¡Palabra!: La Feria

SR. LÓPEZ

Reflexione en la importancia de usar bien las palabras, no llamar perro a la vaca, nalga al perro o mano a la nalga. Imagine nomás el anuncio de “queso de leche pura de perro”; al del gas preguntándole: -“¿Muerde su nalga?”; o que en un juicio dijeran: -“Alce la nalga derecha y jure decir la verdad”. Sí, es práctico usar las palabras conforme al general entendimiento que se tiene de ellas y para suerte de los que hablamos español, contamos con un diccionario oficial, el de la Academia, que con todos sus defectos periódicamente incluye nuevos términos y acepciones, pues “el maestro de la lengua es el pueblo”.

A pesar de eso, en México usamos el idioma a nuestro modo y asombra lo bien que nos entendemos. Por poner un ejemplo, “señorita” es un término que desde el pleistoceno de la lengua, inadecuadamente se aplicó a la persona del sexo femenino de la que se suponía, así, a ojo, por juventud o brevedad de cintura, su virginal condición; luego, probablemente después de muchas sorpresas, se abandonó tan aventurado significado y en México se  implantó la general costumbre de llamar “señorita” a toda persona del sexo femenino, joven o que tome dictado, o nos pida la orden en el restaurante; o que sin ser joven, ni secretaria, ni mesera, no esté de malos bigotes y ande sola. La palabra “señorita” originalmente sólo significaba -así se tratara de una cándida púber o una trotacalles-, que era hija de un “señor”, entendido como caballero (por eso al varón hijo de señor o persona destacada, se le llamaba “señorito” aunque fuera cuarentón, cosa que cayó en desuso, bendito sea Dios). En fin, como la Academia de la Lengua es democrática a palos, la venció la raza de bronce y aceptó que se use “señorita” como término de cortesía sin ninguna relación con el tráfico registrado en la alcoba de la dama, ni que su papá reciba en su casa en calzones y chanclas pata de gallo y no sea precisamente, un caballero.

Otros triunfos nacionales que han obligado a la Academia a modificar el diccionario, han sido con palabras tan normales para nosotros como “torta”, que para el resto del mundo hispanohablante es bofetada y otras cosas en nada parecidas a una estupenda de chorizo con huevo; o la palabra “banqueta” que los honorables académicos tuvieron que aceptar, sin que a la fecha entiendan por qué la usamos así siendo la banqueta un asiento sin respaldo, un escabel, usted me entiende.

La apoteosis de nosotros los gallardos integrantes del peladaje nacional, fue con la palabra “quesadilla”, originaria de España y referida a un pastelillo de harina de trigo, relleno de dulce, frutas confitadas o almíbar, que en México (¡sí se puede!), usamos, primero, para pedir una tortilla con queso, doblada en dos (mestizaje culinario) y luego hasta sin queso, llamándola igual, ya sea de papa, chicharrón o huitlacoche (y de las “gordas” rellenas de maciza otro día comentamos).

Hasta aquí, sin consecuencias. Pasemos a lo serio:

Para no meternos en dificultades, demos por bueno nuestro irreflexivo uso de “país”, al hablar de México, porque si país es un territorio con unidad geográfica, política y cultural, francamente, con la población por su lado y los políticos por el suyo, con varias regiones en donde mandan los delincuentes organizados, mucha unidad política no se puede predicar… pero dejemos eso, es cosa grave y no conviene a nadie a la vista de la ingobernabilidad de varias partes del territorio, proponer la separación de algunas entidades, porque nos quedaríamos con retazos de patria.

Sí sería interesante que la Academia de la lengua aceptara una tercera acepción de “democracia”, como mexicanismo, porque las dos hasta hoy admitidas: doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno; y predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado; no aplican a nuestro caso. Se propone: 3. Méx. Farsa colectiva autocrática de duración sexenal. Usted proponga la que le cuadre, pero no podemos seguir llamando democracia a este desmadre (y no es majadería, vea el diccionario: desmadre: 1. Acción y efecto de desmadrarse; ‖ conducirse sin respeto ni medida).

Otra palabra a la que urge agregar un mexicanismo, es “gobierno”, que se define como “acción y efecto de gobernar o gobernarse”; pero como “gobernar” es “mandar con autoridad o regir algo”, en México no siempre aplica. “Autoridad” implica legitimidad y prestigio y acá no es rara su ilegitimidad y desprestigio por repetición de pifias, por más legalmente que se hayan hecho con el poder. Y tocante a lo de “regir”, está por verse con el brutal porcentaje de población ocupada en la informalidad que no se sujeta a ninguna ley, aparte de los malandrines de cuello blanco o de bota punta para arriba y AK47. Si usted piensa que nuestro gobierno gobierna como se debe gobernar, le recomiendo la interpretación de la Novena sinfonía de Beethoven de la Arrolladora Banda Limón (le va a gustar).

Adicionalmente, este gobierno federal es el del Movimiento de Regeneración Nacional y según el diccionario de nuestra lengua, “regenerar” es “dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo”.

El planteamiento de arranque de este gobierno fue que todo estaba mal y todo iba a transformar… bueno, había cosas mal pero no todo estaba mal y no poco estaba bien. Con esa falsa premisa se procedió sin pudor y por capricho, sin regenerar, restablecer ni mejorar nada. Y ante el fracaso en los asuntos más visibles: corrupción, seguridad pública, salud y economía, se redobla el empeño en el engaño, la declaración disparatada y ahora a una “consulta contra expresidentes” sin expresidentes, como la rifa del avión sin avión.

Lo que ajusta a nuestras autoridades federales es la palabra “pandilla”, que dice el diccionario es la “liga o unión que forman algunos para engañar a otros o hacerles daño”. No querrán dañar a nadie pero tampoco les importa mucho causar daños (caso destacadísimo, los niños con cáncer), y lo de “engañar a otros”, les viene como anillo al dedo, ¡palabra!

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