Vergüenza ajena

El llamado Ejército Islámico de Irak y Siria (EIIS) se ha dado a la tarea de destrozar ciudades, esculturas y piezas arqueológicas que habían soportado invasiones y ocupaciones militares de todo tipo por cerca de treinta siglos. Si algún lugar del mundo puede adjudicarse con legitimidad el título de cuna de la civilización es precisamente la región enmarcada por los ríos Tigris y Éufrates, en lo que actualmente es el territorio iraquí. Los tesoros que ahora destruye esta banda de fanáticos musulmanes pudieron resistir el paso de los mongoles, los romanos, los persas, las Cruzadas, el imperio Otomano, el protectorado británico y más recientemente, la invasión estadounidense ordenada por el gobierno de George W. Bush.
A nuestra generación corresponde cargar con la penosa mancha de que sea precisamente en nuestro tiempo cuando un grupo de vándalos, obnubilados por la pasión religiosa, estén dando muestras de barbarie y de intolerancia más contundentes que las hordas supuestamente más salvajes y brutales de los últimos tres milenios. El Ejército Islámico ha logrado colocarse, en pocos meses, como la agrupación humana que pone en entredicho la noción generalizada de que la humanidad atraviesa por la etapa de progreso y civilización más avanzada de la historia. A nuestra generación le tocó la mala fortuna (¿será en verdad cuestión de suerte?) de cargar con esta vergüenza ajena.
El Ejército Islámico es en buena parte una consecuencia directa de los desatinos de Washington al remover el régimen laico que gobernó a Irak desde su independencia, al final de la II Guerra Mundial. Saddam Hussein y su partido Ba’ath no eran unas hermanitas de la caridad, pero tuvieron la visión y la habilidad política de mantener un Estado secular en un país donde las pasiones y las pugnas religiosas han sido la norma. Hoy muchos norteamericanos, incluso del ala diplomática, conceden que el mundo árabe tendría mayor estabilidad con una dirigencia pragmática como la del villano Hussein. Pero esto es sólo la raíz del problema, no su expresión actual.
A la par de la destrucción sistemática del patrimonio de la humanidad y las escenas dantescas de decapitaciones en masa de sus enemigos, el EIIS muestra una preocupante vertiente high tech. Esta banda ha logrado reclutar a cerca de dos mil jóvenes occidentales a través de mensajes persistentes y personalizados de Twitter. Sus labores de reclutamiento se centran en las principales universidades de Estados Unidos y Europa occidental, donde detectan jóvenes talentos y los persuaden a sumarse a la causa del islam extremista. Utilizan activamente canales de expresión como YouTube para mostrar al mundo de lo que son capaces para inspirar terror en el mundo. Utilizan petróleo explotado de manera clandestina para financiar su maquinaria terrorista. No podemos quedarnos inmóviles ante un fenómeno que, aunque parezca distante en la geografía, lleva un mensaje muy peligroso para la comunidad internacional en su conjunto.
Han justificado la destrucción del patrimonio histórico bajo el argumento de que los monumentos y las esculturas asirias y mesopotámicas fomentan una “idolatría” contraria a la difusión del islam. Bajo este supuesto, cualquier cosa que no coincida con la promoción de su particular visión religiosa, merece ser destruida. El corolario de esta tesis es que, si en verdad llegaran a conformarse en el Estado Islámico que desean, tendremos un foco de inestabilidad y aplicación de la brutalidad hasta ahora desconocido.
Pocos fenómenos tienen la capacidad de unificar los intereses de la humanidad, como el calentamiento global o la prohibición de las armas nucleares. Las acciones del EIIS deben colocarse en esa misma categoría y recibir la condena unánime de la comunidad internacional, del mundo civilizado. México, que igualmente posee una de las contadas culturas milenarias del mundo, debe ser parte de este esfuerzo.

Por Enrique Berruga
(Internacionalista)
EL UNIVERSAL

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