Recoger varas: La Feria

SR. LÓPEZ

Cada vez está más cerca el fin de este 2019, año festivo para unos y terrible para otros; aquellos por el disfrute a plenitud de los privilegios del poder (entre otros: poseer el monopolio de la verdad, la oficial, se entiende, y la dicha inicua de aplicar todo el herramental del pitorreo a ‘los de arriba’, a ‘los de siempre’, a esos, los fifís, conservadores y similares, como consagración inicua de la revancha); y estos, los que lamentan de tiempo completo que la presidencia de la república esté en manos de quien está, por el temor fundado a que en 2024 lleguemos a 1970 (año en que Luis Echeverría asumió el Ejecutivo), anticipando un retroceso que les parece ineludible.

Tal vez no sea para tanto: la política económica, la macro, se conduce conforme a  la más pura ortodoxia neoliberal, para alegría del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Casa Blanca y similares, no hay razón para temer el desastre: nuestro Presidente no duda ni por su discursiva filiación de ‘izquierda’, en celebrar sin rubor el avance en la Cámara de Representantes de los EUA, de la aceptación de la continuación del tratado de libre comercio de América del Norte (del TLC al T-MEC, sin anestesia), que ratifica nuestra inserción en el juego del gran capital y nuestra dependencia en inversiones, producción y comercio, de decisiones adoptadas fuera del país. El retorno triunfal del salinismo (cantando la Internacional). Y menos mal: México sin eso caería al precipicio. Ya se verá qué viene después, por lo pronto, alineados y sin retobar.

Eso sin negar que en la otra economía, la del diario, la que afecta bolsillos y empleos, medianas y pequeñas empresas, y comercios de barrio, mucha gente no acaba de asimilar el aire triunfal del actual régimen, sin que el masivo reparto de dádivas definidas de diferentes maneras para darles apariencia de justicia social, ni los incrementos al salario más bajo, den paso al optimismo: no mejoró nada este 2019 la vida del tenochca estándar.

Peculiar año este en el que, por un lado, resulta imbatible e imparable nuestro Presidente, cuyo alto índice de popularidad (o aprobación, usted escoja), no baja sino marginalmente; mientras, por el otro, crece la certeza de que el gabinete federal está constituido por profesionales de alto calibre, sujetos mansamente a los dictados presidenciales, listos a decir siempre “¡sí señor!”, aunque el paciente presente debilitamiento de signos vitales; acompañados por mediocres, tramposos embozados y vividores profesionales, que también los hay.

Sin embargo, el peligro no está en el acierto técnico de las decisiones del Poder Ejecutivo, instrumentadas por su gabinete como mejor pueda; ni en proyectos inmensos de fracaso anunciado. No, el peligro real que tenemos frente a las narices y parece no vemos es la política.

Sí, de la política depende todo si de progreso hablamos. México ha avanzado mucho y no es un ‘paisito’, de acuerdo. México hoy está mucho mejor que antes: si quiere compare con 1929… pero si le parece ventajoso tomar esa referencia, revise dónde andábamos en 1990… sí, hemos avanzado, en serio, y no haga malabarismos: es imposible determinar el progreso no alcanzado. Esto es lo que hay y no es poco.

El asunto es cobrar conciencia de que eso (esto), está en riesgo, no por metidas de pata en cuestión de economía o finanzas, sino de política.

Si le interesa busque por su cuenta un libro que no debe tomar como catecismo, ni contiene dogmas irrefutables, pero acierta en mucho: ‘Por qué fracasan las naciones’, de James Robinson y Daron Acemoglu, escrito en 2012; editado en México por Editorial Crítica; 693 páginas; título original: “Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza”.

La tesis central de ese ladrillo es que las instituciones con que se organiza una nación, la hacen prosperar (o no). Las instituciones las crea el régimen político y deben ser estables y respetadas, suponiendo por supuesto, que las instituciones cuidan de la propiedad privada, se sujetan a la efectiva separación de poderes y fomentan los incentivos a la iniciativa de los individuos, la inversión, la innovación y propician que los ciudadanos desarrollen su talento. Si se da eso, si hay instituciones no torcidas ni manipuladas al gusto del grupo al frente del gobierno, el resultado es la mejora de la calidad de vida de la colectividad y el desarrollo humano.

Eso, todo, a condición de que se impida la existencia de élites de privilegio, impunidad y saqueo, del propio gobierno o ajenas a él pero con su complicidad.

No es posible conseguir instituciones rectamente definidas, funcionales, estables y respetadas, sin una vigorosa competencia política. El colectivo político las impulsa o frena, las organiza o desordena, las fortalece o las corrompe. Sí, así es.

A reserva de su mejor opinión y de sesudos estudios de especialistas, dos cosas son indispensables para conseguir todo lo anterior: partidos políticos éticos y competitivos; y órganos autónomos con capacidad legal vinculante.

Eso es lo que nos debiera preocupar en estos tiempos. No se torture pensando en si vamos a ‘venezolizarnos’, eso o va a pasar.

Lo que sí debe tenernos más atentos que al perrito de la RCA, es la debilidad de los partidos políticos (Morena incluido o a la cabeza, a su gusto), y la debilitación o ninguneo de los órganos autónomos que deben ser vigilantes supervisores de que el gobierno juegue limpio, en todo.

Por supuesto nuestro Presidente no tiene ninguna intención en propiciar partidos funcionales y fortachones (Morena tampoco… menos), ni órganos fuera de su control: lo suyo es el monólogo político, el ejercicio unipersonal del poder.

Ese es el peligro, pero este México que le tocó gobernar no es el de otros tiempos. Nuevos partidos, recomposición de alguno de los actuales y la gente que se la rifa por el país no permiten la vuelta de los brujos.

Los que tienen ahora con el pandero están en  tiempos de echar cuetes, pronto les toca recoger varas.

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