Sin estos: La Feria

SR. LÓPEZ

En el pricámbrico mexicano (años 40’s del siglo pasado), en general nadie se divorciaba y para la tenochca simplex, de las comunes, estaba muy mal visto ser divorciada, era casi sinónimo de… bueno, rima con ruta. Eso era en el país, pero en la familia materno-toluqueña de este menda texto servidor de usted, divorciarse para cualquiera de las señoras pertenecientes al católico clan, era una herejía, acción impensable, decisión inadmisible, pecado imperdonable y sería vergüenza pública para toda la familia, mancha perpetua al apellido (?)… será menos. La cosa es que tía Carmen (tan linda ella), se divorció como por 1947 (seguro, antes de 1950), y fue un clamor, llanto y crujir de dientes: toda la familia con ceniza en la cabeza, rogándole que no fuera a cometer semejante barbaridad, que regresara con su marido, que qué sabía hacer, que qué iba a ser de su vida, que qué iba a ser de ella (bueno, antes así era la cosa: mujer sin hombre, sumaba cero). Y tía Carmen, macha ella, nomás decía: -No sé de qué voy a vivir, ni qué va a ser de mi vida, pero sí sé que lo que sea, será sin él -y sin él le fue por arribita de muy bien, hizo dinero, ella sola, y si no lo va andar contando, le digo que también tuvo sus ‘queveres’, con alguno… bueno, algunos, discreta y seriecita. ¡Que se oiga ese aplauso!

Igual, este López (hay de otros), no sabe la respuesta a los problemas del país, ni sabe qué va a pasar, pero sí sabe que no se va para Tapachula pasando por Tijuana. Algo no va bien. Algo no marcha. Parece que andamos extraviados.

Se supone que nuestro país, este, México (con o sin 10 mil años de historia, eso es intrascendente), es una república democrática, laica; una federación de  Estados libres y soberanos (artículo 40 del batiburrillo de Constitución que tenemos); y se supone también, que en esta nuestra milenaria nación (palabra presidencial), la soberanía reside en el pueblo: todo poder público procede del pueblo para su beneficio y el pueblo (se refieren a nosotros, ¿eh?, ¡saque pecho!), tiene “en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno” (artículo 39 del mismo batidillo arriba citado).

Si es tan amable, relea el párrafo anterior… ¿ya?…  o sea, estamos de acuerdo en que de entrada, es una tomadura de pelo. La realidad es que somos una federación a palos, que el poder se origina misteriosamente en lo que llamamos (cándidos como somos), “partidos políticos”… y por cierto, apuesto un brazo (el izquierdo), a que si pregunta usted a un profesional de la política, lo que es un partido político, no sabe o le contesta con algún lugar común, no tienen la menor idea (o la menor, sí, la mínima), de que hasta el siglo XVII se empezó a popularizar lo de “partido político” como ahora lo usamos; no sospechan que “partido” viene de la palabra latina “partire” que significa “dividir” (que eso sí hacen, muy bien); ni se las huelen que “secta”, se usó antes, para referirse a su nobilísimo oficio, pero ahora “secta” es palabra malsonante.

Mucho menos están al tanto que en la antigua Roma la de los césares (sí, esos de película yanqui con leones, gladiadores y esclavas guapetonas), se usaba otra palabra, “facción”, que los romanos usaban en lugar de partido; que facción lamentablemente perdió su sentido original (hoy es políticamente incorrectísima), y era mejor, porque facción viene de “facere”, “factio”, “factionis” (y “facere”, es “hacer”), de modo que los grupos unidos en torno a algo, “hacían” algo, no como nuestros políticos al uso, o sea: no todos, pero sí más de los tolerables, que son parásitos cuando no malandrines, aunque, todo hay que decirlo, en Roma se aplicaba para cuestiones deportivas, los “fascio” de tal o cual equipo de jinetes, de boxeadores… en fin.

Y si a un político estándar, cuatro cilindros, le pregunta usted por Edmund Burke, a lo mejor le anda diciendo que “le manda saludos” (falleció en 1797), y no saben que fue el caballero que dio a “partido político”, su preciso contenido actual, definiendo que, por un lado, la “facción” atiende a intereses individuales y de grupos reducidos, aglutinados en torno a su conveniencia, con financiamiento sospechoso, vinculados a intereses “sectarios”… en tanto que los “partidos políticos” (¡listo!, toca aplaudir), se dedican a buscar el bien de la nación a que pertenecen… ¡Aleluya! ¡Hossana en las alturas!… y eso es exactamente a lo que NO se dedican nuestros partidos el 97% del tiempo (estimado, poco más, poco menos): son impresentables e impresentablemente ignorantes, los partidos que tenemos y el 99.99% de sus integrantes (cifra precisa, determinada en laboratorio alemán).

… pero “el poder dimana del pueblo”… je je… ya, pónganse serios.

Y de eso de que somos una democracia… bueno, depende: si por democracia entendemos lo que los vemos hacer, sí, somos muy democráticos, pero si nos ponemos exigentes, no, es hora en que no… y a lo mejor está bien, porque pueblo somos todos, los fanáticos de las Chivas y del Chavo del 8, los que linchan gente, los que se vuelan los impuestos, los adoradores de su Caguama sabatina y todos, todos, somos pueblo… y oiga usted, no se me ofenda, pero poner el destino de la Nación en manos de nosotros, como que es correr un riesgo de esos que paran los pelos de punta. Por algo Winston Churchill decía (no es cita), que para perder la fe en la democracia le bastaba hablar con uno, cualquiera, que hubiera votado por él. A nosotros los respetables integrantes del peladaje, nos interesan otras cosas, sabemos de menos y nos dedicamos a lo nuestro. Por eso los políticos hacen las que hacen, lo que les viene en gana, por eso.

Pensará usted que ahora este menda va a proponer una idea, alguna solución… no, no la tengo (si alguien sí porta una propuesta digna de desperdiciar dioptrías, favor de publicarla… ¡urge!).

Esta es nuestra realidad: estamos en manos de quienes ya sabemos y vamos a donde les pegue la gana… y uno, quisiera otra cosa, la que fuera, pero no así y sin estos.

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