Un loco: La Feria

Sr. López

Le decíamos tía Fi y se llamaba Fides; era de las de Toluca, estuvo casada con un señor de buena fama que murió pronto (así cualquiera) y la dejó con tres hijos chicos que sacó adelante porque cocinaba mejor que Vatel (François Vatel, 1631-1671, el chef gigante de la gastronomía francesa) y de eso vivió como rica su larga vida. Jamás se volvió a casar y una vez que salió el tema de su difunto dijo “ese buen hombre era una pesadilla” y contó que según él, estudió medicina pero su título era de ingeniero civil, trabajaba de contador y luego vendiendo seguros; que en los siete años que le duró, se cambiaron de casa once veces; que iban de vacaciones a Veracruz y los llevaba a Tampico; que era masón pero iba a misa; que odiaba el deporte y jugaba béisbol todos los sábados… y cuando murió, tía Fi confesó que sintió alivio, la había hartado. Pues sí.
¿Qué se le ocurre que sea lo último que debiera promover un gobierno de un país como el nuestro? Lo último, lo único que no debiera hacer, sería promover la violencia. Y de inmediato dirá alguien que precisamente este gobierno predica la paz, los abrazos, la moral, la revolución de las conciencias. Pues no: este gobierno siembra discordia y predica violencia.
‘Violencia’ es ‘la cualidad de violento’, y ‘violento’ es lo que se hace por la fuerza de los hechos o palabras, por encima de la ley, contra el derecho de los demás; entonces tenemos que un gobierno es violento no solo si manda encarcelar inocentes o desaparecer gente, torturarla, asesinarla, sino también cuando usa la fuerza del Estado para imponer decisiones contra las leyes (caso de estudio: el Tren Maya), y también cuando descalifica o insulta a quienes no coinciden con su manera de pensar, cuando incita al desprecio público contra periodistas y críticos, cuando infama y desacredita sectores completos de la sociedad (clase media, intelectuales, científicos, por si ya se le olvidó), cuando afrenta, ultraja, injuria y acusa de traición a la patria a legisladores que no aprueban sus iniciativas.
No merece la pena hacer un recuento de estadísticas de asesinatos, secuestros, desapariciones, violaciones, en el México de ahora. Es sabido por todos el estado de cosas y la impunidad de los delincuentes en nuestro país es escándalo mundial: el 94.8% de los casos denunciados quedan sin castigo y asústese: menos del 10% de los delitos se denuncian según estima el Inegi; pero igual o más grave: queda sin reparación del daño el 99.7% de las víctimas de los que sí se denuncian. Si usted quiere contratar un seguro de vida y que la aseguradora le cobre barato, diga que es sicario, que se dedica a asesinar sobre pedido, actividad de bajo riesgo, porque si es electricista o repartidor de pizzas, le va a salir en un ojo de la cara.
Apenas ayer informó la Human Rights Watch (HRW), que México después de Ucrania es el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo. Sí, ayer fue el Día Mundial de la Libertad de Prensa y esa ONG, la HRW, aparte de colocarnos en tan deshonroso segundo lugar, invitó al presidente Andrés Manuel López Obrador a adoptar medidas urgentes para fortalecer el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, dependencia de la Secretaría de Gobernación, y a cesar el hostigamiento a los comunicadores que critican al Gobierno y asegurar que los fiscales pongan fin a la casi absoluta impunidad.
Por su lado, con el mismo motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa, otra ONG internacional, Reporteros Sin Fronteras, en su informe sobre México, señaló: “Año tras año, México se mantiene como uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los periodistas”; y agrega “(…) el presidente López Obrador y otras figuras del Estado han adoptado una retórica tan violenta como estigmatizante, contra los periodistas, a los que acusa regularmente de promover a la oposición”. La verdad no peca…
No hace falta esperar respuesta: nuestro gobierno no cae en provocaciones y tiene otra información, otros datos (ya nos dirán de qué país, porque de este, no).
Debe añadirse de inmediato que la impunidad y el violento clima nacional no obedecen a que nuestras fuerzas policiacas, nuestros fiscales y peritos, sean malvados, no lo son (aunque debe haber algunos que sí, igual que en los Scouts o el Vaticano), sino que trabajan en condiciones dignas de la Mesoamérica del siglo IX (antes de Cristo, claro). No se destina el presupuesto federal necesario para empezar a poner remedio, remedio que puede tomar lustros, pues se trata de formar nuevas generaciones de profesionales de la seguridad pública, bien pagados, con prestaciones que ameriten tal riesgo de trabajo y que aseguren su futuro. Los integrantes de los cuerpos de seguridad pública y de procuración de justicia deben ser destacados miembros de lo más respetable de la sociedad como era antes, cuando a los niños se nos decía: -Si te pierdes, buscas un policía –eran garantía, sí señor (y muchos de ahora lo son, sin duda).
Pero hay peor: la prédica violenta contra los políticos. Esa puede desatar los demonios. Parece mentira que el asesinato de Colosio en 1993 esté en el olvido como cosa irrepetible.
En mayo del año pasado, desde Madrid, Europa Press informó: “La violencia política en México ha dejado un saldo de 143 personas asesinadas y 67 heridas, en el proceso electoral a las elecciones federales de junio”.
No es teoría ni un posible riesgo, es una realidad y el Presidente de la república azuza a los suyos contra sus opositores políticos, con su violencia verbal incontenible; se habla al desgaire de poner a diputados de la oposición en un paredón pacífico y ayer la Jefa de Gobierno de la CdMx, los llamó “hipócritas y ruines”, anticipando que “les va a ir muy mal”.
Hablan tanto, insultan tanto, desprecian a tantos que se desprestigian a ellos mismos… y no van a cambiar, no quieren ni pueden. No se dan cuenta que para arruinar todo un gobierno (pregúntenle a Salinas), solo hace falta un loco.

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