Refugio del fracaso: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Conchita naturalmente enviudó joven, naturalmente porque tío Nacho su marido, le llevaba 30 años. Quedó con siete hijos varones y la ferretería más importante del Toluca de entonces. Tía Conchita con sentido común, dejó que los empleados de confianza del fiambre siguieran manejando la mina de oro ésa, con ella nomás supervisando. Nachito, su hijo mayor, era más necio que las necesidades fisiológicas y la molió durante años hasta conseguir que le entregara en propiedad el negocio. Los otros seis hijos pusieron el grito en el cielo, pero la tía, harta, dijo que sabía lo que iba a pasar y no le importaba: tenía para vivir ella y heredar a los otros seis. Nachito hizo y deshizo, puso sucursales en varios estados y actuaba como potentado; en menos de seis años se quedó con lo puesto después de liquidar deudas, proveedores y empleados; la esposa lo abandonó. Este menda lo conoció viviendo con su mamá, que cada mañana le daba para sus cigarros. Era un señor callado.

‘¡Como México no hay dos!’… ‘¡Viva México, cab…!’… ‘¡México, México, ra, ra, ra!’… y ya menos rascuache: ‘México, creo en ti’… Sí, a nosotros los mexicanos nadie nos gana a patriotas aunque nuestra verdadera personalidad colectiva oscile del triunfalismo al derrotismo.

Tal vez en un incierto futuro alguna escuela de filosofía con alma llanera, se anime a inaugurar una cátedra sobre la ‘Ontología del Mexicano’, disciplina que se adivina de extrema dificultad pues a ver quién desentraña la verdadera naturaleza del mexicano, su existencia, su realidad y las categorías fundamentales del ser mexicano en cuanto mexicano… la cosa promete quedar en una ‘Antología del Mexicano’, lo que es de preferirse antes de toparnos con universidades extranjeras impartiendo cursos de ‘Entomología del Mexicano’.

Como sea, hay que aceptar sin andarlo contando, que en el alma del tenochca estándar, anida un inconfesado complejo de inferioridad que se expresa con esos destemplados gritos de lépero autoelogio que manifiestan involuntariamente nuestra secreta predisposición al fracaso, nuestra aceptación de la tragedia que Octavio Paz sin miedo al ridículo, consideró estoicismo en la acepción más chabacana del término -resignación ante el dolor o la derrota-, del todo alejada de la escuela de pensamiento que como bien recordamos todos, inició Zenón hace 2,300 años, en la que se proponía conseguir la sabiduría y la felicidad sin depender de los bienes materiales, dominando las pasiones y los hechos que trastornan la vida, mediante la razón y el arrojo del individuo, el exacto contrario a nuestra abulia y tendencia al fatalismo.

No es tampoco tan difícil de comprender: en tiempos prehispánicos la masa se componía de macehuales y tlacaolis (plebeyos y esclavos), servidores de los pillis (nobles) y todos, del Tlatoani; así, ya conquistados, no costó gran esfuerzo que la raza dejara su destino en manos de los nuevos tlatoanis, los virreyes y sus validos… y lo que siguió ya lo sabe: aceptamos siempre como lo más natural que nuestro destino colectivo y hasta personal, esté sujeto al mandón de turno en cualquiera de sus presentaciones: dictadores, militarotes, presidentes priimperiales y ahora nuestro Transformador patrio, con un breve intervalo panista de 12 años que no alteró el curso nacional ni podía cambiar nuestra naturaleza.

De esa masificación de la desgracia nace nuestro secreto pesimismo individual, nuestra íntima convicción de que no está en nuestras manos ni méritos, el progreso o el éxito, sujetos a fuerzas superiores: ‘diosito’, el compadre relacionado ‘arriba’, el funcionario sobornable, la suerte; por eso prevalecen sin sobresaltos las familias del poder, los ricos tradicionalmente ricos y hasta los delincuentes prósperos. A los del peladaje no nos toca aspirar al triunfo, ‘el que nace para maceta del corredor no pasa’ y vemos natural que existan privilegiados porque ‘el que nace para tamal del cielo le caen las hojas’, con el consuelo metafísico de que ‘de los pobres es el Reino de los Cielos’ y los ricos ya se fregaron.

A su vez, de esto deriva nuestra falta de espíritu cívico: a nuestro individualismo mórbido estorba el sentido de responsabilidad que entraña vivir en sociedad, pertenecer a una colectividad, en la que interactúan a favor y en contra de todos los vicios y virtudes de cada uno; por eso nadie repudia un negocio chueco con el gobierno; por eso pagar completos los impuestos es una tontería casi siempre resultado de la cortedad de seso o la cobardía; por eso nuestras calles llenas de basura o en el mejor caso, cuando algún raro no echa al pavimento sus desperdicios, jamás levanta los que encuentra, ¡qué asco!, más bien, ¡qué flojera!

De esta manera es que en alguna proporción, ponemos nuestro destino -si no el personal sí el nacional-, en manos de los poderosos, de preferencia en las del dueño del poder máximo, el Presidente, al que no pocos dan trato de Rey mientras tiene las riendas en la mano para denostarlo en cuanto las entrega.

A este batidillo se debe también la mexicana costumbre de culpar a otros de nuestras desgracias y el culpable favorito de todo es siempre el gobierno, encarnado en el Presidente, pero-por-supuesto.

Ahora mismo el Presidente está en riesgo de cargar completas las proporciones bíblicas de la pandemia, por su mangoneo de información y necio desprecio por la ciencia, disfrutando del poderío de su mando, pues aunque atajar este mal está en manos de todos, él propició que la gente bajara la guardia y se sintiera segura, por sus afirmaciones sin sustento de que ‘ya pasó lo peor’ y su pésimo ejemplo personal.

El próximo año veremos a lo vivo las horrorosas consecuencias de nuestra irresponsabilidad colectiva y el Presidente llevará en los lomos, el resto de su vida, las de su monopolio ilegal del ejercicio del poder que los alegres tenochcas le hemos permitido, muy conformes en que haga de papá nacional. Ya nos tocará oírlo negar la realidad con soberbia, último refugio del fracaso.

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