Siria: Estado fallido

Según las categorías occidentales, un Estado fallido es aquel cuyo gobierno es incapaz de proporcionar a sus habitantes tres componentes básicos: integridad de su territorio, seguridad pública y niveles mínimos de bienestar. Si estos son los criterios básicos, en este tablero Bashar al-Asad hace tiempo que perdió el juego. Las fronteras de Siria están penetradas por todos los flancos; difícilmente se puede encontrar un país más inseguro y de los 22 millones de habitantes que había en Siria hace cinco años, 300 mil han perdido la vida, al menos tres millones están en el exilio, seis millones han sido desplazados de sus hogares y por lo menos 1.5 millones de civiles se encuentran atrapados en los frentes de guerra. En cualquier país democrático por mucho menos de lo que ha sucedido en Siria el gobierno ya estaría fuera. Pero en política las sumas no son siempre aritméticas y por ello al-Asad sigue en el juego.
Sin embargo, el heredero de la dinastía el-Asad ya no es señor en su tierra. Es sólo un jugador entre muchos: lo acompañan la oposición de todos los tintes, desde demócratas con matices occidentales hasta extremistas islámicos; el Estado Islámico, que hace tres años se instaló en su territorio; Rusia, Irán y Turquía, que le suministran oxígeno a al-Asad y, la coalición antiterrorista encabezada por Estados Unidos, que en el último mes perpetró 270 ataques aéreos sobre objetivos de ISIS. Todos tienen armas y contribuyen al estado de guerra y a los muertos. La única excepción entre estos múltiples actores es un minoritario segmento de la comunidad internacional que busca prestar ayuda humanitaria, cuando los combatientes los dejan.
Todos estos actores tienen influencia en lo que sucede actualmente en Siria y habrán de influir en el rediseño de este país, pues a pesar de que hace tiempo al-Asad perdió el juego al convertir Siria en un Estado fallido, el territorio, aunque desintegrado, sigue ahí, como sigue ahí la mayor parte de su población en espera de que los escenarios cambien.
La ciencia política es menos precisa cuando buscamos las recetas para el rescate de un Estado fallido. O quizá una vez fallido, el referente ya no debe ser el Estado. En los Balcanes la guerra terminó cuando los Estados se fracturaron, se dividieron y formaron nuevos Estados. Países como Irak y Afganistán sobreviven fracturados. En estos últimos el modelo occidental de reconstrucción democrática no ha funcionado.
Dos parecen ser los principales objetivos de las intervenciones extranjeras. Por un lado, terminar con ISIS, tema en el que existe mayor coincidencia. Por otro, terminar con la guerra interna que ha convertido a Siria en un infierno para la mayor parte de sus habitantes.
Quizás fueron las experiencias de rescate fallido de Afganistán e Irak las que llevaron a Obama a no intervenir en Siria cuando aún era tiempo. O quizás lo detuvo la gran pregunta que no ha encontrado una respuesta satisfactoria en otros sitios. ¿Y una vez adentro, que sigue? ¿Quién se hará responsable del futuro de Siria?
Suena irrisorio pensar, como lo pretende Putin, que al-Asad siga jugando un papel central, cuando su mal gobierno convirtió a Siria en Estado fallido. Para la mayoría de los sirios que han padecido esta guerra en carne propia, al-Asad no es una opción.
Así las cosas, la parte más preocupante de este conflicto es que no existe una salida clara. La participación de los actores externos no tiene los mismos objetivos y no existe un plan de gobierno una vez logrado el cese al fuego. Es claro que la comunidad internacional no cuenta con respuestas convincentes para los nuevos escenarios de conflicto del siglo XXI y que los esquemas de intervención humanitaria palidecen frente a la complejidad y gravedad de la situación.
Correo: lherrera@coppan.com

Por Luis Herrera-Lasso
(Especialista en temas de seguridad y política exterior)
EL UNIVERSAL

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