Seductores, canallas y vividores: La Feria

SR. LÓPEZ

La abuela Elena, la paterno autleca, contaba que allá por 1918, cuando estaba a todo trapo la epidemia de ‘gripe española’, una de sus tías, Hortensia, quería mandar a sus cuatro hijas a un convento y a sus tres hijos a lo más alto y profundo de la montaña, porque era ‘el fin del mundo’. El hijo mayor se impuso: todos juntos a la montaña y ya bajarían a ver que había quedado después del fin del mundo. Quedó todo.

Esta pandemia con los actuales medios de hipercomunicación, confirma que aún hay lotes de humanos con tendencia a anticipar el Apocalipsis (no aplica a México, acá nos vamos pa’ Mérida), y otros, no muchos pero no pocos, a los que resulta difícil aceptar que estas tragedias ocurren por sí mismas, siendo como son, propias de la inexplicable madrastra Natura: no todo tiene responsable: terremotos, tsunamis, incendios forestales espontáneos, glaciaciones, calentamiento global (¡oh, sí!, con y sin humanos), epidemias, pandemias -sin olvidar a los injustificables mosquitos-, son  parte de esto de haber nacido en este planeta. Si no le gusta, después se busca otro, pero mientras, aquí, recele de supuestas conspiraciones secretas de un país para freír a otros, ni de científicos sociópatas que están locos de contento por lo bien que les salió el Covid 19 (todo sin pruebas ni datos duros, todo suponiendo que se puede guardar en secreto algo que requiere la participación de miles o centenares de cómplices).

Parte de ese ‘apocaliptismo’, consiste en pensar que esta trágica pandemia cambiará al mundo, que es el fin de la globalización, del libre intercambio comercial y recomposición (¡indudable!, que lo dicen ‘expertos’), del equilibrio de poderes en el mundo… y no va a ser así. Habrá ajustes como siempre hay, pero las grandes potencias prevalecerán y el tío Sam seguirá por largo rato haciendo lo que le venga en gana y convenga, al menos mientras sea el único con una flota armada que le asegura el control efectivo simultáneo de todas las rutas marítimas en todos los océanos; con su influencia definitoria en las entidades financieras y comerciales internacionales y con su moneda como la única válida para el comercio mundial. Y el supuesto regreso de los nacionalismos tiene sus días contados, el mundo ya no gira así, ningún país puede aspirar al desarrollo aislado del resto. Lo siento: ahí para la otra.

Tal vez convenga recordar unas cuantas tragedias similares y peores, para revisar qué pasó después.

Para abrir boca, la Plaga de Justiniano, que parece fue una variante de la peste bubónica y asoló Constantinopla (Imperio Romano de Oriente, el Bizantino), del año 541 al 543 y siguió dando lata en las costas del Mediterráneo, Asia y África hasta el año 750, ¡más de 200 años!, escabechándose entre el 12.5% y el 25% de la población (entre 25 y 50 millones de personas)… ¿qué pasó después?… los turcos se le fueron encima a Constantinopla y se mellaron los dientes en sus murallas. Bizancio prevaleció casi mil años más (hasta 1453 cuando se le hizo el capricho a los turcos y establecieron su Imperio Otomano que duró hasta 1922).

La Peste Negra (la bubónica como ahora la conocemos), empezó en la región del Cáucaso dominada por los mongoles a principios del siglo XIV y despacito se fue regando por China, India y Oriente Medio, hasta llegar a Europa en 1347 (primero a Italia, luego a Francia, España y el resto, con excepción de Islandia y Finlandia ¡con esos fríos!). Murió según el cálculo más optimista, un tercio de la población de Europa y ya pasada esa primera oleada de Peste Negra surgió el Renacimiento (siglo XV), nada mal, entre otras cosas porque la gente le perdió algo el respeto a la dogmática religiosa y entendió que para algunas cosas era mucho mejor la ciencia. Y conste que volvió a haber brotes de peste negra hasta el siglo XIX llegando a América… y no dejó de girar el mundo.

También hay de otras tragedias, claramente causadas por los de nuestra especie. Piense que la Segunda Guerra Mundial le costó a Rusia 24 millones de vidas y al mundo, otro tanto o poco más según los cálculos más conservadores, sin dejar de recordar que terminó con dos bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas sin ningún interés militar, industrial ni estratégico (6 de agosto de 1945 en Hiroshima y tres días después en Nagasaki), con cien mil muertos al instante de la explosión y 300 mil más a lo largo de décadas. ¿Y qué pasó después de semejante guerra tan bárbara?: nació el mundo de los derechos humanos; el claro concepto de que la guerra, toda guerra, es una atrocidad (asómbrese, antes no era vista así); los organismos multilaterales; los tribunales internacionales y la detonación imparable de la ciencia y la tecnología, la comunicación y el comercio; todo entre errores y horrores, sí, pero nunca ha habido más población en el planeta, con mayor expectativa de vida y menos hambre… (sí, aunque decepcione a tremendistas y mercachifles de lo fatal que estamos).

Hoy enfrentamos esta pandemia y nada de lo antes dicho es para minimizarla ni tomarla a la ligera. De ningún modo. Pero sí, en lo tocante a nuestro risueño país, sería de esperar que en cuanto pase, resulte que la sociedad mexicana se estructure (¡por fin!) con ciudadanía actuante y responsable y no como un equilibrio del desorden, un país invertebrado en el que la ley es el ‘cada quien para su santo’. Un país en el que se entienda que votar tiene efectos y no votar, una irresponsabilidad con consecuencias.

También sería de esperar que nuestra clase gobernante abandone el desdén por la cultura, la ciencia y la tecnología: hemos de salir del retraso en investigación y desarrollo. Nuestra falta de sentido social y nuestra incultura hacen que según Google, seamos el país del mundo en que menos gente se ha sujetado a la recomendación de mantenerse en casa… ¡ah! y también deberíamos entender de una buena vez, que la política debe ser del interés de todos y que no es, no debe ser, campo  de seductores, canallas y vividores.

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