Aplican restricciones: La Feria 

SR. LÓPEZ

La abuela Virgen (la materno-toluqueña, la de los siete embarazos), como bien sabe usted, era querida por todos, cocinaba como la Santísima Trinidad, rezaba todo el día y era… tontita, por decirlo caritativamente. Vivió los tiempos de la Revolución Mexicana y su exclamación de alarma favorita cuando algo andaba mal, era: -¡Ya estamos como en la revolución! –y no, obviamente no, ni cerca. Era tontita.

Cuando pasa a fiambre una persona, los médicos del hospital no informan a la afligida parentela que la presión arterial del paciente es de -98%; ni que su capacidad pulmonar se colapsó -100%… no, las mediciones, cifras y comparativos llegan a un punto en el que pierden sentido: -Lamentamos informarles que falleció el paciente… los acompañamos en su dolor (aunque no sea cierto, se dice) -y no hay deudo que exija el reporte de signos vitales y las gráficas que ilustran su condición: murió, como Cleto el Fufuy: sus ojitos cerró, todo el equipo al morir entregó (Chava Flores, ‘dixit’). Punto.

Para la economía pudiera resultar conveniente ser menos refinados y para la situación de algunos países, simplemente decir: a empezar de cero.

Por supuesto los especialistas sí hacen sesudos estudios para estar al tanto de qué tan grave es el tropiezo. Para ellos es importante conocer los detalles y si el PIB cayó el 3.7% ó el 99.1% tiene significado, para ellos, pero para los que formamos parte del peladaje estándar, es lo mismo: estamos fregados, hay que rogar al cielo que se encuentre trabajo, darle duro a la chamba, cuidar cada peso y no endeudarse a lo tarugo, claro.

En cambio, en estos tiempos Covid-19, pachorrudamente informan instituciones financieras y comerciales internacionales, que sufriremos la peor crisis económica después de la experimentada al finalizar la Segunda Guerra Mundial… y todo mundo se echa a temblar. Nada abona a la recuperación económica decir semejante cosa y se pone a la masa en modo ‘llanto y crujir de dientes’.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, Europa, Japón, la URSS y otros países, simplemente recomenzaron desde cero (y peor en los que hubo primero que reconstruir la infraestructura productiva).

Cómo se consiguió salir de esa terrible situación de postguerra, no tiene misterio: las potencias occidentales lideradas por los EUA, más 41 comparsas, desde 1944 crearon instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el BIRD (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento), hoy, Banco Mundial (acuerdos de Bretton Woods, en New Hampshire, 1-22 de julio de 1944); aparte de darle una vuelta de campana al proteccionismo de la era colonial: territorios liberados, libre competencia, libre mercado sin barreras, monedas estables, serían (y son), el nuevo paradigma… junto con el establecimiento del dólar yanqui como moneda única de intercambio comercial entre las naciones (como hasta ahora), eliminando los enormes problemas que daban antes los valores de cada moneda a la hora de comprarle vacas a la Argentina y microscopios a Alemania, perfumes a Francia y tractores a los yanquis.

Luego, en 1945, ya terminada la guerra, enterrados más de 60 millones de personas, las Naciones Unidas tenía en marcha un plan llamado ‘Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción (UNRRA, por sus siglas en inglés: ‘United Nations Relief and Rehabilitation Administration’), destinado básicamente a la alimentación, suministro de medicamentos y repatriación de los millones desplazados a bombazo limpio. Después, en 1946, se puso en funcionamiento el Programa de Recuperación Europea, coloquialmente llamado ‘Plan Marshall’, que financió con dinero contante y sonante la reconstrucción de la planta productiva de los países que le entraron (la URSS dijo ‘zafo’, por desconfianza al tío Sam… bueno, ellos se organizaron por su lado con su mitad de Europa y siguieron muy fregados largos años); y 34 naciones en 1947, echaron a andar el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), bajando en promedio el 50% de derechos aduaneros, disparando el comercio mundial. Nada mal.

Europa occidental, América Latina (en alguna medida), Japón y el sudeste asiático, salieron beneficiados, se logró atenuar las terroríficas consecuencias de la guerra, retejer el entramado industrial, recomponer las relaciones comerciales, eliminar barreras comerciales y crear un ambiente de confianza en el sistema de libre mercado.

¿De veras vamos a comparar cómo va a quedar el planeta ahora, que cuando terminó esa guerra?… eche un vistazo a unos pocos datos a brocha gorda: la Segunda Guerra Mundial cobró la vida de 37 millones de civiles y 24 millones de militares; la pandemia va en algo así como medio millón de difuntos y cerca de 7.5 millones de contagiados, con más de la mitad, ya sanos. A ver, compare.

Al final de la Segunda Guerra, Europa quedó en escombros: ciudades enteras con la infraestructura de servicios y producción, demolidas; hoy, la planta de producción está intacta, sin un vidrio roto; las ciudades también. Sí.

Al término de esa espantosa conflagración hubo 8 millones desplazados que subieron a 15, de Europa a Pakistán, el sudeste asiático y la India. No hay un desplazado por la pandemia de coronavirus.

Y respecto de la recuperación económica del mundo después de esa guerra que arrasó países, para el año de 1950, cinco años después, se hablaba del ‘milagro económico alemán’… y tome en cuenta que Alemania quedó hecho cascajo, ruinas humeantes.

No comenta estas cosas el del teclado para que sienta usted que no pasa nada (mucho menos buscando el consuelo de las comparaciones): sí pasa y pasa mucho, pero no da ningún beneficio cargar las tintas y ponerse en plan dramático.

Lo más realista es simplemente esperar a que pase el chubasco, obedeciendo en la medida que permita la situación de cada persona, las indicaciones de las autoridades de salud, ojo, nada más esas, que para las recomendaciones del ciudadano Presidente aplican restricciones.

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