Nos vemos a la salida : La Feria

Sr. López

En México nos gusta asignar estereotipos. Decir japonés, proyecta en la mente a un chaparrín ensamblando aparatos electrónicos, que cabecea sonriente al saludar, trabaja como mula, viaja en parvada y toma fotos en cuanto tiene las manos sueltas. Alemán, un grandote serio que come salchichas, funde acero, arma maquinaria pesada, inventa todo, escribe libros gordos, toca el acordeón y baila sentado con un tarro de cerveza en la mano. Francés, un señor de bigotito que fuma con estilo, huele a perros y es elegante hasta boxeando. Ruso, un oso bonachón que usa gorro de piel, canta melancólico a coro con una botella de vodka en una mano y en la otra, una mujer que tira paredes de guapa. Italiano, un galán pobretón que viste como duque, piropea turistas y canta canciones napolitanas entre comidas. Argentino, un bailarín de tango, macho de pelo relamido, criado con churrasco y bife de chorizo, que fuera de su patria habla como poeta y piensa que Jesucristo quiere alinear en su selección de futbol. Inglés, un tipo flaco, de esmoquin, parado junto a una chimenea con una copa de brandy en la mano, flemático de no perder el control ni viendo a su esposa en el acto de ponerle cuernos. Canadiense, un leñador o un policía a caballo, bondadoso, de casaca roja y sombrerito redondo (el policía).
Por nuestra parte, los mexicanos hemos sido estereotipados de varias maneras, del ensarapado sombrerudo dormitando recargado en un cacto, al charro cantor que se agarra a balazos porque lo vieron feo (ninguno con oficio conocido); de Speedy González, al desalmado bandido de El Bueno, el Malo y el Feo (el feo era el mexicano); y ahora gana terreno en el mundo como estampa del mexicano, la del matón infame con la virgen de Guadalupe tatuada en la espalda, que le mete miedo al diablo y habla a través de su AK-47, dorada. Por más que se desloman trabajando millones de tenochcas en y fuera de México, nomás no agarramos fama de trabajadores, honestos, veraces y precisos. Sabrá Dios por qué.
Lo que parece cierto es que internamente estamos pandos de contento auto-estereotipándonos como simpáticos tramposos capaces de tomarle el pelo a cualquier extranjero, más si es yanqui; también, al oírnos hablar entre nosotros, da la impresión de que nos encanta que todo se pueda arreglar con una mordida, que pensamos que el trabajo es el vicio capital opuesto a la santa virtud de la pereza (y la expresión máxima de la convicción de que trabajar es malo, tan malo que hasta pagan por ello, es la institución del San Lunes y el puente Guadalupe-Reyes que autoriza la actividad inercial tendiendo a cero, en todo el país del 12 de diciembre al 7 de enero).
De una conversación entre amigos se podría concluir que pensamos que manejar borracho tiene su mérito y que sólo los bobos pagan impuestos completos. Y por encima de todo, como divisa nacional y supremo orgullo, nuestra supuesta capacidad de improvisación, de hacer las cosas al aventón, armar un aparato sin leer el instructivo y con un alambrito arreglar un auto Fórmula 1.
Nada de eso es del todo cierto, pero es la impresión que damos y tenemos de nosotros mismos; pero lo que no podemos negar es que ciertamente y con las reglamentarias excepciones, nuestros funcionarios públicos son quintaesencia del estereotipo: flojones, con tendencia al reposo neuronal, maestros del surfing de problemas (cabalgan olas de enredos y llegan a tierra firme sin salpicarse); contorsionistas de ideales sin convicciones; improvisadores inagotables de programas de gobierno, presupuestos y proyectos; amos y señores en la detección de excusas cuando algo va mal y en la evasión de responsabilidades cuando no tiene remedio; acaparadores de mérito ajeno; sabuesos infalibles de la maniobra económicamente redituable; maestros del malabarismo con mentiras y virtuosos del trapecismo laboral: de la Cámara de Diputados local a la Federal, de ahí a la de Senadores, de regreso a la anterior; de una Secretaría a senador “pluri”, luego a diputado federal suplente de compañero disponible a oportuna renuncia pagada. Y todo esto sin meternos a revisar el inagotable organigrama de la burocracia nacional que da para mantener a las doce tribus de Israel, de puesto en puesto, de partido en partido, de sueldo en sueldo.
En esta nuestra tierra en que cantamos a sus volcanes, sus praderas y flores, desde antes del virreinato hemos tolerado burocracias infames con el inicuo consuelo de mentarles la madre sin entrar en profundidades filosóficas ni análisis políticos, porque otra característica nacional, es el desprecio por el tema a tal grado que es de mala educación hablar de política, aunque achacamos todos nuestros males a los políticos, mal inevitable al que no aplican restricciones (caso de estudio: “La increíble y triste historia del cándido morenismo y su priísta fundador desalmado”, de autor conocido… ya sabe quién… vive en Palacio).
Una muy destacada característica nuestra más, es que el tenochca todo terreno, 100% ‘proof’, engendrado de origen, es un devorador compulsivo de escándalos. La apariencia es que nada nos empacha por gordo que sea, que todo digerimos y todo olvidamos por gordo que sea, a la espera del siguiente follón que provocará la reglamentaria indignación que haría pensar a un noruego recién llegado que rodarán cabezas y el gobierno se va a derrumbar, sin que en apariencia pase nada, pero sí pasa, solo que el mexicano estándar es tardoncito pero buena paga y las cobra en las urnas cada seis años, pues estos últimos 30 años nos han enseñado que -INE mediante-, el voto cuenta y se cuenta con la ventaja de que no hay noticias de nadie que haya salido de la casilla, detenido en una patrulla ni en ambulancia, por tachar la boleta como le vino en gana.
Mucho se equivoca este gobierno pensando en que estamos tan lejos de la sucesión (dos años y 99 días), que no tendrán efecto los escándalos que se le acumulan. Error, la gente no olvida, pregúntenle a Peña Nieto. Nos vemos a la salida.

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