Ni soñar es bueno: La Feria

SR. LÓPEZ

En la familia materno toluqueña de este menda, se sufrió el pavoroso caso del tío Óscar, menso profesional, egoísta ‘suma cum laude’ y caprichudo de poner histérico a un lama tibetano. Para que entienda: una vez llevó a tía Lola, su esposa, a ver un departamento que le gustaba mucho; a ella también le gustó, pero era muy chico, con solo dos recamaritas y eran cinco hijos, dos niñas y tres varoncitos. Le dijo lo obvio: no cabían. El tío estuvo neceando semanas y tía Lola, acostumbrada a él, le repetía sin enojarse que no, que no, hasta que por un pelito casi se divorcia de él cuando le dijo que ya tenía la solución: mandar a los tres niños a un internado. ¡Por un pelito!

Con todo respeto, como dice el clásico de Macuspana, se sugiere que alguno de los cercanos a ya sabe quién (¡ay, cuánto ingenio!), le regale un ejemplar de la Constitución, para que se entere de tres cosas: 1.- Lo que juró cumplir; 2.- Lo que puede hacer; y 3.- Lo que no puede hacer. Sería fantástico.

Hay un obstáculo: el señor (ya sabe quién), no lee. Los que lo conocen dicen que sí sabe leer y sí, parece que sí, pero hay claros indicios de que no lo acostumbra o no logra la transmisión estable del pulso nervioso entre neuronas que permite asimilar y elaborar razonamientos coherentes. Bueno… entonces que todas las noches, en su cama, calientito ya con pijama, le lean pedacitos de la Constitución. Es una idea.

No son ganas de llevarle la contraria a ya se imagina quién, sino el deseo sincero de que no haga más el ridículo y también, que no nos haga pasar vergüenzas. A este paso, junto con las vacunas que le va a prestar el tío Sam, le va a regalar sus cajas de Sukrol (con todos los nutrientes que necesita el cerebro… dicen).

Se lo comento por la insistencia del Presidente (¡fuera máscaras!), en imponer la ley pejeléctrica (la reforma a la Ley de la Industria Eléctrica). El viernes pasado un Juez concedió la suspensión definitiva contra esa ley patito y el Presidente dijo de inmediato que la cosa se va a la Suprema Corte porque según él, no es inconstitucional su caprichito eléctrico, y que si en la Corte le dan palo, pues va a mandar al Congreso una iniciativa para cambiar la Constitución y adaptarla a su ley (que es como cambiar de niño si le quedaron chicos los pantalones).

Que alguien se apiade de él y le comente que aun si se mantiene la suspensión definitiva, todavía no se concede el amparo pues falta resolver el fondo del asunto en la audiencia constitucional. Lo que ahorita procede conforme a la ley (¡qué risa!), es recurrir la suspensión definitiva a través del recurso de revisión, ante los Tribunales Colegiados de Circuito especializados en Competencia Económica. Pero él ya quiere echarse el pleito en la Suprema.

Sí, que alguien tenga compasión de este señor y le explique que aparte de cambiar en la Constitución lo que atañe a su necedad eléctrica, ecología y competencia económica, tiene que deshacerse de todo lo que protege los tratados comerciales internacionales que México tiene celebrados con medio mundo (con 3/4 de mundo, más bien).

Si el Presidente hubiera leído (o le hubieran leído), la Constitución, sabría que en su artículo 133 dice: “Esta Constitución, las leyes del Congreso de la Unión que emanen de ella y todos los tratados que estén de acuerdo con la misma, celebrados y que se celebren por el Presidente de la República, con aprobación del Senado, serán la Ley Suprema de toda la Unión (…)”. Los tratados, Ley Suprema, o sea, con la misma jerarquía que la Constitución, aunque hay una tesis aislada de la Suprema Corte -del 28 de octubre de 1999- que considera los tratados internacionales en un segundo plano inmediatamente abajo de la Constitución aunque encima del derecho federal y el local; no ha hecho jurisprudencia, no es obligatoria esa tesis.

Ese artículo no es herencia de los fifís neoliberales, la cosa viene de atrás: despuesito de independizarnos de España, en 1821, entró en vigor el 4 de octubre de 1824, la primera Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos que ya estipulaba en su artículo 161, fracción III, que las entidades tienen la obligación “De guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes generales de la Unión, y los tratados hechos o que en adelante se hicieren por la autoridad suprema de la Federación con alguna potencia extranjera”. Los tratados hechos o que se hicieran.

Y también la Constitución de 1857, manda en su artículo 126: “Esta Constitución, las leyes del Congreso de la Unión que emanen de ella y todos los tratados hechos ó -sic- que se hicieren por el Presidente de la República con aprobación del Congreso, serán la Ley Suprema de toda la Unión”. Otra vez, los tratados, Ley Suprema. Cuando se entere el Presidente, pedirá se investigue a los fifís de 1857 por traidores a la patria. ¡Qué emoción!

Tomando en cuenta que el Presidente declaró ser perseverante, terco y necio (Veracruz, 27 de septiembre de 2020), conviene anticiparle que si su idea es cambiar también lo de los tratados en la Constitución, aparte de que va a quedar como jefe de tribu cavernaria, no va a poder:

Según la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados, que México ratificó el 28 de abril de 1988, estos están sujetos al principio del Derecho Romano que reza: ‘Pacta sunt servanda’, lo pactado se cumple (‘Chin, chin el que se raje’, pero se oye más bonito en latín); por eso y otros criterios de derecho internacional, a los tratados no se les puede aplicar retroactivamente ningún cambio que lastime sus términos. ¡Sorpresa!

Y a mayor INRI: existe la cláusula de irreversibilidad ‘ratchet’ (cremallera): lo que un país cambie y beneficie el tratado, se incorpora en automático y lo que cambie en detrimento del tratado está prohibido. Y para la firma del T-MEC se incluyó esta cláusula a petición de una empresa yanqui, la Sempra Energy. Desconfiados.

Perseverante, terco y necio… imagine que fuera, perseverante, reflexivo y respetuoso de la ley. Ya ni soñar es bueno.

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