Ni un minuto más: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Maritase separó, nunca se divorció y así quedó para siempre. Fue una eterna separada sin hijos, cuyas convicciones religiosas la mantuvieron alejada de toda acción relativa al intercambio lúdico de secreciones corporales. Este menda supo su historia por boca de ella, ya viejita: se casó con un delirantemente rico descendiente de hacendados yucatecos, que le llevaba 40 años de edad y nunca la cortejó, pues a sus 15 años, bastó un golpe de billetes para que sus papás la convencieran de lo conveniente que era hacerse su esposa. Lo hizo. El marido parecía tener algún impedimento hidráulico y la dejó intacta, lo que no ‘inquietó’ a la tía (en sus palabras), pero en cambio, lo que sí la molestaba y la hizo dejarlo, fue que el señor ése le puso maestra de francés y le prohibió hablar en español, le mandó decolorar el pelo, le puso modista y una ‘dama de compañía’ que todos los días la vestía y maquillaba al gusto de él; hasta que se hartó: -Que se buscara una francesa a su gusto y a mí que me dejara en paz –en paz quedó.

Una sola cosa explica la ausencia en México de alzamientos populares, revueltas, golpes de Estado o como quiera llamar a las asonadas cuyo objetivo es tirar al gobierno, lo consigan o no.

Anticipo a usted que por supuesto, ninguno de esos violentos fenómenos se presenta de manera espontánea. Siempre y en todos los casos a lo largo de la historia del mundo, las revoluciones violentas son orquestadas, financiadas y capitalizadas por uno o varios grupos que catalizan a su favor un real descontento extendido entre amplias capas de la población: no hay insurrecciones sin causa.

La explicación de la ‘pax fornicatoria’ mexicana, la única explicación, es la no reelección: no vale la pena desatar los demonios del desorden general o la guerra civil, cuando hay día y hora fijas para la partida del tirano, del demagogo, del oligarca o cualquier otra de las presentaciones en que vienen los malos gobernantes.

Hubo, sí, motivos para estar muy atentos a evitar tales extremos en tiempos del pricámbrico clásico, pues siendo cierto que era inexorable el cambio de gobernantes cada seis años, era muy sabido que seguiría el mismo régimen, con diferente matiz pero idéntico en su esencia de autoridad nacional de un solo partido. No hubo revolución contra el PRI porque, como haya sido -tarde o a regañadientes-, cedió, absorbió y asimiló los reclamos populares, permitió (a querer o no) el acceso gradual al poder de fuerzas opositoras, hasta llegar a la mansa (más que pacífica), entrega del poder al PAN.

El dilema que enfrenta el actual gobierno federal, encabezado por Andrés Manuel López Obrador (que no Morena), es asumir el poder obligado a respetar leyes e instituciones, al tiempo que predica una transformación, una revolución (en sus propias palabras), que no puede hacerse realidad respetando leyes e instituciones, por lo que tuerce unas y debilita otras, para al menos intentar la metamorfosis nacional que pregona, insistiendo por estrategia o convicción (averígüelo Vargas), en la naturaleza pacífica del radical cambio que empecinadamente plantea.

Pero no es así; su pacifismo discursivo oculta esa otra real violencia que no riega sangre: la violencia a las leyes; la violencia verbal a las personas; la violencia a sectores completos de la sociedad, ninguneados por su raza (los blancos por no ser indios), por su capital (la riqueza bajo sospecha), por sus convicciones políticas diferentes (conservadores, neoliberales, fifís); la violencia contra la prensa (aunque por el momento quede en burlas y descalificaciones).

También hay violencia cuando no hay ciudadanía con derechos sino bando, el de los servidores o cómplices del poderoso de turno, que todo avasallan desde la legal mayoría legislativa, tachando a los que piensan diferente, como enemigos del ‘pueblo’, sin definir ‘pueblo’, sin aceptar que para ellos ‘pueblo’ es solo la porción de la ciudanía, seguidora ciega del autonombrado mesías redentor de la nación que a fin de cuentas no lo eligió para eso, sino para cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes. Jamás se le dijo a Andrés Manuel López Obrador que nos redimiera del pecado no original, de pretender dirigir cada uno su vida; de la mancha de no pensar como él; ni que viniera a ponerle bubis y pompis a La Patria, hacerle liposucción, cambiarle vestuario y maquillarla a su macuspano gusto, que no será de su agrado lo que hemos hecho en 200 años los mexicanos, ni en los últimos 30, pero la patria es nuestra (!), no de él, como para que la trate como su mantenida, mujercita de casa chica que solo tiene permiso de decirle ‘sí señor’.

Y es cómico el afán de este gobierno. Parece que conciben a México como una entidad ajena al concierto internacional. Tal vez por eso se abstrae nuestro Presidente de todo evento con ese carácter. Para su sorpresa, el país de cuyo Poder Ejecutivo Federal es cabeza, no es un meteoro aislado de las fuerzas gravitatorias del sistema planetario mundial. No es posible un México excéntrico, no resiste el mundo un ‘Mexit’ (recordar el ‘efecto tequila), ni podemos hacer como que a los EUA les es ajeno lo que acá dentro pase que los afecte allá afuera. Al menos por el momento y hasta nuevo aviso, el gran capital nacional e internacional son determinantes en el destino nacional, nos guste o no: hay fideos y jodeos, punto.

Por eso es tan preocupante que el Presidente y coros, estén tan satisfechos de la política de reparto de dinero en efectivo para paliar la pobreza del día, sin crear fuentes de ingreso, sin gastar en infraestructura productiva, sin generar condiciones para el desarrollo, sin producir riqueza para abatir, entonces sí, la pobreza. Por eso preocupa que piensen que aumentar el salario mínimo es la panacea… ¿si no hay crecimiento, quién va a emplearnos a los del peladaje, para pagarnos nuestro salario mínimo fortachón?

No es pesimismo… si esto tiene fecha y hora de término: 1 de diciembre de 2024, once horas. Ni un minuto más.

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