador.

@gabrielguerrac
www.gabrielguerracastellanos.com

EL UNIVERSAL

 

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