Mentira fallida: La Feria

SR. LÓPEZ

Curioso país el nuestro. Este martes, noticieros de televisión, radio y portales digitales de todos los diarios, estuvieron tupidos de información sobre las elecciones presidenciales de otro país; así somos los tenochcas simplex, siempre interesados en política internacional.

Todo tiene su razón. La elección presidencial de los EUA nos es importante, dirá cualquiera más o menos enterado: ese país es el principal socio comercial de México, el principal destino de nuestros migrantes y nuestro colega estelar en el combate a la delincuencia organizada. Bueno, sí, pero quede quien quede de huésped en la Casa Blanca, el tío Sam le seguirá tronando los dedos a México y lo va a apretar para que se cumplan cabalmente los términos del T-MEC.

Si triunfa el Trump nos vamos a enterar de cuál es su verdadera cara, ya sin tener que cuidarse del ‘qué dirán’, pues no podría volver a reelegirse y tratará de la manera que le venga en gana al que se deje, como nuestro Presidente, por ejemplo, que cuando candidato echaba bravatas (“… ya vamos a llegar nosotros y cada vez que -Trump- lance un tuit, va a haber otro de regreso; nos va a tener que aprender a respetar”; 19 de mayo de 2018), pero ya Presidente electo, el 25 de julio de 2018, le mandó una cariñosa carta que empieza diciendo: “Deseo, en primer término, agradecerle la buena disposición y el trato respetuoso recibido por parte de usted…” ¡Así se forjó el acero!

Pero si gana Joe Biden, no es pancito blando: fomentará la política de ‘Buy american’, no se distanciará del ‘nacionalismo económico’ que bien vistas las cosas, es algo razonable, digo, la caridad empieza por casa y respecto de México, aplicará con rigor los términos de T-MEC relativos al sector automotriz y energético sin dejarse impresionar por la emisión masiva de babas dilatorio-anestésicas de nuestro Presidente, al que se le recomienda no olvidar que cuando Biden fue vicepresidente con Obama (2008-2016), fueron extraditados tres millones de migrantes, récord mundial y olímpico (por cierto, otro que rompió récord de deportaciones fue él, nuestro Presidente: en 2019, 63% más que el año anterior, cosa rara en quien defiende que la migración es cosa de ‘fraternidad universal’).

Igual, como sea, parecemos raros. Si un extranjero que entienda español, recién llegado a nuestra risueña patria, oye un noticiero de la televisión mientras desempaca en su cuarto de hotel, pensará que esto es un oasis: es noticia un choque en una carretera alejada de todo; que hace frío en el norte; que hace calor en el sur; el incendio de una tlapalería y un bache en la capital del país. Y le llamará la atención que en México sea importante el resultado de todos los deportes del mundo incluido el salto con garrocha en Moscú o que un gatito salió vivo de debajo de los escombros en Turquía.

Ese mismo extranjero, a la semana de estar en México, estará convencido que sí somos la raza de bronce, qué digo bronce, acero, ya enterado de que en nuestro territorio hay un asesinato cada catorce minutos y la gente sale a la calle sin casco ni chaleco antibalas (vaya: ¡sale!); que nadie se despeina porque tenemos más de 92 mil difuntos por la pandemia ni porque el gobierno informe que ‘calcula’ un 56% más de muertos (AP, 26 de octubre de 2020), porque nomás lleva la cuenta de los que fallecen en hospitales oficiales y tienen prueba de laboratorio, no sin dejar de advertir esa misma autoridad, con cachaza, casi bostezando, que calcula un ‘excedente’ de 156 mil fiambres, que son un ‘detalle técnico’ que ya se sabrá en dos años y no importa explicar (y no pasa nada: al nacional mexicano nada le tuerce el ceño, su faz es de granito).

Si el extranjero de nuestro ejemplo, vive acá unos cuantos meses, guardará un prudente silencio, sin atreverse a decir lo que piensa de nosotros (no se enoje, usted fue el que pensó eso).

Pero si ese fuereño se queda más tiempo, verá las cosas de otra manera: no se trata de que la población sea abúlica o indiferente ante las tropelías de su clase gobernante; este país existe hace menos de dos siglos; en 1929, estábamos en la Edad de Piedra de la democracia y apenas hace 30 años empezamos a experimentar un primer remedo de democracia electoral que consiguió derrumbar al régimen reinante en el año 2000: como democracia somos un bebé de pecho… y nos va funcionando, en 20 años hemos trepado al poder al PAN, al PRI y a la 4T, sin bañarnos en sangre. Nada mal.

Y si ese forastero no tiene sensibilidad de mano de metate, apreciará otras realidades que forman parte integral de nuestro país: no todo es política, México es la primera economía de Hispanoamérica, la segunda de América Latina y la tercera de toda América (debajo de EUA y Brasil), y la 15 del mundo; México, por encima de eso es una sólida cultura tan vasta que no hay espacio para mencionar ni siquiera unos pocos ejemplos del pasado y del presente, con el mérito de florecer a pesar del inveterado desdén oficial.

Sin embargo, actualmente permea en parte no menor de la sociedad mexicana un pesimismo alarmista por las cosas que suceden en el país bajo el gobierno parlanchín de la 4T. No hay materia para la desesperanza ni el desánimo. México no puede ser la Venezuela de Norteamérica ni la Cuba continental, tanto por su variopinta clase política, como por el robusto sector empresarial y -detallito-, por nuestra integración al T-MEC y nuestra frontera con los EUA.

México las pasado peores, el que tenga edad que recuerde la incontenible locuacidad de Luis Echeverría y los arranques nacionalizadores de López Portillo.

La mejor prueba de que no somos un país en estado terminal, es la robusta crítica que recibe el régimen actual; los reveses que da la Suprema Corte a sus disposiciones; la independencia con que se conduce el Senado, contra toda apariencia; y la vitalidad que inesperadamente han mostrado gobernadores y sociedad civil.

Y lo quiera o no el actual gobierno lenguaraz, en nuestra historia quedará como farsa deproyecto, mentira fallida.

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