Un gran cobrón: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Rosita vivió 117 añitos en la casa en que nació, allá en Toluca. Para toda la gente era ‘la-señorita-Rosa’, porque la fantástica viejita nunca tuvo marido y parece que novios tampoco. Toda la familia la quería, era bondadosa, generosa (tenía mucho dinero y nadie sabía de dónde lo sacaba), vivaracha, alegre y aunque no se metía en asuntos ajenos, sí le entraba al pleito para defender de habladurías a la enorme cantidad de sobrinas que tuvo. Hasta que la artritis se lo permitió, tocó piano (muy bien), y no bailaba nada mal. Tenía sus cosas, claro, pero se le toleraban con simpatía sus manías, una de ellas, hablar de su ‘papacito’ como si hubiera sido uno de los siete sabios de Grecia, citándolo para todo lo que fuera importante: -‘Papacito’ decía… -y soltaba una frase que hubiera aplicado al tema que se tratara, cien años antes, no en plenos años 60 del siglo XX; y como ‘papacito’ decía que la luz eléctrica iba contra la ley de Dios (?), en su casa no tuvo nunca un foco, ni radio, ni refrigerador ni televisión: entrar a su casa era un viaje en el tiempo. ‘Papacito’ decía.

En México se habla de la Doctrina Estrada como si estuviera escrita al reverso de las Tablas de la Ley (las de Moisés). La promulgó el secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada Félix, el 27 de septiembre de 1930, en la presidencia de Pascual Ortiz Rubio, para desmarcarnos de la práctica de entonces (y ahora) de que los países reconozcan o no como legítimo a un gobierno extranjero y contra la Doctrina Tobar (del canciller ecuatoriano Carlos Rodolfo Tobar y Guarderas, promulgada en 1906), que establece la defensa de la legítima democracia en Latinoamérica, por la vía de no reconocer “gobiernos de hecho surgidos de las revoluciones contra la Constitución”… y como nuestro gobierno revolucionario institucional resultó de una guerra civil.

La Doctrina Estrada se sujetaba a una visión propia de esos tiempos de soberanías cerradas, junto con principios de política internacional como el de no intervención y el del derecho de autodeterminación de los pueblos, muy salutíferos, junto con la siguiente declaración: “El gobierno mexicano sólo se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, sin calificar precipitadamente, ni a ‘posteriori’, el derecho de las naciones para aceptar, mantener o sustituir a sus gobiernos o autoridades”.

Así las cosas, nuestro Presidente, ayer, no respetó el principio de no intervención que tanto invoca, al plantear en su participación en la Cumbre de Líderes sobre el Clima, que “(…) el gobierno de Estados Unidos podría ofrecer a quienes participen en este programa, después de sembrar sus tierras durante tres años consecutivos, una visa de trabajo temporal; luego de otros tres o cuatro años, podrían obtener hasta la residencia en Estados Unidos o su doble nacionalidad”.

O sea, México le sugiere políticas internas a otro país… a ese país, olvidando nuestro Presidente sus propias palabras de la madrugadora del 24 de octubre de 2019: “(…) nosotros no vamos a Estados Unidos ni a Canadá, ni a China, ni a Rusia, ni a ningún país a decirles lo que tienen que hacer”. Bueno, pues ya le dijo a los EUA cómo podrían manejar la inmigración y el otorgamiento de residencia y nacionalidad. Nadita.

Si hubiera sido Biden el que le sugiriera a México otorgar visas de trabajo temporal y luego la residencia o nacionalidad, a los centroamericanos que participen en Sembrando Vida, nuestro líder le hubiera repetido airado, lo de la sacrosanta no intervención. Y por cierto: habitualmente en los EUA se abanican con lo que digan nuestros presidentes, les dan ternurita, pero en esto del flujo migratorio son muy celosos (y arbitrarios y canijos y todo lo que quiera, pero es su país y dejan entrar a quien les pega la gana, faltaba más).

El presidente López Obrador no trata a Biden con los cuidados de primor que otorgaba al Trump, porque este es un patán y Biden no, y tal vez eso le haga creer que es blandito… ojalá no piense eso, Biden es durísimo, educado, decente, pero durísimo, forjado en muy duras sin doblarse nunca; y no se le nota, pero a Biden le cayó en la puntita del hígado que nuestro Presidente le regateara un triste telefonazo de felicitación, hasta en tanto no fuera proclamado legalmente como Presidente: “No podemos opinar nada hasta que se termine el conteo y la autoridad correspondiente declare al ganador”, dijo, alegando que si lo hacía estaría metiéndose en asuntos de la autodeterminación de los EUA… en tanto que el 28 de octubre de 2019, en su mañanera, informó que había llamado por teléfono a Evo Morales para felicitarlo por su triunfo en su reelección como presidente de Bolivia, antes de emitirse el fallo del órgano electoral de ese país.

Esa felicitación apresurada a su hermano Evo Morales fue una metida de pata: Bolivia se incendió por los fraudes que la gente creyó se hicieron en esa elección (ciertos o no, nuestro Presidente la calificó de “libre y democrática”… ¿no que no anda de metiche?), don Morales sintió la lumbre en los aparejos y el 10 de noviembre ofreció repetir los comicios, pero los militares le pusieron en las narices su renuncia, la firmó y México mandó por él… bueno, no México, el Presidente, que volvió a meterse en asuntos internos de Bolivia contra la Doctrina Estrada al calificar la caída del Evo como golpe de estado… que haya sido o no, es asunto ajeno y el Presidente no debió calificar el derecho de los bolivianos a sustituir a su gobierno y autoridades, y solo debió retirar o no, a nuestra representación diplomática de allá.

México tuvo algunas décadas el respeto mundial por su manejo diplomático. Ahora el Presidente se aferra a repetir frases de hace casi un siglo, probando en los hechos que para él son solo palabras, coartadas para sus caprichos.

Lo de ayer tiene precio. A la Casa Blanca no la impresionan la Doctrina Estrada ni las habilidades oratorias de nuestro Presidente… y el tío Sam cobrando es un gran cobrón.

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