Y arrancan “los juegos de la pandemia” en la capital japonesa

Vía: Marca.Com

Con un año de retraso, casi con desgana, Tokio alumbró este viernes los Juegos Olímpicos de la Pandemia.

Empujados por las circunstancias, lo que se había previsto como la máxima expresión de la tecnología, el 6G, los coches inteligentes y los hoteles robotizados en esta gran fiesta del deporte ha derivado en una concentración de atletas excepcionales donde de forma colectiva no hay nada que celebrar.

Sin público la atmósfera olímpica ha descendido seis tonos. El éxito queda en manos del angular de las cadenas de televisión.

El país vive con angustia estas semanas donde la escalada de casos por Covid 19 en la capital de una semana a otra ha subido un 887 por ciento. Casi a tanta velocidad como las temperaturas que se pronostican.

El aficionado está más pendiente del nuevo Yokozuna -el máximo nivel que se puede alcanzar en el sumo- que de Simone Biles, la reina que se aburre en el hotel y pide en las redes sociales que la gente le cuente su vida.

Una cierta psicosis se ha apoderado del ciudadano, dispuesto a denunciar al visitante que incumpla el control perimetral al que estarán sometidos los Juegos Olímpicos, al menos durante los primeros 14 días.

El movimiento en las calles es sensiblemente menor al que acostumbra la ciudad con el paso de cebra más famoso del mundo.

Un frenazo

Con la curva del virus aún ascendiendo, el legado de estos Juegos carece de importancia. La ciudad ya ha perdido 700 millones por la ausencia de extranjeros. Conque todo esté el 9 de agosto como cuando el contingente extranjero llegó, se dará por bien empleado.

Es un frenazo al impulso que debía haber cogido el movimiento olímpico de nuevo tras el bajón de Río de Janeiro, cuyo epílogo, con el Primer Ministro Shinzo Abe saliendo del traje de Mario Bross para recoger el testigo de la ciudad brasileña, dibujó una realidad que la pandemia ha destruido.

Abe, que abandonó el cargo el año pasado por problemas de salud, no estará en la ceremonia de inauguración esta noche como tampoco varios de los CEOs de las empresas patrocinadoras. «Miedo al coronavirus», exponen como razón oficial. Y también a que sean considerados parte de una casta -hay algo menos de 1.000 invitados incluyendo todos los jefes de estado- que puede traducirse luego en las ventas.

No se detecta un clima de Juegos en ningún sitio. Nada que ver con la edición anterior en la que el macroevento visitó Tokio en 1964, la de Geesink, Latynina y Bob Hayes. Entonces sirvieron para reintegrar a Japón en la comunidad internacional y renovar la ciudad. Fue la última cicatriz de los perdedores de una guerra que habían tenido que digerir, además, las consecuencias terribles de dos bombas atómicas.

Se construyó el tren bala, 10.000 edificios nuevos, las casas se dotaron de sanitarios con descarga, hoteles de cinco estrellas… Todo en un tiempo récord.

Los occidentales, entonces, se colocaban las mascarillas quirúrgicas como broma para simpatizar con los japoneses, que ya tapaban sus caras con estas telas por la contaminación. Japón era una nube tóxica todo el año en el tránsito de la agricultura a la manufactura. Olía mal.

(Foto: @juegosolimpicos)

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