De cuates: La Feria

SR. LÓPEZ

A la muerte de los abuelos materno toluqueños de este menda, se desató un pleito de callejón que no le piensa contar este menda (da pena). El agarrón por la herencia duró años, se gastaron ingentes cantidades de dinero en abogados y se acumularon expedientes como para empapelar el Estadio Azteca. Finalmente las cosas (propiedades y numerario), quedaron casi igual que al principio estaban y las relaciones familiares, quedaron como después de la caída de las bombas en Hiroshima y Nagasaki. Terminadas las hostilidades, el calendario indiferente a circunstancias familiares, ya marcaba noviembre… ¡ah, se acercaban las malditas fiestas de fin de año!, y el perverso del primo Pepe, por el puro gusto de juntar a tirios y troyanos, se dio a la tarea de convocar a todos en Navidad, a la voz de “¡somos familia!” Reunidos que fueron todos en torno de una mesa navideña, el asunto se mantuvo dentro de los límites de lo socialmente aceptable hasta que empezaron, primero, puyas discretas; luego, moderados reclamos; hasta llegar al intercambio de insultos a voz en cuello (tío Óscar no se supo cómo, salió con un tenedor en una nalga). El Rosario de Amozoc junto a tamaño desafuero navideño-forense, fue el canto del “Ubi Caritas et amor, Deus ibi est” (“Donde hay caridad y amor, allí está Dios”, canto gregoriano de pleno Medioevo, no, no es “Reggae”), interpretado por un angelical coro de monjitas benedictinas… “somos familia”, se carcajeaba Pepe.

El domingo pasado, nuestro Presidente envió el siguiente Memorándum:

“El gobierno de México es amigo del gobierno de Estados Unidos de  Norteamérica. El presidente de México quiere seguir siendo amigo del presidente Donald Trump. Pero, sobre todo, los mexicanos somos amigos del pueblo estadounidense. A ellos me dirijo desde Paraíso, Tabasco: Juremos que nada ni nadie separe nuestra bonita y sagrada amistad.

Andrés Manuel López Obrador Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos”. (Fin de la cita)

Para abrir boca, los EUA no se llama así, sino Estados Unidos de América. ¡Chin!

Luego: los gobiernos de México y los EUA no son amigos (nada que jurar, nunca ha “habido bonita y sagrada amistad”). Si el nuestro Presidente quiere conservar la amistad de Trump, primero tendrían que ser amigos: no lo son: López Obrador le interesa a Trump menos que una uña enterrada en el dedo gordo del pie de un haitiano. Los mexicanos no somos amigos del pueblo estadounidense, que NO es nuestro amigo (cuando vamos de turistas, gastando como jeques, no le caemos tan mal; el resto del tiempo les caemos en la mera puntita del hígado, de cualquier color).Ya lleven al Presidente allá, de incógnito, unos días nomás, sin decir de qué “trabaja”, para que los conozca.

Vamos a hacernos de cuenta que más de la mitad del territorio (en 1848) se las vendimos de mil amores (no con la pistola -los cañones-, apuntando a la cabeza de los firmantes, porque o firmaban a invadían el resto del territorio, esa era la “negociación”).

Vamos a olvidar que el encargado de la firma a nombre del gobierno yanqui. Nicholas Trist, escribió a un diplomático británico, Edward Thorton, cuate de él (4 de diciembre de 1847): “Si esos mexicanos (los que estaban firmando) hubieran podido leer mi corazón en aquel momento, se hubieran percatado que mi sentimiento de vergüenza como americano era más profundo que el suyo como mexicanos (…) era una cosa de la que todo bien intencionado americano estaría avergonzado y yo lo estaba, intensamente. Éste había sido mi sentimiento en todas nuestras conferencias, especialmente en momentos en que tuve que insistir en aspectos que detestaba (…)”.

El afamadísimo militar yanqui Ulysses S. Grant, quien como teniente combatió en territorio mexicano en esa guerra, escribió una carta en 1879 (no me haga caso, creo que a sus hijos) diciendo: “No creo que haya habido una guerra más perversa que la que emprendió Estados Unidos contra México. Lo creía entonces, cuando era solo un joven, pero no tuve el suficiente valor moral para renunciar”. El mismo Ulysses S. Grant,  luego Presidente de su país, la consideraba “la guerra más vil de su país”.

El Secretario de Guerra de Estados Unidos, Scott, informó en 1847 que varios hombres bajo el mando del general Taylor habían “cometido crímenes que eran suficientes para que el cielo llore”. Ese Taylor que luego fue Presidente de Estados Unidos, calificó la “anexión” del territorio mexicano como “poco juiciosa, desde el punto de vista de la política, y malvada de hecho”. Pero, ¡ya!, dejemos eso de lado: cosas del tiempo. (¡Hijos de sus señoras madres!).

Pero eso dicen los propios yanquis del chistecito del territorio que nos “compraron” a punta de cañón.

¡Pelillos a la mar!… ya somos amigos.

Pero, aún sin tomar eso en cuenta, las relaciones México-EUA, son tan amistosas y cordiales como lo siguiente:

1836, separación de Texas, contra los Tratados de 1822, y anexión a los EUA en 1846. El Congreso estadounidense ratificó la integración de Texas y exigió a México entregar el estado de Coahuila. En plan de cuates.

1853 (noviembre) William Walker, financiado por potentados yanquis, con la complacencia de la Casa Blanca, invadió Baja California y proclamó la República de Baja California y Sonora; expulsado por la propia Marina yanqui y las tropas mexicanas, antes, entregó San Diego a los EUA (y ahí sigue). En su país fue juzgado y absuelto. ¿Para qué son los amigos?

1857 Henry A. Crabb atacó la ciudad de Caborca. El gobierno yanqui silbaba de lado.

1914 (21 de abril), cañoneo, masacre y ocupación del puerto de Veracruz. Amistosa la cosa.

Luego, de marzo de 1916 a marzo de 1917, once meses, la “Expedición punitiva”: el ejército yanqui penetró 600 kilómetros dentro de Chihuahua. Doce mil soldados, artillería, morteros y escuadrón aéreo. Amigablemente, eso sí. Ahora, sin ningún sentido de la historia, nuestro Presidente enarbola una inexistente amistad entre naciones, pueblos y presidentes. Trump ya contestó: hechos, no palabras. De cuates.

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