Se afilan charrascas: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Martín, del lado paterno-autleco, estaba casado con tía Tinita (Martina, en serio). Su matrimonio era la versión local de la Toma de la Bastilla, el Desembarco en Normandía, la caída Berlín. No hay registro de pareja peor avenida. Nunca hubo fiesta o reunión en la que se les viera llegar o salir juntos, sentarse a la misma mesa, ni estar cerca. Y visitarlos era arriesgarse a presenciar discusiones dignas de la Arena México… ¡peleaaarán diez ‘rounds’! Una tarde cualquiera, conversando ese tío con el Jefe de Proveeduría y Seguridad del campo de adiestramiento en que fue domado este menda (otros niños le decía papá a los suyos), comentó a media voz: -‘Ora’ sí creo que ya mejora mi matrimonio –don Víctor era de poco hablar, no dijo nada pero el tío continuó: -Ayer en todo el día, ella ni abrió la boca… -entonces don Víctor sí habló: -Si ya ni alegar quiere, ya se acabó tu matrimonio -y así fue, al modo de entonces: sin papeles, las maletas del señor y adelante con la vida.

Hace algunas décadas conoció su texto servidor a un destacado operador político del ya no invencible PRI, que de la prestidigitación electoral sabía todo, con fama de resucitador de campañas muertas, capaz de predecir infaliblemente los resultados electorales. Según él la cosa era simple: salía a la calle a conversar con el bolero, el taxista, la mesera, el vendedor de periódicos, la gente común… y si el candidato tricolor era motivo de críticas, rechazo y tenía fama de bandido, el asunto tenía arreglo; pero si el candidato era motivo de chistes o tenía fama de menso, eso no lo arreglaba nadie (el Creador incluido, que no se sabe que conceda caprichos o enderece jorobados). Eso decía ese Mapache Rex.

Ya se lo hicieron antes a Luis Echeverría Álvarez: durante varios años, un grupo de industriales norteños muy destacados, pagó a los principales periódicos de entonces, para que el Presidente diario, ocupara la nota principal de las primeras planas, hasta hartar a la gente, acompañado eso con una campaña nacional de chistes y burlas (boca a boca, no había redes), haciéndole fama de tonto, siendo filosamente inteligente.

En esos tiempos del PRI imperial era impensable en ningún medio de comunicación,  criticar abiertamente a un Presidente de la república (nota: todavía existía oficialmente la censura operada sin pudores desde la Secretaría de Gobernación y aparte del interventor de ella, presente en toda radiodifusora y televisora, había criterios claramente dichos: jamás se podía criticar al Presidente, al Ejército ni a la Virgen de Guadalupe, en serio).

Los norteños, inquietos por el izquierdismo que don Luis pregonaba (de mentiritas, pero eso hacía pensar con su discurso nacional-revolucionario, pro-castrista y líder del Tercer Mundo), muy molestos por los ataques que les endilgaba, contrataron gente que le sabía al tema (alguno de los EUA), y después de estudiar el caso, propusieron eso: saturar a la gente con la imagen presidencial, alabarlo hasta el ridículo, ensalzarlo hasta la abyección, atiborrar la prensa con permanentes elogios al señor-Presidente, de modo que verlo y sentir ganas de vomitar fueran una sola cosa, con la ventaja de que el tenochca simplex atribuía esos excesos al propio gobierno, dado que no era ningún secreto que toda la prensa (casi) vivía del gobierno, mediante ‘el sobre’, ‘embute’, ‘chayo’, ‘iguala’ y los ‘contrato de promoción de acciones de gobierno’.

Con eso andando, el gobierno casi rogaba que ya no le dieran todos los días ‘la de ocho’ al Presidente (y al del teclado le consta por una reunión en la que estuvo presente de convidado de piedra, con el mero jefazo de prensa de presidencia de la república, acompañando a don Manuel García Galindo); con eso ya funcionando, mágicamente corrían chistes sobre el Presidente (muy buenos unos y otros muy vulgares), hasta conseguir que se implantara en el cerebro estándar del ciudadano nivel banqueta, que don Luis era un tonto.

Si de algo se va a arrepentir algún día, ya cerca del fin de la larga vida que se le desea al actual Presidente de la república, será de sus diarias conferencias de prensa. Ni Einstein (ni Jesucristo), pasan esa prueba: dos horas diarias respondiendo preguntas de todo tema; aparte de que cada vez es más notorio que el encargado del difícil asunto, intenta preparar cuando menos con algunos de los presentes infaltables y poco conocidos en el mundo del periodismo, preguntas ‘a modo’, de manera que le rueden bolas fáciles al Ejecutivo.

Por supuesto lo último es especulación, pero es de llamar la atención que cuando se presentan y logran que se les dé acceso, periodistas de verdad periodistas, aporrean al Presidente, lo sacan de sus casillas, lo ponen a punto de hervor… y se equivoca más. Recuerde nomás cuando Jorge Ramos, Denise Dresser, Ricardo Rocha o cualquiera del diario Reforma, lo han enfrentado con argumentos… rapidito se le borra su inexplicable sonrisa de la cara (¿de qué sonríe el Presidente?), y presenta facha de autoritario pero como se da cuenta, se apresura a festinar esa ‘comunicación’, como ‘prueba’ de que ahora hay libertad de expresión en México, cuando la hay hace mucho y no por su mérito, por cierto, advirtiendo desde su postura de Titular del Ejecutivo dos cosas: que el que se lleva se aguanta (‘no soy yo, es la gente’, dice justificando los ataques a los periodistas), y que la libertad de expresión es de ida y vuelta, que si le dicen dice… y no, señor Presidente: no es correcto que haga equivalente su palabra con la del ciudadano común, que no tiene a su servicio legiones de burócratas y el presupuesto nacional a su disposición, faltaba más.

No es criticable que defienda sus puntos de vista; lo malo es que ante la sequía de resultados en todo, sus declaraciones son cada vez más negación de hechos, repetición constante de excusas y quejas del tiradero que le dejaron… y eso puede llevar a la gente a la temible indiferencia, que es cuando se incuban rencores… y se afilan charrascas.

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