Demagógico o cínico: La Feria

SR. LÓPEZ

De tía Catalina contaban los viejos que de joven fue guapa de descomponer relojes. Fue buena madre, buena ama de casa y parece que buena en todo, que tuvo 17 hijos (no se asuste, solo le vivieron nueve, eran principios del siglo pasado). Viuda tres veces (hay quien nace con suerte), enriqueció a fuerza de heredar de cada fiambre y luego ya nunca se volvió a casar (la gente es supersticiosa). Una peculiaridad tenía, soltera, casada o viuda, todos los fines de semana, se encerraba en un convento de monjitas, cosa muy bien vista en el Toluca de esa época. Sucedió que una de sus sobrinas nietas -soltera-, andaba bailando en la boca de no pocos porque llegaba a ‘deshoras’ a su casa, sin dar explicaciones y defendiendo que su vida era su vida, cosa en extremo escandalosa en aquellos tiempos. Mandó por ella tía Cata y le dijo: -La verdad de tu vida a mí, no me interesa; cuida tu fama porque el cinismo tiene un precio muy alto… haz como yo, todos los fines de semana, soltera, casada y hoy viuda por tercera vez, me encierro, pero no con monjas… estaría yo loca –cosa sabida desde la noche de su velorio.

Apofántico (del griego ‘apofantikós’), en filosofía aristotélica es la parte de la lógica referida a los juicios más simples, en los que se afirma o niega algo, esos que se enuncian como oraciones atributivas (¡claro!), como enseña la gramática de siempre (“Juan es carpintero”; “Manuel era ladrón”); en Derecho se usa en la Teoría del Juicio para verificar la corrección de los razonamientos, precisamente por la claridad apofántica propia de las oraciones simples, que por eso permiten acceder a la verdad (apasionante).

Bueno, en política, arte compleja si las hay, es indispensable la apofántica, para desde la realidad dura, la verdad verdadera, tomar decisiones. Puede pervertirse el conocimiento apofántico, torciendo la realidad (a propósito o por zonzo), para fijar un sistema de reglas y normas que imponga un único orden posible, un régimen fuera del cual todo es absurdo, equivocado y hasta infame, pasando el político sofista, si es bueno engañando o cínico, si es nomás caradura.

Si determinar la verdad y lo correcto fuera sencillito, no existirían congresos, no habría necesidad de supremas cortes y haría milenios todo estaría acomodadito y claro; las leyes de todos los países serían casi idénticas, siendo aplicables todas a una sola especie, la humana. Y no es así, diario nos topamos con asuntos enredados en los que hay que revisar con mucha calma el juicio propio y el ajeno.

Si no es usted abogado, pruebe a ver una transmisión en vivo de las deliberaciones del Pleno de nuestra Suprema Corte y verá como, cada discurso de cada Ministro lo convence… aunque sean divergentes y hasta opuestos.

La gente normal y corriente, no sabemos filosofía ni derecho, ni nos andamos preguntando si hemos dicho una oración atributiva o nos han dicho algo apofántico, no, el Buen Dios, el Motor Inmóvil, la Naturaleza, lo que usted quiera, nos dio a todos eso que llamamos sentido común y con eso andamos por la vida: habitualmente la gente distingue la realidad de lo falso, lo justo de lo injusto, y entiende que no se puede chiflar y tragar pinole.

Quienes se dedican a la política saben que su oficio obliga a mentir, ni modo, pero así es eso. Los reales profesionales de la política captan la realidad y saben que deben ser muy cautos al mentir, por lo que prefieren mentir lo menos posible. Lo que no se puede es que alguien que no percibe la realidad ni distingue la verdad de la mentira, se dedique a la política y por supuesto, tampoco y bajo pena de 500 años de cárcel, los que prefieren mentir a decir la verdad, actuar con dolo por el puro gusto.

Nuestro Presidente es un profesional de la política, sin duda y sin duda capta la realidad, la ha vivido, la ha sufrido, le costó un esfuerzo que no cualquiera aguanta, llegar a donde está: Palacio Nacional.

Tantas penas y desengaños, tanto trabajo y afanes, sin embargo, pudieran traducirse ahora en un ansia de hacer todo, pronto, ¡ya! La idea de una Cuarta Transformación nacional es válida, qué duda cabe, pero pensar que se puede hacer tanto en tan poco tiempo (cinco años y diez meses), puede hacerlo conducirse con precipitación y hasta exceso, concediendo que con la mejor intención, pero las prisas no valen en algunas cosas, en ginecología, por ejemplo, ni al transformar un país.

Probablemente el estadista más grande la historia universal (o cuando menos del siglo pasado), sea Atatürk (Mustafá Kemal Atatürk, 1881-1957), quien fundó el estado turco y lo hizo desde menos cero, porque primero tuvo que independizar Turquía peleando contra la Gran Bretaña, Italia, Francia, Grecia y Armenia… facilita la tuvo. Luego puso quietos a los poderosísimos imanes (sacerdotes), anuló el régimen de la Sagrada Ley (la Sharia), implantó la democracia a palos, anuló costumbres centenarias (empezando por quitar el uso obligatorio del velo a las mujeres e igualándolas en todo a los hombres… y eso entre turcos, se dice fácil). Hizo todo. Y por él, sin duda, Turquía floreció como el gran país que es.

Una proeza… sí… pero el señor se quedó en el poder 15 años de 1923 hasta el día en que murió en 1938, con toda la gente (casi), muy satisfecha y muchos llorándolo a la fecha (no pocos edificios públicos y museos tienen  sus relojes detenidos en la hora de su muerte, las 9:05 horas).

Pero, también prohibió los partidos de oposición, las organizaciones de la sociedad civil (incluidas las religiosas y los masones), y la prensa libre. Sabía lo que hacía.

Y, de eso, no se da en maceta ni se repiten circunstancias que permitan refundar una nación, así, de ‘enchílame otra’.

Cuando las cosas no van por dónde quiere un gobierno a veces le da por mentir con tal de hacer realidad el proyecto que tiene (como decir que un aeropuerto comercial de pasajeros civiles es un asunto de seguridad nacional), y cuando se miente en exceso, se nota y mágicamente aparece el Estado demagógico o cínico.

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