Octavio Paz

José Antonio Molina Farro

A Juan Carlos Cal y Mayor Franco, apóstol del pluralismo, la libertad y la democracia.

“El bien, quisimos el bien: enderezar el mundo. No nos faltó entereza: nos faltó humildad…soberbia de teólogos.

O.P.

El poeta falleció el 19 de abril de 1998. Entre los dolores de la enfermedad, se asomaba  la lucidez y el ingenio de siempre. Lo reseña Cristopher Domínguez. “Entonces decidió hablar de la muerte. De su muerte. ´Cuando me enteré de la gravedad de mi enfermedad –dijo- me di cuenta de que no podía tomar el sublime camino del cristianismo. No creo en la trascendencia. La idea de la extinción me tranquilizó. Seré ese vaso con agua que me estoy tomando. Seré materia”. Jesús Silva-Herzog Márquez hace una disección magistral, escribe, evoca el pensamiento del poeta de la fraternidad, que “encontró en la historia nuestra maldición y nuestra esperanza”.

“La pregunta sobre México nunca abandonaría a Paz…En El laberinto de la soledad, ese libro interpretado como una ‘elegante mentada de madre´, retrata al mexicano, un ser que se disfraza: ´máscara el rostro y máscara la sonrisa´…en Postdata escribía que el mexicano no era una esencia sino una historia. México, su historia, su geografía, su arte: sustantivos que encuentran verbo y predicado en el ensayo de Octavio Paz… Con toda su oposición enérgica al extravío nacionalista, no dejó de juguetear con los artificios de la identidad. En ningún lugar se observa con mayor claridad el gancho de ese anzuelo identitario que en el contraste   que Paz hace constantemente entre México y los Estados Unidos, entidades físicas antagónicas, especies biológicas que no pueden acoplarse. ‘Ellos son crédulos, nosotros creyentes; aman los cuentos de hadas y las novelas policíacas, nosotros los mitos y las leyendas. Nos emborrachamos para confesarnos, ellos para olvidarse. Los norteamericanos quieren comprender, nosotros contemplar… Ellos hijos de la Reforma, nosotros de la Contrarreforma.”

Para el ensayista “la gran falla de la izquierda, su tragedia, es que una y otra vez ha olvidado su vocación original, su marca de nacimiento: la crítica. Paz defendió con terquedad la autonomía del individuo, denunció el despotismo en todos lados, criticó los absolutos, fue un militante de la duda”. Como obviar su hermoso concepto de otredad, ´Somos uno y diversos´, ´Somos lo que somos, pero también lo que otros son´, ´Los otros todos que nosotros somos´. Una democracia sana exige el reconocimiento del otro y de los otros”… “No es esto o lo otro sino esto con lo otro, esa es la marca de la literatura paciana: la conciliación de los contrarios. Aún en las voces más distantes hay un hondo parentesco”. Por mi parte, asocio estos ricos pensamientos con otro de quien es considerado el más grande poeta árabe vivo, Adonis, “Yo no existo en tanto que yo sin el otro. Así, si viajo, viajo al interior pero también hacia el otro. Porque me descubro a través del otro, sin el cuál siento que no existo”. Silva Herzog nos remite al filósofo taoísta Chuang-Tsé: “Si no hay otro, que no sea yo, no hay tampoco yo. Pero si no hay yo, nada se puede saber, decir o pensar… La verdad es que todo ser es otro y que todo ser es sí mismo…El otro sabe de sí mismo pero el sí mismo depende también del otro. Adoptar la afirmación es adoptar la negación”. Por su parte, Paz en Blanco, “No y sí juntos, dos sílabas enamoradas”.

Continúa Silva Herzog, “La imaginación no es en Paz la “loca de la casa”, como la apodó santa Teresa; es el supremo ejercicio de la inteligencia. La capacidad de asociar entidades aparentemente distantes es penetrar en la verdad”… Escribir es buscar. Dice Paz: “La pasión del lenguaje no es otra cosa que pasión por el conocimiento, pasión por el conocimiento que no es otra cosa que amor por las palabras”.

Paz es inagotable, omniabarcante. Sus reflexiones políticas son escritos lúcidos de un testigo de los acontecimientos. “La palabra del escritor tiene fuerza porque brota de una situación de no fuerza. No habla desde el Palacio Nacional, la tribuna popular o las oficinas del Comité Central: habla desde su cuarto, desde su soledad, de sí mismo. En este siglo (XX) intoxicado por las ideologías O. Paz empuña su agudeza crítica, es nuestra única defensa contra el monólogo del Caudillo y la gritería de la Banda, esas dos deformaciones gemelas que extirpan al otro”.

Finalizo con un fragmento de Piedra de Sol, “…Voy por tu cuerpo como por el mundo, tu vientre es una plaza soleada, tus pechos dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos, mis miradas te cubren como yedra, eres una ciudad que el mar asedia”.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *