Nosotros los pobres: La Feria

SR. LÓPEZ

Contaba tía Susanita que acabó separada de su marido porque era cariñoso, detallista, considerado, apasionado… como cuando eran novios, sin que nunca lograra el caballero (Jesús, si no recuerda mal este menda), pasar a ‘modo marido’… no, no entienda mal, ‘eso’ sí -tuvieron tres hijos-, ella se refería a que era irresponsable, informal y amiguero, y todo creía arreglar con versos, flores, serenatas y pasión. Y no, ya casados, estaban muy bien los versos, flores, serenatas y pasión, pero era del todo insuficiente: había obligaciones que cumplir. Así que: ¡abur! (‘¡next!’, dicen ahora).

Asombra la insistencia de muy prestigiados medios de comunicación, en el simpático asunto de la popularidad presidencial.

Los malquerientes de nuestro Presidente celebran con estrépito su descenso de aprobación de ocho puntos porcentuales, del 19 de marzo al 19 de julio de este primer año de la 4T, sin reparar en que bajó, sí… de 78% a 70%, lo que sus adictos y chairos misceláneos (con los dedos trabados en el cinturón o la mano sobando la panza, gestos diferentes según la clase social), festejan jubilosos al ser ese 70% de aprobación, 18% superior al que tenía hace un año, cuando ganó las elecciones que le permitieron campanudamente concederse el caprichito de alojarse en Palacio Nacional (cada quien sus gustos).

Sostiene López lo asombroso del empecinamiento en presentar al Presidente como estrella descendente, por lo absolutamente inútil que es para la realidad de un país (este o cualquiera), la popularidad del Jefe del Estado, siendo lo importante, exactamente lo contrario: su impopularidad. Cosas veredes.

Efectivamente: una persona (nótese el fino gesto a la igualdad de género), quienquiera que gana un cargo de elección popular y lo asume, tiene por objetivos (si está en sus cabales o no es un cínico de siete suelas), primero, desempeñarlo eficazmente respetando las leyes y, segundo, cumplir con sus promesas (siempre que la realidad se lo permita). No importa su aceptación o popularidad porque ya no está en campaña tratando de obtener votos, ya los obtuvo, ya está trepado; pero sí importa lo opuesto, dado que el rechazo generalizado, la impopularidad entendida como fiel reflejo de la desaprobación del respetable, apunta a que una de tres  (y en casos graves, dos y hasta tres de tres), o es ineficaz, o no respeta la ley, o no cumple sus promesas, por lo que la gente considera que su gestión es una birria y desaprueba su desempeño del cargo.

Si la aprobación o popularidad significaran algo a favor de un gobernante, nos tendríamos que ir preocupando (caso de estudio: Adolfo Hitler y su arrolladora popularidad entre el pueblo germano).

Lo contrario, la desaprobación de su gestión, el rechazo de la gente a ese personaje, sí nos dice algo sobre si está haciendo bien su chamba o resultó pistolita de agua.

La misma encuesta que sitúa a nuestro Presidente en un 70% de aprobación (información muda, inútil), indica que en el mismo periodo (marzo a julio, no se me distraiga), la desaprobación a sus afanes ha crecido un 11%, pasando del 18 al 29%. ¡Eso sí importa! No es moco de pavo que la tercera parte de las personas desapruebe al actual Presidente, Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Comandante Supremo de nuestras Fuerzas Armadas.

En julio del año pasado el triunfo electoral de nuestro Presidente en ejercicio, fue arrollador, obtuvo el 53.19% de los votos emitidos, indudable… sí, pero (maldita palabra), del total del padrón electoral, obtuvo el 33.71% de votos, y eso es como para serenarse y reflexionar: el 66.29% de los ciudadanos tenochcas con credencial de elector, NO lo eligieron, y eso debiera traducirse en un actuar menos altivo, una pizca menos arrogante, con algo de cautela.

En efecto, 30 millones 113 mil 483 de nosotros los del peladaje, lo escogieron para Presidente de todos… pero casi el doble, NO (59 millones 218 mil 548 del padrón). Que barrió con sus opositores nadie duda, pero ahora eso ya no sirve para nada, ahora tiene que dar resultados, palpables, que se defiendan solos, y la permanente referencia a complots, oposición de los ‘enemigos’, ‘intereses del pasado’, y también, la crítica al Poder Judicial (en especial a la Suprema Corte), a los órganos autónomos (INE, CNH, en particular), ya empiezan a sonar a excusas. Y, créamelo, esa tonada en México, es muy conocida y aburre.

Si nuestro Presidente, diario, parece un señor en campaña, es porque eso hace, disfrutando además los privilegios del poder, en especial la dicha inicua de escucharse a sí mismo. Si vuela en clase comercial, si duerme en Palacio, si madruga y aprueba personalmente los viajes de todos los funcionarios de todo el inmenso aparato burocrático federal, de verdad, no son ganas de moler, a la gente nos importa un pito. Cuando luchaba por conseguir la chamba de Presidente de la república, convenció a un sobrado número de electores de que sí era el señor de los milagros; y a los que no convenció y no lo votaron, les quedó en el alma el consuelo de que sin haberlo escogido, cuando menos iba a reparar un montón de cosas en el país.

Un ‘por cierto’: no es nada difícil que vuelva a ganar en las elecciones intermedias, dado el estado anémico de los partidos de oposición. Y eso no resuelve la ecuación nacional. Los problemas siguen incubándose, la inseguridad y pobreza presentan síntomas de estarse agravando.

Igual, por cómo estamos y por cómo vamos; visto el estilo y tomada debida nota de que el señor de Palacio no atiende ni escucha a nadie que no esté previamente de acuerdo con él, sea quien sea, especialista, experto o sabio, nacional o extranjero, se puede vaticinar que el proyecto de la 4T encallará, con mayores o menores costos, pero no surcara grácilmente las revueltas aguas que tanto aseguró conocer y que tanto insistió que sabía cómo sortear. Más nos valdría como nación que triunfara en todo nuestro Presidente, que enderezara los asuntos nacionales: nadie quiere otro capítulo de nosotros los pobres.

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