¡Qué desperdicio!: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Alfredo y su esposa tía Martina, eran de Toluca y católicos a machamartillo. Vivían con lujos pero del tío nunca se supo qué hacía; ni ella ni sus dos hijos varones, supieron de dónde sacaba el dinero, tanto dinero. Él, de lunes a sábado, salía a las seis y media en punto de la mañana y regresaba doce horas después. Se decía que era usurero, que vendía chueco, que contrabandeaba y mil rumores más, pero nadie sabía nada de cierto. Cuando pasó al definitivo estado de fiambre, su viuda se descubrió dueña de seis hoteles de paso (información dura de Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda). Tía Tina y sus hijos apechugaron la vergüenza del no santo negocio, continuaron con la tradición de no hablar de dónde sacaban el dinero y lo ampliaron, eso sí. Calladitos.

Entre políticos como entre vendedores de coches usados, hay de toda índole, los hay de gran clase y también, por supuesto, de mala ralea, gente de avería como decía René Lavand.

La razón es que los políticos son gente y la gente viene en todas las presentaciones que se puedan imaginar, no habiendo en ninguna nación algo como la “naturaleza del pueblo”, una personalidad general y uniforme: igual hay británicos de genio muy vivo que parisinos que visten fatal, rusos abstemios y españoles que usan desodorante, de todo hay en la viña del Señor.

Por eso entre los gallardos ciudadanos mexicanos, hay personas laboriosas y vagos de siete suelas, individuos indiferentes a las penas ajenas y sujetos comprometidos con el prójimo como si fuera su madre, sin faltar tenochcas absolutamente indolentes a todo compromiso o responsabilidad cívica y otros listos a engrosar las filas de la protesta más cercana a su domicilio y a ser ‘abajo-firmantes’ de toda carta abierta que les pongan al alcance.

Sin embargo, en nuestro país pareciera que se han generalizado dos fenómenos: la tolerancia rencorosa del ciudadano ante las felonías y negligencias de sus gobernantes y la más cínica desvergüenza de algunos de sus dirigentes, no todos pero no pocos.

Lo primero, esa tolerancia rencorosa que no es temple ni estoicismo, los políticos de baja calidad la confunden con docilidad o mansedumbre, sin advertir que es una manifestación más de la colectiva pereza irresponsable que permite toda tropelía a reserva de tomarse la molestia de ajustar cuentas en los siguientes comicios, curiosísima justicia electoral mexicana que cobra a uno las afrentas de otro, a Meade las de Peña Nieto, por ejemplo. Actitud reciente, por cierto, cuyo origen preciso es la realización efectiva de elecciones en las que (¡sorpresa!), se cuentan realmente los votos.

Lo segundo, el cinismo, la insolencia de algunos actores de la cosa pública, es la fresquecita aportación más destacada del actual gobierno federal pues antes, al menos los integrantes del aparato del poder grandote, procuraban ser discretos, hablar poco, aparentar mucho y navegar así las procelosas aguas del gobernar, tal vez entre murmuraciones pero sin exhibirse, inculparse ni contradecirse ellos o entre ellos. El priismo clásico era modelo de prudencia -culposa-, reserva obligada y sagacidad estratégica, por eso los rumores y “trascendidos” eran y son tan apreciados.

Parece indudable que esto de la actual desfachatez oficial tiene su causa primera en la personalidad del actual Presidente de la república, empeñado en oírse a sí mismo, apasionado del micrófono y el reflector, que no permite a nadie de su gabinete ni de sus seguidores, expresarse por cuenta propia ni informar a la sociedad. De lunes a viernes en sus conferencias de prensa matutinas, él personalmente aborda todo tema y responde las preguntas que salvo contadas excepciones, previamente redactó él mismo (a menos que los “reporteros” presentes sean adivinos y habitualmente atinen a saber qué asuntos quiere tratar el Presidente y de qué cosas tiene preparadas gráficas y fotografías listas a ser proyectadas); luego, los fines de semana realiza giras que le permiten discursear largamente frente a audiencias que -coincidencias de la vida-, siempre se componen de seguidores de él y lo escuchan con arrobo y entusiasmo. Bonito.

Lo malo de hablar tanto (más que Jesucristo, Confucio y Mahoma, juntos), es que se puede caer en contradicciones, compromisos imposibles y hasta ridículos involuntarios, aparte de que las pocas veces en que se le plantea alguna pregunta incómoda o se le enfrenta a alguna declaración previa de él mismo, sus respuestas lo exhiben evasivo: no me engancho, tengo otros datos, luego te informo, son frases que a fuerza de repetirse pierden eficacia y la gente común las percibe como cinismo. Esto no abona nada y tiene precio político. La palabra presidencial debe ser siempre ponderada, nunca improvisada, la última y definitiva, contundente y convincente.

La gira perpetua tampoco es lo más conveniente. Si su ‘avanzada’ consigue controlar cuántos y quienes estarán presentes en los actos públicos en los que él hablará, sigue siendo imposible impedir que a las afueras de esos mítines precocinados o en sus puntos de arribo, se arremolinen personas, por su cuenta o mandadas por sus adversarios, da lo mismo, que lo increpen provocando con cada vez mayor frecuencia que muestre su enojo o llano rechazo: son provocadores, explica y la gente quiere verlo toreándolos, no evadiéndolos con descaro.

El estilo personal de gobernar de este Presidente lleva a que cuando alguno de sus subordinados se presenta en algún medio de comunicación y declara, se dé por sabido que lo manda o lo autorizó él, de manera que carga también con metidas de pata ajenas (caso práctico de estudio: don López Gatell y los niños con cáncer golpistas); y el control de daños del Presidente a declaraciones de sus subalternos, proyecta la imagen de un gobierno desarticulado que ya casi a la mitad de su periodo, no acaba de empezar a funcionar. ‘Fugit irreparabile tempus’, dijo el clásico y sí, lo que queda de sexenio se le va a ir como agua. ¡Qué desperdicio!

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