Más les vale: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Marcelo, de los de Autlán de la Grana, Jalisco, lado paterno de este menda, sin haber soltado un balazo, ni pisar cuartel, seminario o escuela, fue general de División, sacerdote (no mucho, dos añitos en una parroquia del Bajío muy productiva, luego alguien lo echó de cabeza), ingeniero Civil, abogado y médico, que fue de lo que vivió (bien), hasta que falleció en la Ciudad de México, con buen prestigio de ginecólogo y por aplicar vacunas, especialidades que eligió en sus propias palabras, porque “las embarazadas se curan solas y las vacunas no fallan”. Y vivir del cuento toda una vida tiene su gracia.

Para no variar, fue en China que se descubrió eso de vacunar a la gente contra enfermedades, sí, para combatir la viruela hace tres mil años rascaban la piel con una punta de aguja, inoculando en personas sanas líquido de las pústulas de enfermos de eso; el sistema llegó a Europa hasta el siglo XVIII, donde lo llamaron variolización (viruela en latín se dice ‘variola’, aunque no se ponen de acuerdo los que saben en si viene de ‘varius’, mancha o ‘varus’, marca… pa’l caso). Luego, a fines de ese siglo Eduardo Jenner estudió científicamente el método y dio inicio la era de las vacunas (es largo de contar pero así las llamamos por las vacas, por el ganado vacuno… otro día).

En nuestro país, en tiempos de la conquista, las pasaron canutas los indios (que eso de ‘pobladores originarios’ es aceptar que ‘indio’ es insulto, cuando es orgullo), por enfermedades que en América no eran conocidas y nadie tenía defensas.

La primera gran epidemia de viruela, empezó en marzo de 1520 en Cempoala, Veracruz; llegó al altiplano según Fray Bernardino de Sahagún, el 10 de septiembre de 1520, duró dos meses y murió gente a puños; el cronista Diego Muñoz Camargo, consignó que “las quebradas y barrancos se henchían de cuerpos humanos”. Luego, de 1531 a 1538, el sarampión tomó la estafeta y siguió matando y en 1538, regresó la viruela; luego la influenza (o disentería, que tampoco se ponen de acuerdo los estudiosos), rapó a la población en 1545.

Y siguió la mata dando: de 1545 a 1548 una epidemia letal que provocaba profuso sangrado por nariz y al defecar, mató más gente que cualquier otra (dicen los científicos que puede haber sido una salmonela marca llorarás, ‘cocoliztli’, la llamaron en náhuatl), dicen los que dicen que saben que murió entre el 50% y 80% de los indígenas, pueden decir lo que se les ocurra, a ver quién los contradice. Luego, en 1550, epidemia de paperas; de ‘cocoliztli’ otra vez en 1559, 1566, y de 1576 a 1588; otra de sarampión de 1563 a 1564; de 1590 a 1592 murió mucha gente por una epidemia de fuerte tos (tlatlaziztli); en 1595 reaparecieron  sarampión y paperas; de 1736 a 1737, una epidemia combinada de tifus y fiebre tifoidea (¡dioses!).

Hubo más epidemias, tantas que sin exagerar se puede decir que no hubo respiro durante toda la existencia de la Nueva España, cuando no era una cosa, era otra.

Sin embargo debe decirse que en 1803 por orden y patrocinio del rey Carlos IV, el médico chiapaneco José Felipe Flores, organizó la ‘Expedición Filantrópica de la Vacuna contra la Viruela’, primera campaña internacional de vacunación del mundo, dirigida a todos los territorios de la Corona, la campaña empezó acá en 1804. Pregunta indignada: ¿y el monumento al Dr. Flores?

Ya independientes, en 1868 inició la producción de la vacuna contra la viruela y para 1951, quedó erradicada del país. En tiempos de don Porfirio, en 1905 se creó el Instituto Bacteriológico Nacional, para estudiar enfermedades infecciosas y preparar vacunas, sueros y antitoxinas. A finales de la ‘Revolución’, en 1926 se hizo obligatorio vacunarse contra la viruela y comenzaron las campañas masivas de vacunación (asómbrese).

A pesar de lo que pensamos de México los mexicanos, el trabajo científico contra las enfermedades no ha cejado. Es muy abundante la información, mencionemos unas cuantas cosas:

Desde 1948 tenemos vacuna combinada contra tos ferina y difteria. En 1951: campañas de vacunación contra tuberculosis y meningitis tuberculosa. 1954: vacuna antitétanos. 1956: antipoliomelítica (erradicada desde 1990, bendito sea el Dios en que cada quien crea). 1970: vacuna contra sarampión.

Aunque nos incomode no todo han hecho mal nuestros gobiernos, no de balde la expectativa de vida pasó de los 30 y pocos años en 1930 a los casi 80 de estos tiempos.

En 1973 se creó el Programa Nacional de Inmunizaciones (5 vacunas contra 7 enfermedades). En 1979 se implantó en todo el país la Cartilla de Vacunación. En 1980 empezaron las Jornadas Intensivas de Vacunación, luego llamados Días Nacionales de Vacunación, Semanas Nacionales de Vacunación y ahora, Semanas Nacionales de Salud. En 1991 se creó el Consejo Nacional de Vacunación y el Programa de Vacunación Universal. En 1991 se erradicó la difteria.

En 1997 hubo en Europa un rebrote de difteria, en México se evitó el contagio con una vacuna cuyo nombre no nos dice nada a los tenochcas de a pie pero que sirvió, sirvió.

Son muchísimos más los logros en esto. Basta con lo anotado para tener claro que en México hay una muy amplia veteranía en este campo. Que no le vendan Gansitos a la Marinela los que ya empezaron a tratar de hacer creer a la población que gracias a Dios que todo lo ve, tenemos a los caballeros de la mesa transformada quienes en un arrebato de generosidad nos proveerán gratuitamente a todos la vacuna contra el Covid-19. Es su obligación, no es nada de presumir.

Las secretarías de Salud, federal y estatales, cuentan con toda la experiencia para orquestar la campaña nacional de vacunación que nos está urgiendo: NO es una hazaña. Y la vacuna NO es regalada, que la de Pfizer cuesta unos mil pesos por las dos aplicaciones y todos contribuimos con mucho más que eso cada año al erario (hasta los niños que pagan IVA en cada dulce). Se entiende la apuración que tienen los señores Cuatroteros, pero que no esperen aplausos por cumplir, si cumplen. Y más les vale.

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