Película cómica: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Susana era del lado materno toluqueño, o sea: católica de erizar los pelos a Torquemada. Se casó con uno de Sinaloa, mucho más guapo que ella (cosa fácil, debe decirse que era poco agraciada… horrorosa, pues). Como sea, por lo que haya sido, tuvo nueve hijos, tres mujeres y seis hombres, y veneraba a su enorme marido, fuerte como orangután, con cara de Adonis y melena de león, en tanto ella era menudita con cuerpo de fideo y rostro evitable. Una de las manifestaciones de su adoración por él era la confianza ciega que le tenía: lo que decía para ella era santa palabra y aún las más estrafalarias explicaciones sobre sus prolongadas ausencias del domicilio conyugal, le parecían clarísimas, indiscutibles. Toluca entero sabía de las andanzas poco cristianas en faldas extrañas del verraco aquél y en confianza, la mamá, tías y primas de tía Susana le decían que no era bueno confiar de más, pero ella, inconmovible, respondía citando la primera carta de Pablo a los Corintios: -El amor todo lo cree –y sí, todo le creyó hasta que una desconocida (para ella) la visitó junto con una marimba de cinco varoncitos, hijos de él y su vivo retrato cada uno. El suyo fue el primer divorcio en la familia y el único hecho de sangre a la fecha. Ni modo.

Lo normal es sostener el valor de la confianza en la cosa pública de los países. Es fácil asumir que la confianza es el aglutinante que permite realizar procesos electorales en paz y que la confianza en las instituciones de gobierno asegura por un lado, el despacho de los asuntos públicos y por el otro, la atención de las demandas ciudadanas. Muy bien.

Pero es al revés: la desconfianza es el valor que asegura la marcha democrática de las naciones, la organización igualitaria de las instituciones de gobierno y por encima de todo, pone cota al poder público.

Don Santiago Roel anotó en su estupendo artículo de enero 2 del año pasado en Forbes: “A los sistemas que no confían en sus gobernantes les va mejor que a los que insisten en adorarlos”. Cierto.

Adoraron los alemanes a Hitler, los italianos a Mussolini, los rusos a Stalin. Las inmensas muchedumbres que aclamaban a Pancho Franco en España, probaban que el pueblo lo amaba. Igual disfrutaron a sus anchas el delirio de enfebrecidas multitudes, Hussein, Gadafi, Marcos (Ferdinando, el de Filipinas), Fidel Castro, Leónidas Trujillo, Pinochet, Chávez y tantas alimañas históricas más, aunque no se debe dejar de anotar que todos esos tuvieron opositores, oportunamente ejecutados, encarcelados, exiliados o enmudecidos, porque los malos gobernantes, los autócratas o dictadores, siempre tienen un aparato represor a su disposición, ya sean matones, golpeadores, ‘bots’ o sórdidos agentes de ‘inteligencia financiera’.

No se propone que la desconfianza enfermiza sea recomendable, no, pero sí la desconfianza sensata que recomienda que haya árbitro en el futbol, réferi en el box, ampáyer en el beis, policías que obligan a respetar las leyes y que las casillas de votación las vigilen los ciudadanos. Por esa desconfianza inteligente es que el poder del gobierno se divide en dos y más frecuentemente, en tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), no es creíble que alguien use prudentemente de un poder absoluto. Lo prueba la historia.

Por supuesto hay quienes sin ninguna frivolidad sostienen lo contrario: la confianza entre los ciudadanos y entre ellos y su gobierno, es el caldo de cultivo de la convivencia armónica, del progreso y el bienestar (aquí entra el ‘Himno a la alegría’ de Güicho Beethoven).

Este menda propone que esa confianza social y de la sociedad en su gobierno, resulta de la desconfianza racional que confía una vez que funcionan adecuadamente dependencias de auditoría y cuerpos policiacos; fiscalías y juzgados; contrapesos ciudadanos al poder; división efectiva de poderes y entidades de fiscalización superior que vigilan el correcto uso del erario… y prensa libre, porque sin ella todo queda en agua de borrajas. Para confiar, desconfiar. En arca abierta el justo peca; entre santa y santo, pared de cal y canto…

Hay excepciones, por supuesto: las religiones piden fe a cambio de pase automático al Cielo; está bien mientras no pidan sacrificios humanos. Aparte, en otras cosas, la generalidad de las personas tradicionalmente confía sin dudar y por eso se castiga rudamente en la ley traicionar esa confianza: no es lo mismo el abuso a un menor de parte de un desconocido que de un cura o un tío, faltaba más. Junto con eso hay que aceptar que en la vida cotidiana de todos, no hay más remedio que confiar, confiar en que la botella de leche no tiene arsénico; que el médico no nos receta mal por el gusto de que nos estalle la úlcera; que ningún automovilista se va a pasar el alto dando un arrancón cuando nos tenga frente a su coche; así vivimos nuestro día a día, confiando, pero no por eso dormimos dejando la puerta abierta, tampoco.

Fuera de esas circunstancias ordinarias, en todo lo que se relaciona con la organización de la cosa pública, la prudente desconfianza es la norma en los sistemas políticos funcionales.

Un trompetazo de alerta es cuando un jefe de Estado pide fe y lealtad totales, a él o su proyecto, que a fin de cuentas resulta ser lo mismo. Todos los dictadores, tiranos y bellacos varios, exigen eso, sabedores de que sus intenciones no resisten análisis. Otro trompetazo de alarma es que el gobernante pretenda debilitar los contrapesos a su poder, institucionales o ciudadanos. Y la voz de ¡fuego! es la intolerancia a toda voz disidente y la prensa crítica.

Los seguidores de nuestro Presidente, están muy en su derecho de entregarle su intelecto y voluntad, allá cada quien. Lo que ya sería hora que entendieran ellos y su líder, es que 59 millones 218 mil 548 ciudadanos no votaron por él, porque no consiguió que confiaran en él y ya en el poder, con sus actos, menos.

Ahora que si pretenden hacer la ‘transformación’ a palos, se les está olvidando que ‘El Gran Dictador’ es película cómica.

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