Mister México : La Feria

Sr. López

Tío Ricardo, de los de Toluca, desesperaba a todos por su pesimismo. El día de su boda, al pie del altar, contaban que dijo: -Estas cosas, luego salen mal -en el bautizo del que fue su único hijo, masculló: -A ver a quién salió -ya mayor y con salud de roble, no dormía por la preocupación: -No es bueno esto de sentirse tan bien –y resultó que la señora que fue su esposa lo coronó con unos lucidores cuernos de reno, el hijo le salió bandido y él resultó con un cáncer de exposición, medalla y diploma. Sabiendo que moría, exigió que lo llevaran en silla de ruedas a escoger su ataúd y pagar su lote en el cementerio Francés; lo incineraron. Pesimismo certero.
El Presidente se define a sí mismo, a su movimiento -Morena-, y a su gobierno, como de izquierda. En la fiesta que se organizó (pagada por todos nosotros), en el Zócalo de la capital el pasado 1 de diciembre, proclamó: “(…) la política exige autenticidad y definiciones. Ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, no zigzaguear”. ¡Vaya!
Dejemos para otra ocasión algún comentario sobre ese “anclarnos” con hedores de fundamentalismo, más propio de ayatolas que de políticos respetuosos de la democracia, democracia que implica escuchar, conciliar, acordar y resolver los asuntos nacionales entre todos, con respeto a la ley, sujetos todos a la suprema norma democrática del mando de la mayoría que por equivocada que sea, es preferible a los aciertos de cualquier autocracia, de toda dictadura y siempre mejor que las conversaciones a balazos.
Lo que no admite aplazamiento es la aclaración de que en democracia, quien asume el Poder Ejecutivo no recibe junto con el cargo, un poder amplio y bastante para cambiar el proyecto del país a su gusto ni las leyes a su criterio.
El proyecto de una nación se establece en su Constitución que así se llama porque ‘constitución’ es el conjunto de los caracteres específicos de algo; por eso dice el diccionario que “Constitución es la ley fundamental de un Estado, con rango superior al resto de las leyes, que define el régimen de los derechos y libertades de los ciudadanos y delimita los poderes e instituciones de la organización política”.
Y tan no queda un país sometido al capricho del titular de su Poder Ejecutivo, que todas las democracias cuentan con poderes legislativos, que tienen la exclusiva facultad de modificar, anular o aprobar las leyes, con condiciones más o menos exigentes según la materia de que se trate; en México, por ejemplo, para cambiar la Constitución del país, se requiere del voto de dos tercios más uno de los integrantes de las legislaturas federales y la mayoría de las estatales. No es de enchílame otra.
Este Presidente, al asumir, juró por mero trámite cumplir y hacer cumplir la Constitución, pues su intención no era ni es esa, sino cambiarla tanto como hiciera falta para transformar al país, para refundarlo. Para su mayor contrariedad en las votaciones de 2018, culmen de su poderío electoral, solo él arrasó en las urnas, pues la ciudadanía por esas inexplicables cosas del peladaje, no le dimos la mayoría necesaria en la Cámara de Senadores para poder cambiar a su gusto la Constitución (y en la de Diputados tampoco, pero en esa Cámara se recurrió a la compra-renta-préstamo de partiditos rémora, que le armaron una inútil mayoría calificada -dos tercios de las curules-, quedando igual sujetos a lo que dispusieran los senadores).
Luego, en el proceso intermedio de este 2021, la cosa quedó igual en el Poder Legislativo y a pesar del consuelo de haber ganado la mayoría de los gobiernos estatales en liza, perdieron la mitad de la capital del país, su supuesto bastión, semillero de fieles, consiguiendo escribir en las páginas de la historia de CdMx, la primera derrota de la izquierda desde 1997. Un incómodo logro.
Este Presidente parece que nunca se creyó que lo iban a “dejar llegar”, que podía llegar a donde está y nunca se preparó. Su trayectoria durante 30 años -de 1988 al 2018-, fue de líder opositor, de factor disruptivo del orden establecido, generador de conflictos, provocador de episodios de ingobernabilidad y ni siquiera el paréntesis de cuando fue Jefe de Gobierno de la hoy CdMx -del 2000 al 2005-, cuenta como experiencia de gobierno, pues el cargo lo usó como trampolín rumbo a su mayor aspiración, la presidencia de la república.
Bueno, el hado se lo concedió y para su sorpresa y desesperación, ser Presidente ahora ni se parece a lo que era en los dorados años del PRI imperial. La hora ya no es la que diga el señor-presidente. No basta con la disciplina de los legisladores de su partido, los opositores dan mucha lata y ‘cuando se portan bien’, ahí están los tribunales del Poder Judicial para atemperar o de plano anular sus designios y aparte, hay otros tribunales más, los especializados en radiodifusión, telecomunicaciones, competencia económica… y para su mayor exasperación, los órganos autónomos como la Comisión Federal de Competencia Económica, el Instituto Federal de Telecomunicaciones, el de Transparencia y Acceso a la Información y el mero principal, el que le molesta más que un grano en mal lugar: el Instituto Nacional Electoral, que nomás no se pliega. Ya sin mencionar porque es rudeza innecesaria, que aun salvando-doblando-anulando, toda regulación y contrapeso internos, quedan flamantes e inalcanzables para su gran poder, los acuerdos y tratados internacionales que el país tiene firmados y tienen fuerza de ley. Lástima.
En su fiesta en el Zócalo el Presidente, sin decir que ya da por perdido su objetivo de darle la vuelta de calcetín al país, se refugia en la metafísica: “Podrán dar marcha atrás a lo material, pero no a la conciencia del pueblo de México (…) es lo más importante de todo, la revolución de las consciencias y eso es lo más cercano a lo irreversible”.
¡Ay, señor!, no eran luchitas, era nomás cumplir con la ley. El país no necesita un triunfal levantador de pesas en Palacio, es Presidente, no Mister México.

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