Algo sobre Hitler y Mussolini

JOSÉ ANTONIO MOLINA FARRO

Durante su participación virtual en la Asamblea General de la ONU, AMLO dijo, refiriéndose a Benito Juárez, “Fue tan importante su proceder y su fama, que Benito Mussolini lleva ese nombre porque su papá quiso que se llamara Benito Juárez”.   Más allá de las reacciones por la referencia al criminal de guerra fascista, responsable de algunas de las peores atrocidades del siglo XX, establezco un breve paralelismo entre Mussolini y Hitler, y las condiciones objetivas y subjetivas que llevaron  al poder al Duce y al Tercer Reich.  Ambos fallecieron hace 75 años. La crisis del orden liberal, su oratoria seductora para las masas, sus promesas de transformación, la similitud de sus sistemas  ideológicos y políticos y las represalias contra aquellos que los habían humillado en la Primera Guerra Mundial.

Hitler, su personalidad y su entorno son  producto de un contexto social, económico, antropológico, cultural e internacional. Vale la pena referir aspectos de su gobierno que la visión estándar que tenemos de él suele un poco pasar por alto. Hay versiones que hablan de un Hitler   incompetente y ególatra, y quizá ello le ayudó en su ascenso al poder, ya que las élites alemanas lo subestimaron en todo momento por sus discursos groseros y mítines vulgares. El redactor de una revista lo llamó “zoquete patético”, otro más habló de su partido como una “sociedad de incompetentes”, y que no se debería sobrevalorar su “verbena de feria”. Incluso cuando las elecciones dieron al partido nazi el grupo parlamentario más numeroso del Reichstag, corrientes de opinión pensaban que Hitler era una presa fácil, un idiota bravucón que personas inteligentes podían controlar fácilmente. Franz von Papen, el canciller alemán recién forzado a dimitir, y que estaba decidido a reclamar el poder creyó que podía utilizar a Hitler como un peón, y negoció con él un Gobierno de coalición, Hitler canciller y él vicecanciller, con un gabinete lleno de aliados conservadores. El escenario no podía ser mejor, {Hemos contratado sus servicios}, decía, {En dos meses tendremos a Hitler tan arrinconado que estará gimiendo}. De hecho, a los dos meses Hitler se hizo del control absoluto del Estado alemán al convencer al Reichstag de que aprobara una ley que le daba el poder de pasar por encima de la Constitución, del presidente y del propio Reichstag. Lo que había sido una democracia, de pronto dejó de serlo. ¿Por qué las élites subestimaron sistemáticamente a Hitler? Quizá por su incompetencia, sin valorar su ambición. Otto Dietrich, Jefe de Prensa y confidente de Hitler en sus memorias  “El Hitler que conocí”, dejaría escrito: “En los doce años en que rigió Alemania, Hitler generó la mayor confusión en un Gobierno que se haya dado jamás en un Estado civilizado”.  Hitler odiaba el papeleo, y tomaba decisiones importantes sin echar un vistazo a los documentos que sus asistentes le habían preparado. Sometía a sus subordinados a una verborrea improvisada y dispersa sobre cualquier cosa que pasara por su cabeza. Muy distante a una discusión política sobre lo trascendente. Su gobierno era un caos permanente, los funcionarios no tenían ni idea de qué quería que hicieran y nadie tenía del todo claro a cargo de qué estaba cada uno. Postergaba las decisiones importantes, para acabar a menudo confiando en sus instintos, y dejando en blanco, in albis,   a sus colaboradores más cercanos. Consecuencia: colaboradores peleándose entre sí y dándose puñaladas por la espalda unos a otros. Hay controversia entre los historiadores sobre si esto era incompetencia o una estratagema deliberada; el propio Dietrich se inclinaba porque fuera una astuta táctica para sembrar la división y el caos, para otros un mero narcisista indolente al mando de un país. Le obsesionaban los medios de comunicación y la celebridad. En cierta ocasión se autodefinió como “el mejor actor de Europa”, “Pienso que mi vida es la novela más grande de la historia mundial”. Su falta de conocimientos le generaba una profunda inseguridad y optaba por ignorar la información que contradecía sus ideas preconcebidas o por lanzarse a la yugular de quienes supieran más que él. Weidemann se lamentaba, “¿Cómo va a decir alguien la verdad a otro que hace un berrinche en cuanto los hechos no le vienen bien?” Su humor mejoraba cuando un periódico decía de él algo halagador. Las limitaciones de Hitler no le impedían tener un instinto asombroso para enardecer a las masas con una retórica incendiaria y cautivadora. Hay ejemplos de líderes y genios en el arte de conquistar los corazones de las masas, pero también hay un desfile de lunáticos, con la ayuda de gente esperanzada  en un futuro de grandeza.

P.S. Alebrijes. Influyentismo indignante.

Mujeres, niños, ancianos y enfermos de que carecen de recursos para comprar un aire acondicionado, tienen que soportar las altas temperaturas por la necesidad de cerrar las ventanas ante la música a todo volumen que ocasiona ese antro. Y las autoridades omisas pese a la evidencia. En referencia a este antro nuestro Director General dice: “Un funcionario privilegiado e impune también está desnudando la corrupción de funcionarios de la 4T”. Ultimátum ha documentado reiteradamente el “inaudito libertinaje y descarada exención oficial” de ese antro, que ha causado “la indignación  de sus vecinos por su música y ruidos estridentes e insoportables”, desde el mediodía hasta altas horas de la noche, y que  sigue con las puertas abiertas, pese a “la batalla campal de una treintena de jóvenes que al calor de las copas dejaron inconscientes a dos muchachos la noche del 16 de  septiembre…” ¿Qué alto personaje del gobierno le brinda seguridad y protección? ¿Quiénes son los socios? ¿Pues no que en la 4T no caben influyentismos? ¿Y el compromiso con el medio ambiente? Esto tiene un tufo de corrupción.

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