El pantano: La Feria

Sr. López

Estará usted de acuerdo con este menda en que lo correcto es hacer lo correcto. Sí, claro. Sin embargo, para el tenochca simplex promedio, hacer lo correcto significa básicamente respetar las formas, con las excepciones reglamentarias (porque eso de que ‘siempre hay excepciones’ no está tan claro, pues si ‘siempre hay excepciones’, entonces a veces no hay excepciones… mmm…); como sea: las formas son las convenciones sociales que hacen grata la convivencia, pero en México son un ceremonial en el que intercambiamos mentiras como muestra de respeto. Y así nos entendemos.

“Mi más sentido pésame”, decimos con cara de circunstancia, aunque sea un reverendo desconocido el fiambre. “¡No supe!”, exclamamos justificándonos por no haber ido a visitar al compadre que estuvo dos meses hospitalizado, entre la vida y la muerte. “Ojalá no sea nada”, toca murmurar cuando reprimimos el bostezo por el relato detallado de la triquinosis del consuegro. “¡Me hubieran avisado!”, se dice disimulando el alivio por no haber sabido que se inundó la casa del vecino. “Cuando quieran, esta es su casa”, despidiéndose-empujando a la visita. “Y ya sabes, lo que se ofrezca”, decimos a la recién viuda, colgando el teléfono, sin dejar de ver la tele.

Así somos: “¡ay, qué lindo nene!” (aun si parece batracio); “preciosa boda” (aunque fueron los granaderos a restablecer el orden); “¿dónde la compró?” (con entonación de “qué cosa más linda”, viendo la sala modelo “Tigres de la Malasia”, que nos presume la esposa del patrón); “¡todo muuuy bien!” (palmeando la espalda del papá de la quinceañera, huyendo del bodrio de fiesta); “ya no hay que echársela tan larga” (a quien no quiere uno volver a ver en esta vida). Y el muy mexicano: “¡Yo te hablo!” (despidiéndose sin el menor deseo de volver a ver al tipo).

Es parte de nuestra herencia mexica-española-cortesana (300 años de Nueva España algo dejan); somos obsequiosos, cuidamos las formas: “no dejes de llamarme”, “me dio gusto verte”, “cantas precioso”, “es envidia de la buena”… podríamos hacer una enciclopedia de frases hechas, adecuadas y socialmente aceptadas para cualquier circunstancia de la vida en que se deba mostrar simpatía, aceptación, entusiasmo o aprobación, sobre cualquier cosa que nos resulta indiferente, molesta, indeseable o queramos evadir. Todo menos la verdad, que para calificar cosa tan molesta, acuñamos la palabra “claridoso”, para el majadero que no atenúa la realidad.

Al leer estas destempladas reflexiones costumbristas, tal vez usted piense: “¡claro!, ni modo de ir por ahí ofendiendo gente”. Y tiene razón. Su texto servidor que también es puro mexicano, se comporta igual y hasta es creativo, como la vez que en una cena, el matrimonio anfitrión enseñaba las fotos de sus vacaciones en las islas griegas y de repente de mano en mano, fueron pasando las estampas en mini-micro bikini -pero chiquitito-, de la cincuentona señora cuerpo de tinaco parado, brillosas carnes gelatinosas y cara de rana insolada; se hizo un espeso silencio entre los presentes, urgía decir algo, romper el ambiente de estupefacción que a instantes estaba de terminar en una carcajada general y este menda salió al quite: -“¡Me encanta la naturalidad de la mujer moderna!”… -y como por ensalmo la adiposa dama sonrió, suponiéndose admirada y apetecible; y el marido torció una sonrisa de orgullo de macho alfa. Dejé la cena.

De acuerdo. Así son las cosas en nuestro idílico país: la virtud de la caridad ensalivada… pero, también hay cosas que son exageraciones propias del voluntariado de la corrección gratuita. A un desconocido no se le dice qué elegante es su corbata de mazorcas de maíz; a una doncella con la que se cruza uno por la calle, no se le chulea su peinado de aguacero de sebo; y nadie se mete a una funeraria a repartir pésames anónimos.

Se lo comento porque una característica entre risible y desagradable de los políticos, bueno, de algunos políticos (hay excepciones), es que no desaprovechan oportunidad de hacer lo políticamente correcto, aunque sea incorrecto, como disfrazarse para cada ocasión, creyendo que alguien se traga el cuento de que el funcionario panzón, al mismo tiempo es charro, rescatista, obrero y deportista; son los que comulgan en misa, se ponen mandil con los masones, kipá (gorrito) si comen con la comunidad judía, botas texanas y cinturón piteado para ir a una feria ganadera y le babean la mano a obispos y cardenales. El político camaleónico.

También nuestros políticos (con las excepciones bla, bla, bla…), nos han acostumbrado a oírles decir cosas que todos sabemos no pasan de frases de circunstancia: “se investigará a fondo”, “tope donde tope”, “todo el peso de la ley”, “nuestra solidaridad”, “no están solos”, “no les voy a fallar”… y tantas más.

Y ya en estas, no debemos regatear mérito a nuestro actual Presidente que ha hecho aportaciones notables a este nuestro modo de sobrevivir en México. Como su lucha contra la corrupción es eje central de sus actos, afirma que en asuntos públicos no tiene esposa, hijos, hermanos ni amigos (el tenochca estándar lo escucha sin que se le agite el pulso).

La cosa cambió cuando reventó el escandalete de los videos de 2015 de su hermano Pío recibiendo dinero de David León, colaborador de Manuel Velasco entonces gobernador de Chiapas. De inmediato el Presidente pidió que se investigara, pero que no era corrupción: eran aportaciones del pueblo bueno al “movimiento” (Morena), detalló que estaba seguro que era para gasolina y añadió que no sabía si Morena lo reportó al INE (como obliga la ley y como aún no sabemos). Pero, igual, remató: “Que se aclare” (sí, pero no es corrupción, ya quedamos).

Ya pre-exonerado su hermano, como antier el Trife resolvió que el INE debe investigar el asuntito, el Presidente, impertérrito, declaró: “Si mi hermano Pío es responsable, que sea castigado”. Sus malquerientes creyeron que lo acorralaban con esto, pero a él no lo mancha ningún lodo, como a esas aves que cruzan el pantano.

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