Sobran pobres: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Alfredo, de los de Toluca, era relojero y pertenecía a la Orden Terciara Franciscana. Su esposa, tía Luisa y sus cinco hijos, vivían en una austeridad que llegaba al hueso. Cada tres meses, tío Alfredo se iba quince días a ejercicios espirituales, regresaba requemado por el Sol de la montaña y más severo. Murió el tío, su funeral lo pagó la familia y después, cuando tía Luisa desmontaba la relojería, se encontró con las escrituras de un departamento en una playa de Acapulco y varias libretas de ahorro del ya fiambre que resultó que era rico, parrandero y egoísta. Personalmente la tía supervisó la exhumación de los restos y su solemne colocación en la fosa común. Hay de esos… y de esas.

Algunos de quienes votaron por Andrés Manuel López Obrador para que fuera presidente de la república, lo hicieron en primer lugar, porque les dio su real y democrática gana: perfectamente válido; otros lo eligieron solo por la dicha inicua de purgar a los otros partidos que habían tenido el poder, una revancha-desquite lícita aunque poco razonable; también hubo los que abonaron a su arrollador triunfo del 2018, por convicción ideológica, creyendo que instalaban en La Silla a un hombre de ‘izquierda’, socialista en alguna de sus variantes, en todo caso, enemigo de la ‘derecha’ capitalista conservadora… bueno, “hay gente pa’tó”, decía el gitano. Y por último, no se puede dudar que hubo algunos que votaron por él, seguros de que cumpliría todas sus promesas de campaña, terminaría con la corrupción y la inseguridad pública y los sacaría de pobres; nunca falta alguien así.

De lo que podemos estar seguros es que nadie decidió elegirlo como nuestro Jefe de Estado y de Gobierno, para salvar el alma y no caer en los reapretadísimos infiernos. Eso sí que no.

Viene a cuento lo anterior porque intermitentemente, nuestro Presidente asume el papel de sembrador de amor y paz al que interesa en primer lugar fortalecer los valores espirituales y que seamos buenos para instalar la “república amorosa”.

Su convicción parece apuntar a que la falta de justicia económica y el neoliberalismo que fomenta la aspiración por bienes materiales, causan los males que aquejan a la nación; que por esa fatídica mezcla de falta de equidad y ansias desaforadas de consumo, el pueblo pierde la brújula moral, roba, participa en la corrupción y se incorpora a la delincuencia organizada.

De eso, su cartilla moral, que empezó siendo una “Constitución Moral” (discurso del 20 de febrero de 2018), y quedó en “Guía Ética para la Transformación de México”, que en sus palabras sirve para “fortalecer los valores nacionales, culturales y espirituales”. Ha de ser, pero que le apure, a él le restan tres años en el poder y la iglesia católica, por poner un ejemplo, lleva dos mil años predicando valores espirituales, amor, bondad… y ya ve.

Habrá quien piense que no tiene nada de malo que un político tenga convicciones morales y predique virtudes; cosa cierta. Pero lo difícil en este caso es tragar las espirituales piedras de molino presidenciales cuando es bien sabida su personalidad de predicador rijoso, pronto al descontón y el insulto, la descalificación y el ninguneo, para ni mencionar la difícil relación de él y su gobierno con la ley, con el estado de derecho.

Como sea, cuando le parece conveniente, el Presidente recurre a los exhortos morales, como cuando descalifica a esa clase media “aspiracionista, individualista, muy egoísta, muy enfocada a progresar en lo material”, y propone crear una nueva clase media, como declaró el 21 de junio pasado: “(…) queremos sacar de la pobreza a millones de mexicanos para constituir una nueva clase media, más humana, más fraterna, más solidaria (…) que también no dejen de voltear a ver a los desprotegidos (…)”. Y un cielo impasible despliega su curva…

Y como le cuadra catequizar, ayer mismo definió: “(…) la mamá y el papá del diablo, es el dinero (…)”. ¡San Miguel arcángel, defiéndenos! No sé usted, este menda ya ve la frase en letras de bronce debajo de “La patria es primero”. Habrá quien dude de si tiene razón el Presidente, en cambio, este menda lo acepta y eleva su oración al Altísimo: -“Dinero maldito, castigo de Dios… Señor, castiga a este pecador”.

Para que no se le malinterprete, explicó el Presidente: “Hay que tener lo necesario para vivir, para mantener a la familia, que no falte nada en la casa que no le falte nada a los hijos, pero también al mismo tiempo vivir con mucha dignidad, con moralidad, con valores espirituales, que no sea lo material lo principal”.

Ojalá alguien se anime a decirle al Presidente que hay gente para la que son necesarísimos el departamento en París y la acción del club de golf;  esos para los que el Mercedes Benz forma parte de lo que no debe faltar en la casa y mandar a sus hijos al  campamento de verano en Nueva York, es de primera necesidad. Sí, porque así como hay quien aspira (pecador en potencia), a comer tres veces al día, hay quien se muere sin su juguito de naranja con champán al desayunar sus huevos Benedictine sobre muffins (ingleses, pero-por-supuesto). Ya quedamos, “hay gente pa’tó” y al que le gusta el lujo y puede pagarlo, que lo consuma, que de eso viven muchos.

Fuera bueno alguien de sus cercanos le trate de explicar al Presidente que eso de la “santa pobreza” no es su asunto, y menos cuando se confunde con pobrismo (“si ya tenemos zapatos, pues para qué más, si ya se tiene la ropa indispensable, solo eso”, prescribió nuestro Ejecutivo el 11 de mayo de 2020). Y ya en esas, que le aclaren la diferencia entre los ladrones de alta escuela y los delincuentes organizados, de los ricos a resultas de su trabajo, su capacidad para competir y una pizca de buena suerte, que también cuenta.

Al gobierno no toca cuidar del alma de la ciudadanía, su obligación es imponer el estado de derecho que permite la creación de riqueza.

A México le faltan ricos. El rico crea empleos, paga impuestos, consume y no es carga para el erario. A México le sobran pobres.

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