Voto famélico: La Feria

SR.LÓPEZ

Como puede usted sospechar, con acierto, el máximo héroe del entonces López niño, era el impresentable primo Pepe (siete años mayor, que en la infancia es mucha diferencia), capaz de hacer cosas que ni soñando se atrevía el púber López. El gran Pepe era bueno para todo y repartiendo trompadas, un campeón que se liaba contra dos y tres al mismo tiempo… hasta que un día lo vi huir a buena velocidad del ‘Toby’, uno del barrio que pegaba como mula y de eso vivía, de ‘golpeador’ en la Prepa 5 y de ‘sacaborrachos’ en rumbosas cantinas del rumbo de Tepito (se dice fácil). Ante mi sorprendida cara de decepción, ya culminada la poco graciosa huida, me explicó muy fresco: -El que sabe pelear, sabe cuándo toca correr –bueno… tenía razón.

Por si no se ha enterado, se le hace saber que México se encuentra en un proceso de transformación (si sus convicciones lo obligan, escriba la palabra con mayúscula). Para más detalles, según nuestro Presidente, nos encontramos en la cuarta transformación, considerando con criterio intelectual de ‘tragafuegos’ de crucero que la primera fue la Independencia (cosa rara considerar que la independización de nuestro país fue la transformación de la Nueva España… un bebito recién nacido no es un feto transformado, diría uno, pero, está bien, aceptémoslo, total, no importa, nada); luego, el Titular del Ejecutivo federal, considera que la primera es la segunda transformación: la Guerra de Reforma (1858-1861), guerra civil azuzada por el tío Sam que quería (y consiguió) imponer a México un modelo copia del suyo (régimen federal, presidencialista, con la religión católica, predominante, bien amarrada de pies y manos… y hasta el nombre: Estados Unidos Mexicanos), echando la puerta nacional en las narices de Europa porque ¡América para los americanos! (o sea, ellos, los yanquis)… esta sí fue transformación: transmutó un país centralista en uno federal, un país que tiraba a Europa naturalmente a otro sometido (a la fecha), a los EUA. Y la tercera transformación con ese criterio de historiador chancla pata de gallo que dicta sus lecciones desde la hamaca, es la Revolución Mexicana que no fue sino otra guerra civil entre personajes de toda laya, todos a la pepena del poder (la revolución para derrocar a Porfirio Díaz, duró de noviembre de 1910 al 25 de mayo de 1911, cuando Díaz tiró el arpa y se fue a vivir a Europa, mientras acá se desató el aquelarre que terminó hasta 1924, aunque siguió y siguió, apagándose de a poquitos, con un último coletazo: la Guerra Cristera, de 1926 a 1929).

Eso de la cuarta trasformación no tiene rigor histórico, es arbitrario como firma de este régimen, caracterizado por un autoritarismo cuya facha no disimula el ciclón de discursos y el chubasco de babas. En todo caso, esto que llamamos México ha tenido seis transformaciones (Aguilar Camín, ‘dixit’), sumando las de los siglos XVI y XVII -colonización y evangelización-, origen cierto de esto que es nuestro país (nos guste o no)… y en 1982, la implantación del modelo económico del salinismo, después de la quiebra de las finanzas públicas del sexenio anterior (no… no, don Chente Fox no pinta en este panorama, él quedó con su diploma de Burlador de la Patria, causante directo de la pérdida colectiva de la fe en que quitando al PRI, tocaríamos los dinteles de la Gloria).

Como sea, este Presidente intenta una transformación del país y pregona el abandono del neoliberalismo, la desaparición (mágica) de la corrupción y que ahora sí, los pobres van primero.

El abandono del modelo neoliberal es solo una consigna más, pues ya ni quien se acuerde del neoliberalismo original de Rüstow en 1938, como tercera vía entre el capitalismo clásico (y salvaje), y la economía planificada centralmente (Moscú y luego Pekín); ni del modelo Reagan-Thatcher. Hoy, los países desarrollados tiran en mayor o menor grado, a economías mixtas con un compacto y fuerte aparato de Estado que no se entromete sino en lo indispensable en la producción, el mercado y la propiedad privada, sin que sea raro que asuma en exclusiva servicios públicos, de educación y salud. Pero, por si nuestro Presidente entiende por neoliberalismo la política económica que le heredó el régimen anterior (de Salinas a Peña Nieto), que alguien le avise que su gobierno lo sostiene de punta a rabo en las políticas económicas (Ley de Ingresos y Decreto de Egresos)… para no mencionar el T-MEC, que lo alinea a eso de que abjura.

Lo segundo que proclama sin pausa es la desaparición de la corrupción en México. Como chiste es cruel. Mejor que diga que él no es corrupto, si por corrupción entiende solamente robar al erario y hasta se lo andamos creyendo. Pero corrupción, entendida como el sacar provecho indebido del cargo, sigue habiendo y cada vez son más intensos los hedores que emite la 4T: nóminas de beneficiarios de programas sociales imposibles de verificar, asignaciones directas de compras y contratos, ‘negocios’ de amigos y sabandijas varias cercanas a los hombres del poder, etc.

Por último: que los pobres van primero… eso dice poco: ¿en qué van primero?… ¿van primero a sufrir?… ¿van primero a padecer la crisis económica?… ¿van primero a qué…a recibir dádivas, a no tener guarderías ni medicamentos? Si no se reactiva la economía, toda, incluidas las grandes empresas, lo primero serán más pobres, eso sí, comaladas de nuevos pobres… les podrán decir los 4Torcidos.

Si ya es preocupante el rechazo perpetuo a la realidad del huésped de Palacio, más lo es que toda postura diferente a sus ideas no le merezca reflexión ni debate, recurriendo siempre a la descalificación instantánea, sin distinguir pelo, color ni tamaño. No se raja ante nada ni nadie aunque sea The New York Times, que para él es un diario sin ética… ¡cuidado!, no lo elegimos como boxeador patrio.

El Presidente tiene sus propios cálculos políticos, pero aunque por decreto oral desaparezca al PIB como unidad de medida del crecimiento, olvida que es muy vengativo el voto famélico.

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