Rey puesto: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Pata (Hipatia, cómo quería que le dijeran), heredó de su marido una ferretería inmensa -una mina de oro-, y cinco hijos varones, ya todos casados. Terminados los trámites propios de enviudar, juntó a su prole y dijo que ellos se encargarían del negocio. El mayor de gerente; el que seguía de cajero; otro en compras y los dos menores en el mostrador, cuidando las manos a los empleados. Al año, recibió cuentas tía Pata y le sorprendió lo que había bajado el negocio; pensó que estaban aprendiendo, dejó correr la cosa; al siguiente año, en lugar de ganancias recibió una lista de cuentas por cobrar: quitó al que estaba de gerente y puso al que hacía de cajero. El negocio cada año iba de mal en peor y tía Pata seguía cambiándolos de puesto, hasta que la abuela Elena, la de Autlán, oyéndola tan preocupada, le dijo: -Los pongas como los pongas, de tus cinco hijos no haces uno, vende el negocio, vende a tiempo –vendió, sus hijos se ofendieron pero le recibían mesada a tía Pata.

El INE bajo asedio. Campanas a rebato. ¡Peligra la democracia! Sobresaltos, achuchones, ¡el frasco de sales para la dama! La pureza impoluta de nuestros procesos electorales en riesgo. Se solicita niño héroe. Un Pípila que incendie las puertas del castillo de la impureza. Será menos, mire usted:

Es cierto que en estos días presenciamos las diatribas del Presidente contra el Instituto Nacional Electoral (INE) y el amago de Mario Delgado dirigente nacional de Morena, al invitar al Congreso a decidir “si van a renovarlo o a exterminarlo”. Lo único nuevo es el tosco cinismo de los actores políticos al uso: ya antes se ha hecho cera y pabilo con nuestro amadísimo INE y no se movió la hoja del árbol, salvo comentarios sueltos más o menos exaltados de columnistas y analistas más o menos democráticos (no se ande creyendo que todos, ni tanto).

Hagamos memoria. El hoy INE es el anterior Instituto Federal Electoral (IFE) con nuevo vestuario.

El primer IFE fue real hasta 1996 cuando los diputados eligieron consejeros y Presidente del Instituto, lo que en la práctica fue instalar las cuotas de los partidos; como sea, ese primer IFE presidido por José Woldenberg, fue el más autónomo que hemos tenido porque los partidos se chamaquearon solos pues ni imaginaron qué podía pasar… y pasó: en 1997 tuvimos el primer gobierno dividido; en 2000 el PRI perdió la presidencia de la república; y el IFE aplicó por vía rectal multas al PRI y al PAN, por lo del “Pemexgate” y los “Amigos de Fox”. Dolió. Lección aprendida. Había que someter al IFE.

En el segundo IFE -es un decir-, en 2003, el PRI y el PAN se engolosinaron y no le dieron su cuota de consejeros al PRD, los nombraron a todos y a Luis Carlos Ugalde como presidente del Consejo. Así, dejaron chiflando en la loma a la izquierda pero sembraron la desconfianza. Se les vino encima el problemón de la elección presidencial de 2006, en la que Calderón logró una diminuta ventaja de 0.56%… caro se las cobró el PRD, golpetearon el IFE hasta que se les hizo callo en las manos. Ugalde renunció en 2007.

El tercer IFE y último, después del interinato de tres meses de Andrés Albo Márquez, lo presidió Leonardo Valdés Zurita de 2008 a 2013, que fue el ‘mea culpa’ del PRI y el PAN para que el PRD ya no anduviera de retobón, porque don Valdés era un antiguo militante del Partido Mexicano de los Trabajadores y del Partido Mexicano Socialista. Fue elegido casi por unanimidad de los honorables diputados. Pero les salió íntegro don Valdés (¡chin!) y en las elecciones de 2012, desestimó las acusaciones de Andrés Manuel López Obrador de que se habían comprado votos y se trepó Peña Nieto (claro que algo ayudó la diferencia de votos, el 5.59%… estaba difícil creer que se habían comprado 3 millones 309 mil 765 votos).

De esta manera, López Obrador se tragó la amarga hiel de dos derrotas por la presidencia de la república, que atribuyó al IFE (para él es metafísicamente imposible que pierda, nunca). Y al IFE se refería cuando proclamó en el Zócalo: ¡Al diablo sus instituciones!

Y al diablo se fue el IFE que desapareció a los dos años, en 2014. El Congreso de la Unión reformó la Constitución (el 10 de febrero de ese año),  creó el INE y el 3 de abril de 2014, Lorenzo Córdova fue elegido como su primer Presidente, el actual.

Crear el INE permitió a las élites políticas, centralizar las funciones electorales en particular la fiscalización de los dineros que se gastan los partidos políticos, y  desaparecer los consejos electorales estatales, ahora manumitidos del INE que puede hasta quitarles la organización de los procesos en sus entidades.

Llegó el 2018, López Obrador ganó abrumadoramente la presidencia, el INE certificó su triunfo, en Morena cantaban el himno a la alegría, agarrados de la mano, con los fondillos húmedos. Democracia pura, ahora sí.

Llegó 2020, elecciones de gobernador en Coahuila y de los 84 ayuntamientos en Hidalgo. Morena perdió, perdió feo: en Coahuila, el PRI obtuvo el doble de votos que Morena; en Coahuila, el PRI le ganó a Morena con más del triple de votos. Morena desconoció ambas derrotas.

Llegó 2021 y el INE aplicó la ley electoral que los legisladores le dieron para eso: aclaró las reglas para impedir que vuelva a haber sobrerrepresentación en las cámaras, mayor a la que autoriza la Constitución y de pilón, por no reportar sus gastos de precampaña, quitó la candidatura para gobernadores a Félix Salgado, el favorito de Palacio para Guerrero y al morenista Raúl Morón en Michoacán.

Esa fue la gota que derramó el vaso, ahí sí ya no cuidó las formas el Presidente y en sus mañaneras ha dicho que lo hecho por el INE en apego a la ley “es un atentado a la democracia. Es juego sucio. Es antidemocrático”; “(…) están convertidos en el supremo poder conservador”.

Bueno, señor Presidente, mueva sus fichas, desaparezca al INE, se ha hecho antes, pero queda advertido, ponga a quien ponga, en 2024, el árbitro no va a pitar como usted quiera, usted ya irá de salida y a rey muerto, rey puesto.

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