Transformer: La Feria

SR. LÓPEZ

Por una apendicitis mal atendida, la prima Lucia (Lucia, no Lucía; de las de Autlán, arrasadoramente guapa), a punto estuvo de presentarse anticipadamente ante el Creador. Lucia era de faldas ligeras y desde chica dio mucha lata. De emergencia la operaron y su mamá, tía Lucia (sin acento: Lucia), clamó al Cielo mientras estaba en el quirófano; su papá, tío Gusto (se llamaba Augusto, pero ya ve cómo es la gente), tuvo trabadas las mandíbulas durante la larga cirugía. Cuando el médico salió a darles buenas noticias se tranquilizó la tía pero el tío siguió con las mandíbulas trabadas; su esposa le preguntó qué pasaba y respondió: -Nada… qué bueno que del apéndice se curó… pero de lo otro, sigue igual… va a seguir dando quebraderos de cabeza –tuvo razón.

Hay cosas que parecen obvias, hasta que algún cínico las cuestiona. Por ejemplo: es evidente lo justificado de la alarma por la pandemia del virus Covid 19; es indiscutible la necesidad de obedecer las instrucciones de las autoridades sanitarias para combatir el creciente contagio de esa enfermedad; no necesita prueba que por encima de las terribles consecuencias a la economía, los más que podamos debemos permanecer en nuestras casas, guardados, sin acudir a trabajar, ya no se diga a la cantina a echarse un dominó o ir a tontear un rato a ningún Centro de Liberación de Endorfinas (también les dicen moteles). Sí, no necesita demostración: por el Coronavirus es de sentido común estar temerosos y en guardia; y no necesita prueba la obligación moral de obedecer a la autoridad, pase lo que pase con la economía. La vida es primero. Por supuesto.

Como nunca falta quien está en la Luna, que se entere: la OMS (Organización Mundial de la Salud), lanzó la alerta global a fines de enero (¡aguas con un nuevo virus!, cuídense todos que ya por ahí los anda buscado). En México se registró el primer caso el 27 de febrero de este inolvidable 2020; el 18 de marzo, falleció la primera víctima del Cartel Covid Nueva Generación; para el día 22 de abril, sumaban ya 970 fiambres… por si le parece poco, ¡970! (en 56 días da un promedio de 17.32 defunciones diarias).

Pero, ¿qué pensaría usted si tuviéramos 5,342 muertos en vez de esos tristes 970 difuntos?… sería un escandalazo; la gente y la prensa nacional estarían echando lumbre contra las autoridades de salud; contra la irresponsabilidad del Ejecutivo Federal por haber recomendado estampitas, seguir yendo a la lonchería y dándonos abrazos (como hizo, ya alertados por la OMS); y señalando la grave omisión que representa la inexcusable lentitud para abastecer de equipo de protección al personal de los hospitales y respiradores para enfermos graves. Sí… y ¿qué piensa usted que pasaría si la crisis de salud por el Covid durara 14 años?… el país sería un pandemónium, sería un lío gordísimo, rodarían cabeza de funcionarios, caerían gobiernos, ya hubiéramos hecho con carne de políticos la estatua de Robespierre; habría linchamiento de paseantes, los vecindarios instalarían grupos de autovigilancia para denunciar a los que salieran a la calle y meterlos a palos a sus casas.

Bueno… pues así estamos y estamos tan campantes. No, no por el virus Covid 19, sino por el Codeor (virus de la condenada delincuencia organizada). Estuvimos 13 años en esa guerra. De 2006 a 2018, conforme a los datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) y la Secretaría de Seguridad Pública y Ciudadana (SSPC), hubo  274,389 asesinatos; 22,865 por año; casi 63 por día (no se le olvide, por el Covid andamos en 17 al día)… y no hubo alerta nacional, no nos encerramos en nuestras casas, no se presentó la autoridad todas las noches a impartir conferencias de prensa sobre las medidas preventivas que cada madre y padre de familia debería adoptar. Nada. Cero. Silencio en la noche… calma.

Pero ¡hay un Dios!: el 30 de enero de 2019, nuestro Presidente actual, declaró terminada la guerra contra el narco: “No hay guerra. Oficialmente ya no hay guerra. Nosotros queremos la paz, vamos a conseguir la paz”; y al día siguiente dijo: “Lo mejor es que se entienda que son otros tiempos, que hay opciones, hay alternativas, se está regresando a la movilidad social que se perdió. Ese es un objetivo. No queremos la guerra, queremos conseguir la paz”. En campaña dijo muchas veces: “abrazos, no balazos”. Promesa cumplida.

Nada más que en su primer año de gobierno, en 2019, hubo 34,582 asesinatos (el más alto registro anual desde 1997, cuando se comenzó a llevar bien la cuenta… supone uno); y en el primer trimestre del 2020 según el SESNSP (Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública), ya van 8,585 homicidios (enero: 2,819; febrero: 2,766; marzo: 3,000), superando todo antecedente (‘abrazos, no balazos’: otro fracaso, grande, de este gobierno… y no puede tener otros datos, son sus datos los consignados: 95.39 asesinatos por día, cuatro por hora).

La pandemia pasará. La crisis económica quedará y junto con ella, seguirá este endémico mal: la violencia resultante de la delincuencia organizada que aparte de matar, secuestra, extorsiona, explota personas, trafica con migrantes, cobra impuestos y varias cosas más.

Que alguien explique por qué se adoptaron medidas tan drásticas (y justificadísimas), por la pandemia de un virus y no por la epidemia del crimen. Que alguien explique los honores (merecidísimos), que se dan al personal del sector salud y que nos diga por qué nadie lleva mariachis a las estaciones de policía y cuarteles: ellos se juegan la vida también, hace años (han muerto unos tres mil), y peor, pues si caen vivos en manos de los narcos, les hacen cosas que no le digo para que pueda dormir (por algo prefieren suicidarse, tome nota).

Y: nada de reclamos. El Presidente prometió transformar al país… y transformar es cambiar, no mejorar: está cumpliendo. Transformó la economía (en 2019, decreció el 0.1%); transformó la salud (deshizo el sector); transformó la inseguridad, en mayor inseguridad: el Transformer.

(Foto: tomada de AltoNivel.Com)

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