El avión: La Feria

SR. LÓPEZ

A tía Margarita, de las de Autlán de la Grana, la cortejó durante años un ranchero viudo, viejón. Ella era lo que sigue de hermosa pero no fue afortunada en amores y mientras coleccionaba decepciones con donceles que la alborotaban, el viudo no aflojaba tras ella quien ya para ‘quedarse’ (a los 22 años, así era entonces), le dijo que sí pero con condiciones, varias, que el viejo cumplió una por una. Hubo boda y a los pocos meses, lo dejó (sin divorcio, así era entonces). Una vez, platicaba la tía con la abuela Elena y este menda entonces niñito, oyó la razón de la separación: -Le puse varias condiciones y las cumplió, pero todo se me ocurrió menos decirle que tenía que ‘cumplirme’ –y no fue sino años después que entendió su texto servidor que pasó, más bien, que no pasó. Ni modo.

Dejando en reposo polémicas filosófico-políticas, haciendo a un lado debates ideológico-económicos, yendo a la prosaica realidad dura, a los gobernantes en la conciencia colectiva, se les etiqueta a brochazos para la historia y se les juzga solo por sus resultados.

Cuando un Presidente deja el poder -si lo entrega, lo echan o acierta a morir en él-, ‘entra en la historia’, lo que no es de celebrar necesariamente, pues la historia consigna por igual las andanzas de próceres, mediocres y rufianes, y sobrecoge su economía de palabras para acreditar sus méritos como integrantes de sus albañales o sus salones de gala.

Miguel Hidalgo para la generalidad de los gallardos tenochcas, es dechado de virtudes, nadie recuerda sus travesuras y los linchamientos que toleró -si no es que azuzó esas degollinas-. Nada cuenta, para la raza es el ‘Padre de la Patria’, quien nos independizó, siendo que murió diez años antes del precipitado alumbramiento de nuestro México lindo y querido.

En cambio, Agustín de Iturbide, el personaje central de nuestra independencia, es una sabandija en los anales de México y su nombre está proscrito de todo discurso oficial, por haberse coronado Emperador de México, olvidando que fue la masa enardecida a las puertas del Congreso Constituyente, la que lo exigió el 18 de mayo de 1822. Nada, a la basura.

Antonio López de Santa Anna, presidente seis veces (que fueron once porque pedía licencia hasta por una diarrea), en el imaginario colectivo es el que “vendió” medio país a los EUA, siendo que en 1854 él solo vendió La Mesilla, 76 mil y pico de kilómetros cuadrados (seis años antes en 1848, con él viviendo en Colombia, se vendieron a los EUA más de dos millones de kilómetros cuadrados… puestos a comparar). Como sea, don López, siendo no pocos lances de su vida verdaderamente heroicos, está en el basurero nacional.

Benito Juárez es el Benemérito de las Américas, sin que mucha gente sepa que eso se lo endilgó el Congreso de la República Dominicana el 11 de mayo de 1867, a iniciativa de un senador de allá (Antonio Delfín Madrigal), porque la masonería en América Latina estaba que echaba cuetes de gusto por su triunfo contra la intervención francesa, que los tenía con los pelos parados como posible anticipo del regreso de Europa a estas tierras. Y ni quien recuerde que Juárez se quedó de presidente de 1858 a 1872, bailándose la guaracha en la ley, dividiendo a los liberales; tampoco de su señaladísima inclinación por el dinero y la muy buena vida y mucho menos del Tratado McLane-Ocampo, que otorgaba paso libre a perpetuidad a los EUA de Mazatlán a Matamoros, de Nogales a Guaymas y en todo el Istmo de Tehuantepec; quedando siempre por aclarar su proyecto de construir campos de internamiento para enchiquerar en ellos a conservadores y curas. Nada, era pastorcito y dijo que “Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, que no (NO), es frase de él sino de Manuel Kant (ensayo ‘Sobre la paz perpetua’, escrito más de 60 años antes). Nada, es el ‘Benemérito’ y a ver quién lo baja del hemiciclo.

Y más para acá, también quedan en pildorazos las biografías políticas: Calles era brutal y mangoneó al país (sin reconocer su dimensión de estadista, de los más importantes de nuestra historia). Cárdenas quería a los indios, les dio tierras y expropió el petróleo (cosa un poquito falsa, el petróleo siempre fue y es de México -desde la colonia-; se expropiaron unas compañías petroleras y las indemnizamos). Alemán, robó y robó, pero era muy simpático. Ávila Camacho era católico y muy decente. Ruiz Cortines, viejito y serio. López Mateos paseaba mucho y era bohemio (olvidando las barbajanadas que hizo con los líderes obreros). Díaz Ordaz reprimía y mataba. Echeverría hablaba mucho y quebró al país. López Portillo era bueno para las faldas y quebró al país. De la Madrid era tibio y no se dice nada de que enderezó la economía nacional, con un acuerdo de todos los sectores que hoy sería impensable e imposible. Salinas robó y robó, sin que se cuente que consiguió el TLC del que el país vive hoy. Zedillo se equivocó en diciembre y hundió la economía. Fox era el esposo de Martita. Calderón empezó la guerra. Peña Nieto robó y robó, sin reconocerle nada.

Y ahora, no es tiempo de redactar las tres líneas que definirán, describirán, juzgarán sin derecho a defensa al actual Presidente, falta que termine su mandato, pero la cosa promete:

¿Será el Presidente que transformó a México? ¿Será un Presidente de la talla de Juárez, Madero o Cárdenas? ¿Será el Presidente que acabó con la corrupción o el que devolvió la seguridad pública al país? ¿Será el Presidente que resucitó a Pemex y la CFE? ¿Será el Presidente que acabó con la pobreza? ¿Será el Presidente que creó una nueva clase media?

No sabemos qué será lo que de él diga la historia, pero sí sabemos lo que no dirá: no transformó al país, no terminó con la corrupción ni con la inseguridad pública, no resucitó a Pemex ni la CFE, no acabó con la pobreza ni parió una nueva clase media. Eso es lo malo de prometer imposibles. Es tan injusto el juicio de la ‘historia’ que a este paso quedará como el Presidente que no pudo vender el avión.

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