¿México popular, México desconocido?

Qué raro se ve a veces el México popular en los medios de comunicación “nacionales” (es decir, de la capital). Qué extraña es la imagen que transmiten de ese país: dislocado, ajeno, desconocido.
Es como si una cosa fuera el lugar que están mirando y otra, por completo distinta, el lugar desde donde lo miran. No se trata de que asuman distancia crítica; se trata, más bien, de la sensación de extrañamiento que proyectan. No es que se alejen para poder verlo mejor, es que les parece tan lejano que no saben verlo ni verse en él.
Por ejemplo, hace unos días fue novedad el caso de Hilario Ramírez Villanueva, presidente municipal de San Blas, Nayarit. El amigo Layín, como le llaman, se organizó una espléndida celebración de cumpleaños a la que asistieron alrededor de 20 mil almas, con un costo aproximado de 15 millones de pesos, y durante la cual le levantó dos veces la falda a una mujer con la que bailaba sobre un escenario para que la concurrencia, que aplaudió triunfalmente la trastada, le viera los calzones (http://bit.ly/1C00GeG).
Denise Maerker publicó una columna al respecto en este mismo diario. Pero en ella, a diferencia de la mera reprobación que suele abundar en los medios “nacionales” ante este tipo de episodios, escribió lo siguiente: “más que preguntarle a él por el origen de los recursos con los que pagó su fastuosa fiesta o de cuestionarlo por la forma tan grosera en que humilló a una joven, dan ganas de entrevistar a los 7 mil 500 ciudadanos de San Blas que le dieron el triunfo en las últimas elecciones” (http://bit.ly/1DPmuqN).
Y es que, en efecto, el alcalde Ramírez podrá ser un pillo y es un patán; sin embargo, es un funcionario electo. Más aun, no es un político “de los de siempre”, no es un producto de la “partidocracia”. Compitió y ganó como candidato independiente, su elección no fue impugnada, todo indica que es muy querido, y no nada más en San Blas, una encuesta reciente publicada en un portal de noticias nayarita lo ubica como la figura con mayor intención de voto para las elecciones de gobernador en 2017 (http://bit.ly/1BhQ608).
Por incómodo que pueda ser, y aunque en nada disculpe su comportamiento, hay que habérselas con ese dato. Hay un punto en el que la indignación “nacional” ante lo que representan personajes como Layín ya no se contagia, resulta estéril o es, incluso, contraproducente. En parte porque ya está muy gastada, en parte porque rara vez toca la raíz de aquello contra lo que se dirige, en parte porque en ocasiones sólo sirve para reafirmar prejuicios anti-populares.
Habrá quienes insistan en únicamente reprobar el hecho. O en desdeñarlo como un folclórico resabio del atraso, una consecuencia de la pobreza o una prueba más de que a los mexicanos (siempre, desde luego, en tercera persona) les hace falta “más educación”. Pero ni una ni otra alternativa implican mayor esfuerzo por entenderlo en sus términos, conforme al entorno en el que viven los propios protagonistas del fenómeno en cuestión. Aunque siga siendo injustificable, tal vez eso lo haría un poco más inteligible.
¿Y si Layín no fuera el rostro de una aberración moribunda sino el síntoma de una renovada actualidad? ¿Y si quienes lo apoyan tuvieran motivos más o menos razonables, en su contexto, para hacerlo (e.g., “si de todos modos el que quede va a robar, por lo menos que quede uno que robe, pero reparta o divierta”)? ¿Y si eso no fuera una anomalía sino un síntoma semejante, por cierto, al aumento en la intención de voto por el Partido Verde, al retorno de René Bejarano, a las candidaturas de Cuahutémoc Blanco, Carmen Salinas, El Bronco Rodríguez Calderón, el payaso Lagrimita, etcétera?
En los medios “nacionales” hay mucha indignación. Pero hay pocas explicaciones.

Por Carlos Bravo

@carlosbravoregidor
Profesor Asociado en el CIDE
EL UNIVERSAL

 

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