México: corrupción, violencia y paz

La paz es a la vez una de las mayores aspiraciones y uno de los conceptos menos comprendidos que existen. Soñamos con ella. La nombramos en nuestras canciones, poemas, himnos y plegarias.
Hablamos de ella como un opuesto automático a la guerra, como si para obtenerla bastara terminar con el estado de violencia existente dentro de una sociedad o entre distintas sociedades. La insertamos en nuestros discursos seguida de la palabra tranquilidad. Vamos a “devolver”, nos dicen, la paz y la tranquilidad a los mexicanos. Y si bien, esos elementos forman parte originaria del vocablo “paz”, hoy conocemos mucho más acerca de ese estado social que naciones como la nuestra no pueden otra cosa que anhelar desesperadamente.
Desde hace tiempo el Instituto para la Economía y la Paz (IEP) ha detectado que la paz está compuesta de ocho pilares: (1) Gobiernos que funcionan, (2) Distribución equitativa de los recursos, (3) El flujo libre de la información, (4) Un ambiente sano y propicio para negocios y empresas, (5) Un alto nivel de capital humano, (6) La aceptación de los derechos de otras personas, (7) Bajos niveles de corrupción, y (8) Buenas relaciones con sociedades vecinas. Así, en países como el nuestro, construir la paz, rebasa la mera reducción de la violencia, y supone enfocarnos en el fortalecimiento de cada una de estas columnas.
El IEP acaba de publicar un estudio que corrobora la existencia de una relación estadísticamente significativa entre corrupción y paz. Mientras más corrupción existe, los países estudiados presentan niveles de paz más bajos. El estudio detecta un punto de inflexión: Cuando un país presenta altos grados de corrupción, tan solo pequeños incrementos adicionales en dicho nivel pueden producir dramáticos efectos negativos para la paz de esa sociedad. El estudio reporta que cuando la corrupción afecta a la policía o al sistema judicial de un país, ello impacta de manera directa al Estado de derecho, lo que genera incrementos en la inestabilidad política. Podríamos decir que llega un momento en el que las policías dejan de ser funcionales en el control del crimen y se desdibuja la línea entre instituciones de seguridad y organizaciones criminales.
México es señalado como uno de los 64 países en el mundo que se ubican en ese punto de inflexión, lo que significa que si no somos capaces de reducir la corrupción, corremos el riesgo de que incrementos adicionales en ella, por pequeños que sean, se traduzcan en aún más notables aumentos en los niveles de violencia que ya padecemos. Al mismo tiempo, si consiguiésemos siquiera ligeras disminuciones en la corrupción, ello podría resultar en notables mejorías en el nivel de paz de nuestra sociedad.
Combatir la corrupción, entonces, no es solo un asunto ético, político, económico o jurídico. Es un tema de construcción de paz. Por consiguiente México no necesita que le “devuelvan” la paz y la “tranquilidad” que “hace unos años tenía”. Nuestro país necesita edificar una serie de pilares, los verdaderos componentes de esas condiciones pacíficas que quizás jamás hemos realmente experimentado y cuya ausencia ha terminado por explotarnos en nuestras caras.

Por Mauricio Meschoulam
Analista internacional.
EL UNIVERSAL
@maurimm

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