Miopía de Estado : La Feria

Sr. López

Huauchinango, Puebla; domingo 3 de octubre, más de 200 personas entraron a la fuerza al lugar donde el Presidente informaba en su mañanera, sobre la entrega de apoyos para los damnificados por el huracán Grace en ese municipio, algunos llegaron hasta él asegurando que no han recibido apoyo. El Presidente pidió que lo dejaran hablar, pidió que lo respetaran. El evento se suspendió. El Presidente salió del lugar protegido por soldados.

Al día siguiente, ayer, el Presidente declaró: “Ojalá ya no vuelvan a haber estos portazos (…) se trata de organizaciones de oposiciones, cuando se trata de la gente, me respetan. Los de mero arriba pues, esos no, esos son muy majaderos (…).

Es correcto. No debe haber portazos. Tampoco puertas cerradas de las instancias que correspondan.

Si se tratara de un hecho aislado, sería cosa de revisar ese solo evento. No es el caso, es algo que ha pasado varias veces y tratándose de algo de tamaña importancia, más de una vez son muchas veces. Unas muestras:

“Mineros increpan con groserías a AMLO en Chilpancingo, Guerrero” (12 de marzo, 2020). “Ciudadanos increpan a AMLO en Veracruz, pidieron que bajara de su camioneta” (15 de junio, 2020). “Manifestantes en demanda de medicamentos, rodearon la camioneta del mandatario en Rosarito, Baja California (29 de noviembre, 2020). “Increpan a AMLO en conferencia de prensa en Chihuahua” (9 de agosto de 2021). “Increpan médicos en Oaxaca al Presidente en su conferencia matutina” (20 de septiembre, 2021).

Hay más casos. La gente común ha detenido el paso al vehículo presidencial o lo han rodeado a él para gritarle groserías, exigencias, reclamos.

Hablando del portazo del domingo, el Presidente dijo también ayer: “Esto es, vamos a decir, normal, son gajes del oficio (…) y no pasa nada, la gente es responsable y quien lucha por la justicia no tiene nada que temer”. No señor Presidente, no, la gente en masa no es responsable; no, señor Presidente, no es normal y sí, sí pasa.

El Presidente de México es Jefe de Gobierno, Jefe de Estado y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. Su poder es Unipersonal, todo el Poder Ejecutivo reside en su persona.

Nadie con las neuronas funcionando quiere que le pase nada malo al Presidente de la república. Su peor opositor, tampoco, si tiene la cabeza en su sitio.

Pero, cuidado, las muchedumbres no son racionales. Salvo excepciones las personas en multitud pierden su personalidad individual consciente y actúan sin razonar, orientados en una misma dirección que luego, pasado el efecto de la masa, no reconocen como propia, no encontrando explicación a sus mismos actos en muchedumbre porque esta forma un consciente colectivo, transitorio, lo que explica las acciones coincidentes de la muchedumbre. Si le interesa el tema, le recomiendo el clásico ‘Psicología de las multitudes’ de Gustavo Le Bon que es en el que se inspiró Sigmund Freud para su obra ‘La psicología de las masas’ (por cierto, don Freud copió largos párrafos de Le Bon y todavía dijo que le extrañaba que nadie antes de él hubiera escrito sobre el asunto… mal por Freud).

Y ya que salió Le Bon en la plática, viene al pelo recordar algunas de sus enseñanzas, como que la masa es un “rebaño servil” que requiere de un liderazgo de pandillero para su moral de pandilla (como la calificó Albert Camus), liderazgo que impone sus ideas por extraviadas que sean, sus deseos por egoístas que sean, su moral por baja que sea (ejemplo estelar: el nazismo en Alemania).

El líder pandillero mientras las cosas le salen bien, se presenta como ejemplar dechado de virtudes patrióticas, alardea de sus victorias y apelando a su prestigio autoconstruido, exige fidelidad y obediencia… pero hay un problema: la masa no es agradecida, la masa siempre está pronta a cambiar lealtades en cuanto percibe las debilidades, engaños o errores del líder al que veneró y pasa a crítica acerba, masa que increpa, masa que rompe barreras, puertas y a veces cabezas (ejemplos, Maximiliano Robespierre al que las mismas masas que lo vitoreaban, asistieron delirantes a su decapitación; o Mussolini, linchado de la peor manera después de haber sido idolatrado).

De regreso a nuestro tema, si alguien agrediera al Presidente de México, aunque el resultado no fuera fatal, el país se desordenaría, y si lo fuera (ni Dios lo mande), se va al caño el país entero; habría una estampida de capitales; las finanzas nacionales sufrirían un tropiezo mayor; los demonios, los más malos demonios, se desatarían; los que pagarían el más alto precio, serían los de siempre, los pobres; y los que capitalizarían semejante barbaridad, serían los de siempre, esos que forman la más selecta fauna del albañal de la política. Y peor: por la crispación que el propio Presidente se ha encargado de instalar en la vida pública nacional, no sería difícil ver turbas de amloístas haciendo destrozos, linchamientos y enfrentamientos contra los antiamloístas a ultranza que lo detestan y también harían desfiguros.

Dijo el Presidente que “quien lucha por la justicia no tiene nada que temer”. No señor, no es cierto. Para empezar porque su lucha por la justicia no la aprecian así muchos, entre ellos, millones de ciudadanos abandonados a su suerte al desaparecer el Seguro Popular; padres de niños con cáncer, sin medicinas; y no pocas comunidades a las que la saliva presidencial no resuelve su crítica situación. Y aunque fuera el San Francisco de la política, sobran ejemplos de lo malo que es el blindaje moral: Martin Luther King, Mahatma Gandhi o el atentado que casi le cuesta la vida al Papa Juan Pablo II, para no hacer una lista de jefes de estado asesinados o que sufrieron atentados.

A fin de cuentas, no se trata de tener miedo, se trata de ser prudente y responsable, se trata de poner los medios para no arriesgar a México al desorden. Desaparecer el Estado Mayor Presidencial fue un error (a fin de cuentas fueron militares los que lo sacaron de la encerrona del domingo), y es la mejor prueba de su miopía de Estado.

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