Raros o tontos : La Feria

Sr. López

Tal vez a usted también le pase que dormido o en alguno de esos momentos de meditación profunda que propicia el beatífico aislamiento necesario para desalojar los intestinos, de repente invade al cerebro una luminosa idea clara y distinta como diría Descartes, o sea evidente. Ayer, ya amaneciendo y tomando café, juntando ánimos para encender la tele y ver el noticiero, de improviso este menda se percató de algo muy importante: los mexicanos somos rarísimos.
Tal vez por eso las neuronas del tenochca simplex no sufren ataques del mal de San Vito, al intentar el análisis racional de los sucesos cotidianos o repasar algún capítulo del libro cómico que cándidamente llamamos Historia de México (¡hay que ver lo que sabían de Juárez sus contemporáneos!, búsquele y verá… de horror).
Sin profundizar mucho ni entrar a los detalles de las rarezas de los hechos nacionales, nomás piense que se nos educa para detestar el 60% de nuestra realidad, los 300 años de ser Nueva España, que es como enseñarle a un cincuentón a renegar de sus primeros 30 años de vida… y tan campantes, ni a quien le importe, porque somos raros.
Tan somos raros que no nos extraña para nada que nuestra raza supuestamente, nació enemiga de España pero hablando español; adorando a Cristo y la Morenita del Tepeyac y no a Huitzilopochtli ni cuantimenos a la terrorífica Coatlicue; usando pantalón y no taparrabos; yendo a los toros y cantando Cielito Lindo (que es una seguidilla españolísima, andaluza); y de pilón, resultado de una independencia hecha por españoles y criollos (que a Vicente Guerrero no lo invitaron ni por darle su toque de color local al asunto y ni firmó el acta de independencia… bueno, igual era analfabeto… y eso de firmar sin leer).
Y ya que salió la Morenita, piense en lo raros que somos que nada pasó cuando el 24 de mayo de 1996, el fétido monseñor Schulenburg, ejemplo de todo lo que no debe ser un cura, después de 33 años de ser abad de la Basílica de Guadalupe (y de embolsarse las limosnas del respetable), ya de despedida y tan campante declaró a la prensa que no, que por supuesto no era cierto lo de las apariciones de la Virgen. Cualquiera hubiera pensado que lo iba a despellejar la raza para luego asarlo a fuego lento… y no, nadie alzó una ceja. Raros, le digo.
Tan raros que poquito después de independizarnos, un grupo de mexicanos fue a Europa a importar un monarca y se trajeron de Austria a don Max, que nos iba a cuidar la religión y era masón y liberal. Emperador del que nos enseñan fue invasor aunque cuando lo invitaron contestó “es del resultado de los votos de la generalidad del país que debo hacer depender en primer lugar, la aceptación del trono que se me ofrece” (José María Gutiérrez Estrada, Maximilien d’Autriche, Discours prononcé au château de Miramare et réponse, París, 1863), y vino porque le enseñaron las actas en que -le dijeron aguantándose la risa- la gente votó para que se viniera con corona, Carlotita y todo. Nos llegó ya nacionalizado mexicano y su recorrido de Veracruz a la Ciudad de México, fue entre arcos triunfales de flores. Luego lo fusilaron. Raros le digo.
Tampoco vamos a caer en estereotipos sobre nuestras peculiaridades, mencionando los frijoles saltarines (esos sí rigurosamente mexicanos, una de nuestras aportaciones más llamativas a la cultura occidental… y ni se apene que luego le dimos a la civilización mundial sin que se nos moviera el copete, el Chapulín Colorado), ni que la imagen del macho mexicano sea la de un tipo cinturita piernas flacas de sombrerote y pantalón entallado con botones de plata de la cadera a los tobillos (que no se atrevería a usar el más modosito modisto parisino), y también vamos a dejar en paz a los antecesores de la Fuerza Aérea nacional, los increíblemente aburridos voladores de Papantla (por si anda buscando un rito raro).
Somos raros en todo, veneramos a la madre y es nuestro insulto favorito. Repudiamos con toda el alma la corrupción y convivimos con ella, diario, sin que a nadie espanten súbitas riquezas ni se intente hacer de carne humana la estatua de Robespierre por videos de parentela presidencial recibiendo dinero de un personero del infame gobernadorcito de Chiapas de esos tiempos, para ni mencionar que las aguas bautismales de la 4T borran todo pecado incluida la larga vida priista de don Bartlett, las distracciones con el erario cometidas en el IMSS y los descuidos que provocaron unas cuantas decenas de muertos por la caída de un tramo del Metro en la CdMx que afectarían los planes de traspaso del contrato de hospedaje en Palacio Nacional para el siguiente sexenio (¡sí se puede!).
Somos raros, tanto que pudimos tener de presidente de la república a don Fox, que desde el principio dio muestra clara de tener atrofiada la conexión que va del cerebro a la lengua y hoy tenemos a otro que ha escrito más libros de los que ha leído en su vida (incluida su larga hibernación universitaria). Raros como para saber que el gobierno federal está contando a su manera los difuntos por la pandemia y los que mueren por falta de medicamentos ni siquiera se mencionan, niños con cáncer incluidos… ¿qué tal?… y no pasa nada.
Más raros somos si le queda duda, si considera usted que después del festivo año 2000 en que supuestamente arribamos a la democracia, logrando echar del poder al PRI que se supone odiábamos la mayoría, esa misma mayoría lo regresó al poder en 2012 sin recapacitar en que era un poquitín a contrapelo de la conducta esperada de una sociedad que se sangró las comisuras de los labios renegando de las barrabasadas que hacía el partidazo.
Y no solo volvieron al poder los priistas, sino que don Peña Nieto encantado de la vida, entregó el poder al NVP (Nostálgicos del Verdadero PRI), sección de la tercera edad del mismo tricolor a que pertenecen quienes hoy detentan el poder aunque con otra etiqueta, para escándalo de la comunidad de chimpancés del África central.
Sí, acepte que somos raros, porque es a escoger: raros o tonto

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