¡Ya chole!: La Feria

SR. LÓPEZ

Diálogo normal entre el Jefe de Proveeduría del cuartel en que fue amaestrado este menda, y la Jefa de Administración y Disciplina (papá y mamá, les decían otros niños, creo): -¿Qué película vamos a ver? –preguntaba don Víctor y doña Yolita, invariablemente respondía: -La que tú quieras –podía ser “adónde comemos” o “adónde vamos de vacaciones”, doña Yolanda siempre decía lo mismo “lo que tú quieras” y luego, a la menor provocación la grácil Dama de Hierro, alegaba: -Siempre hacemos lo que tú quieres –bueno, pues sí.

A querer o no, hemos comentado, las elecciones intermedias de cada sexenio presidencial, tienen aroma de referéndum sobre el desempeño del Ejecutivo de turno y al menos desde 1997, quienes gozan de la dicha inicua de arrellanar sus sacras nalgas en La Silla, se han quedado con más o menos un tercio de las curules de diputados del Congreso de la Unión (Zedillo, 38%; Fox, 30%; Calderón, 28%; Peña Nieto, 31%), lo que los obliga a hacerle al demócrata, moderar sus modos e irse quedito con las iniciativas de ley o presupuestos nacionales, porque de nada les vale tener alma de pirata si su palabra no es la ley.

Es difícil saber las razones por las que vota como vota el gallardo ciudadano estándar, los especialistas se sirven con la cuchara grande a la hora de explicar tan misterioso asunto. La más optimista versión es que el electorado tenochca es sabio y consciente de la conveniencia que tiene contrapesar el gran poder presidencial (que por inmenso que sea, no es absoluto, bendito sea Dios).

Sin embargo, hay un elemento de las elecciones intermedias que sirve para moderar el optimismo y ver cómo andamos los del peladaje nacional en espíritu cívico: la abstención, nuestra abstención.

Lo de ‘nuestra abstención’ es porque no es lo mismo dejar de ir a votar, renunciando voluntariamente a participar en las decisiones que adopta la sociedad, en países en los que lo normal es el respeto a la ley, el aseo de la administración pública, las instituciones oficiales sólidas, los servicios públicos del Estado eficientes y en general, todo lo que constituye un ambiente propicio al ejercicio del oficio de vivir de todas las personas; en esos países el que no vota, sabe que quede el partido que quede y sea quien sea el que se haga con el poder, su vida cotidiana no se verá alterada ni será perjudicado en nada sustancial.

En tanto que abstenerse de votar, por la razón que sea, en países en los que el respeto a la ley es aspiración, lo corrupción cotidiana, las instituciones del Estado disfuncionales y vulnerables, los servicios públicos de malos a mediocres (todos, desde seguridad, salud, educación, hasta la limpieza de calles y su bacheo), es una irresponsabilidad que en sí misma explica, al menos en parte, el despelote colectivo y lo retroalimenta: el mal político (hay de otros, créame), sabe que no tiene respirándole en el cuello a la sociedad, sabe que la abulia, la pereza y el desinterés en la cosa pública de sus conciudadanos, le permiten con impunidad altamente probable, no cumplir sus deberes, abusar de sus atribuciones y rascarle al erario.

Una característica triste de los países mal gobernados, es que dependen de la persona no de sus instituciones. Sí, las naciones en que reina el desbarajuste, cuyo organismo público es frágil y sin una sociedad desarrollada cívicamente, su destino depende de la calidad de quien encabece el Estado; están a su suerte, al no haber otros poderes, dependencias ni entidades públicas y privadas, lo suficientemente solventes para funcionar con apego a la ley y la justicia, sea como sea el titular del Ejecutivo; si un pícaro maleante se hace del poder, toda la sociedad resentirá sus excesos, sus carencias, sus vicios y sus atropellos; en tanto que si por fortuna (!) lo asume una persona normal y decente (no santo, eso no hay), con costumbre de uso del poder y verdadera vocación de servicio, cuyo comportamiento habitual discurra por las veredas tan andaderas de la justicia, la prudencia y la moderación, con fortaleza de ánimo para afrontar y resolver las contradicciones, obstáculos y trabas que no raramente se sufren en el gobierno, toda la sociedad será beneficiada y verá -como por arte de magia-, que toda la maquinaria del gobierno empieza a funcionar convenientemente.

Ahí usted decida a qué lote de países pertenece México; este menda le propone precautoriamente no suponernos parte del conjunto de naciones en las que reinan la sensatez y el buen gobierno. No se amilane, tenga presente que en el concierto de las naciones, México es un recién nacido: nos comparamos con países que tienen 800 años de vivir en democracia, sin reflexionar que México lleva más o menos, 25 años. No vamos mal pero como no estamos bien, es mejor seguir de profesionales de la inconformidad.

De regreso a lo de la abstención, en elecciones intermedias como la que ya tenemos encima para el próximo domingo, en 1997 se abstuvo de votar el 28.78% del padrón, cuando estaba Zedillo, con la gente decidida a arrasar con el mal que intuían provocó el asesinato de Colosio; en 2003, cuando Fox, se abstuvo el 58.81%; en 2009, no votó el 55.40%; en 2015, la abstención fue del 52.28%…

Merece señalarse que aún con índices tan altos de abstención (excepto en 1997), igual el partido del Presidente en funciones, tuvo que gobernar su segundo trienio con Cámara de Diputados de oposición.

En los inminentes comicios del 6 de junio, no se sabe de qué tamaño será la abstención, ni si el electorado va a refrendar en el poder a Morena y por lo tanto al Presidente. Sí sabemos que es real el peligro de una deriva hacia el autoritarismo y el ejercicio del poder por encima de la ley, no es especulación ni calumnia, así se comporta el Presidente, sus hechos y dichos lo pintan de cuerpo entero.

Así las cosas, como sucedió en tiempos de Zedillo, conviene que la votación sea masiva, que supere el 70% del padrón y que gane quien gane, no haya margen al uso fraudulento de la palabra fraude. ¡Ya chole!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *