Una tempestad interminable: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía María Luisa quedó viuda con doce hijos varones. Doce. Tía María Luisa, sin mucho sofocarse, se puso a hacer gelatinas y con las gelatinas sacó adelante a su prole, un poquito por encima de bien. La ayudaban los hijos, eso sí, pero todos terminaron carrera. Sus ‘muchachos’ como ella les decía, no eran malos, pero sí muy traviesos y un poco bruscos, pero a la voz de ella, todos se cuadraban: era más brava que cualquiera de ellos y  que todos juntos. Cuando iban a ir a algún restaurante o al cine, no era raro que hubiera cachetadas entre los ‘muchachos’ para decidir de bulto a dónde. En medio de esas bataholas, la tía, que era sosiega, les decía: -Mátense, mátense, que vamos a ir adonde yo diga –y sí, siempre, pero les gustaba pelear.

El ciudadano estándar contempla sin sustos las bucólicas escenas legislativas de intercambio de insultos, patadas y cachetadas, en la Cámara de Diputados, previas a la emisión de votaciones, siendo que desde antes se sabe quién va a ganar: Morena, que detenta una cómoda mayoría simple.

Y recuerde que detentar es retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público (según el diccionario, a uno ni lo vean). Ilegítimamente, no ilegalmente.

Parece que los tres veces felices ciudadanos mexicanos, entendemos que Morena tiene la mayoría en el Congreso de la Unión, porque la ganaron con votos… NO, Morena NO ganó la mayoría en las elecciones legislativas de 2018:

Como coalición ‘Juntos Haremos Historia’, obtuvo el 45.87% de la votación emitida para diputados federales: 24’538,267 votos, y los demás partidos sumaron 28’947,059.

Y en la Cámara de Senadores, tampoco ganó la mayoría: consiguió el 46.51% de los sufragios emitidos: 24’746,578, y los demás, 28’459,965.

Sin embargo, en la realidad, Morena y los que se arrejuntaron con ellos, tienen el 61.6% de la Cámara de Diputados; y el 53.5% de la de Senadores.

No importa si la gente votó diferenciadamente, dando una catarata de votos a quien hoy es nuestro Presidente, sin concederle mayoría en el Congreso, poniendo un contrapeso para espantar malos pensamientos e intentos de mangoneo presidencial (para aquellos que piensan que el elector mexicano es menso). Pero no, no importa. La voluntad popular expresada en las urnas no basta.

No basta porque a las curules ganadas en la urnas se suman los legisladores de representación proporcional (los ‘pluris’) con una condición: no se puede agregar más del 8%, como dispone el artículo 54, párrafo V de la Constitución: “En ningún caso, un partido político podrá contar con un número de diputados por ambos principios que representen un porcentaje total de la Cámara que exceda en ocho puntos a su porcentaje de votación nacional emitida”. Quedamos: ‘en ningún caso’.

O sea, Morena y aliados, no podrían tener más del 53.87% de diputados y tienen el 61.6% (7.73% por arriba de lo que permite la Constitución); en la Cámara de Senadores no hubo aritmética rara y se respetó la ley: su tope era el 54.51% y tiene el 53.9%; menos mal.

Ante estos arreglos en la integración de la Cámara de Diputados, piensa uno que si hay patadas y leperadas por votaciones ordinarias, debió ser a navaja libre el pleito para impedir la ilegal sobrerrepresentación de Morena en la Cámara de Diputados… y no, tan frescos.

Pero aún si se hubiera calculado religiosamente en la Cámara de Diputados el pilón a que podían aspirar Morena y rémoras, no hay ley que pueda impedir que los legisladores o partidos voten como les venga en gana, estableciendo en los hechos alianzas fugaces o permanentes. Ni modo, es así la democracia: la mayoría manda.

Solo que aun teniendo legalmente la mayoría, puede ser ilegítimo su ejercicio. El eterno debate entre legalidad y legitimidad. Lo legal es la parte fácil (y ya ve), pero la legitimidad depende de cómo se use el poder: si se aprueban leyes a modo; si se actúa por capricho o contra los derechos humanos; si se desdeña a los menos; se deslegitima el legal gobierno. Y eso se paga siempre… muy caro.

Si en Morena dejaran por un momento de estarse revolcando de alegría por su triunfo y por la maña con que consiguieron la sobrerrepresentación, podrían recapacitar en que el reloj es implacable. No hay mayorías eternas dicen los políticos y en este caso es más delicado el asunto porque como partido Morena es un propósito, algo por conseguir que de plano no logran y sus hechos permiten suponer que no lograrán ser partido: están colgados del Presidente. Él es el partido. Ellos, no. Y por eso les ha advertido que si no se portan bien, se va del partido y se lleva el nombre, que es de él, claro, ni modo que no (si el pueblo es ‘su pueblo’, cuantimás el ingenioso nombre de su movimiento que nomás no cuaja porque él no quiso que llegara a ser un robusto instituto político con vida propia, a él le gusta su papel de patriarca).

Por su bien ojalá lo hagan y se den cuenta que atropellar a la minoría no es aconsejable (caso de estudio: el ‘Pacto por México, crónica de un suicidio anunciado’); y peor aún, que les impedirá ganar al respetable, ejercer su mayoría engañando, sujetándose sin reflexión a las órdenes de su tlatoani, y sabiendo que los propósitos expuestos en sus proyectos o iniciativas de ley son mentiras.

El Presidente no se preocupa, él sigue en los afectos de la raza… pero ¿ellos?… su partido debería seguir en marcha ya retirado su único motor a menos que tengan la esperanza de seguir como grupo religioso, con fe inquebrantable, siempre atentos a los mandamientos de la ley de AMLO, que son muchísimos más de diez.

No les va a salir la pirueta. México no es el país de Calles en 1929, ni el de Cárdenas en 1934, ni mucho menos el de Echeverría en 1970 (que parece ser la secreta aspiración de su admirado fundador). No les va a salir.

El país va a seguir después. Sin duda. Se tendrá que arreglar el tiradero, no es la primera vez, lástima, pero se va a hacer menos pesado viendo cómo aunque nieguen los vientos que sembraron cosecharán una tempestad interminable.

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