Obras son amores: La Feria

Sr. López

Como impone la biología, cada vez somos menos los que recordamos la era del pricámbrico clásico mexicano, aquella edad pre-rocanrol, clímax del danzón, el bolero y la música ranchera; periodo radiofónico de la vida nacional. Tiempos ya idos en que toda casa tenía máquina de coser (Singer), huevo de madera para zurcir calcetines y casi ninguna con teléfono, que para hablar con alguien iba uno a la caseta de teléfono de la calle a hacer cola (para hablar tres minutos por veinte centavos). Época en que en las puertas de las casas, junto al timbre, no era raro ver una laminita que rezaba: “Este hogar es cristiano, no aceptamos propaganda protestante”. Generación ya olvidada en la que los novios salían con chaperón, las doncellas de 19 ya se andaban ‘quedando’, y los hombres tenían obligación de ser feos, fuertes y formales. Periodo en que el tenochca simplex promedio, era educado por su familia, en la escuela y la parroquia, sin tonos ni grados: había deberes y las cosas eran buenas o malas.
En aquellos tiempos sin matices las mujeres eran decentes o güilas (las divorciadas se encasillaban en lo segundo); los hombres eran cabales o no servían para nada; se era católico o hereje, en el peor caso ateo. El planeta también, dividido en dos: “el mundo libre” y el comunista, y según cada quien, uno era el Edén y el otro, el Infierno; la “Guerra Fría” caldeaba los ánimos y justificaba groseras injerencias y hasta invasiones de las potencias.
Así se nos enseñaba la historia: Cortés, un sifilítico ladrón; Cuauhtémoc, virtuoso patriota (¿de cuál patria?, la de él, no México); Estados Unidos, enemigo insaciable que nos robó medio país (no es muy cierto, fue venta… en abonos); Maximiliano y Carlota, invasores franceses (ni lo uno ni lo otro: ella, de Bélgica; él, de Austria; llegaron acá el 28 de mayo de 1864, porque le creyeron a la Junta de Notables, enviada por la Junta Superior de Gobierno de México, que se había votado en el país ser Imperio y ser sus súbditos… y llegaron nacionalizados, por cierto).
Todo era blanco o negro: Santana, el diablo; Juárez, santo indio; don Porfirio sociópata infame; Madero, apóstol; Huerta, chacal. La iglesia para unos, impoluta y santa; para otros, avariciosa, inquisitorial maestra de patrañas. El pueblo, bueno; el gobierno, malo. Los sindicalistas, pillos; los patrones, mártires. O todo al revés: el pueblo, turba; el gobierno, custodio del himen patrio, promotor de todo bien. Los sindicatos, redentores; los patrones, explotadores. Los soldados héroes hijos del pueblo o marihuanos analfabetos. Los policías garantes de la ley o ladrones incorregibles; todo al gusto de cada quien pero sin grados, tajante, definitivo.
Y… como es su costumbre, pasaron los años. Aparecieron la minifalda, el bikini, la píldora y los Beatles; empezó a suavizarse el criterio nacional, empezó a haber grises. Jorge Negrete ya no tenía que ser mejor que Sinatra, ni Cantinflas que Chaplin. Los yanquis no eran desinteresados liberadores de pueblos, pero los rusos tampoco protectores de las masas oprimidas. No todo lo extranjero era malo, ni bueno tampoco. Gobernación dejó su papel de tía solterona censora de los medios de comunicación.
Siguieron pasando los años (también acostumbran eso), llegaron la tanga, el topless y el hilo dental; comerse una hamburguesa ya no es traición a la patria; el Che Guevara acabó en camiseta; ser católico dejó de ser obligación social, otras religiones se podían respetar; sin aspavientos se aceptó que había papas santos y demonios, curas de lo peor y sacrificados anónimos que sí dedican su vida a servir. La virtud de la mujer dejó de ser una diminuta membrana; lo homosexual no quita lo respetable; el poder dejó de ser indiscutible; empezó a haber prensa crítica. Perdió el PRI, votar valía, todo era posible; los derechos humanos fueron hechos Constitución y…
Pasamos quién sabe cómo de la paternidad responsable, a hacer burla de las familias numerosas; de batallar para despenalizar algunos casos de aborto, a la quema pública de los que se oponen a legalizar el aborto sin restricciones. Los viejos dogmas sustituidos por la fe en el despelote; las buenas maneras dieron paso al culto a lo vulgar, lo chabacano y lo fácil; hoy es mofa lo que no sea basto y tosco que es siempre prueba de autenticidad y espontaneidad; cambiamos de semanarios con imágenes de señoras jamonas en traje de baño -que escondía el peluquero-, a los estudios foto-ginecológicos de revistas exhibidas en las cajas de los súper mercados. Ser masa es lo que va, adocenarse lo aceptado; distinguirse, soberbia; cultivarse, arrogancia; mejorar, pretensión. Las buenas maneras son hipocresía; la majadería, espontaneidad. Se ha asumido como verdad incuestionable el peor clamor parisino: ¡prohibido prohibir!
Así casi sin darnos cuenta, campean los nuevos dogmas de la vulgaridad, con flamantes dueños de la verdad, una nueva verdad con nuevos mandamientos: todo se vale y la única verdad es que todo es relativo, imponer la ley es represión, lo minoritario es obligatorio, toda protesta se respeta, por serlo, sea válida o arbitraria, pacífica o violenta.
Nada importa que la mayoría no piense ni viva así, se ha instalado el temor a oponerse a las estrepitosas minorías que imponen lo políticamente correcto.
Siendo así las cosas no debiera sorprendernos tanto el adelgazamiento de nuestra clase política ni tener a quien tenemos alojado en Palacio Nacional; pareciera también que nuestro actual gobierno federal, confía en poder sostener la comedia de equivocaciones en que han convertido la administración pública. Están seguros de que a la gente todo le importa poco, distraídos en las futilidades del día a día. Se equivocan.
Precisamente esta sociedad tiene la mala costumbre de esperar todo del gobierno. Ni vota un sector amplísimo, pues les da lo mismo quien quede en el poder, seguros de que los tiene que atender
La cuarta transformación da preferencia al discurso olvidando que obras son amores

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