Estampita milagrosa: La Feria

SR. LÓPEZ

De un tiempo acá, la palabra ‘democracia’ pasteuriza casi cualquier cosa, barbaridades incluidas (si tiene tiempo, consígase el libro ‘El fundamentalismo democrático’, de Gustavo Bueno; editorial Temas de Hoy; Madrid 2010; es denso pero nutritivo), por eso, partidos de toda ideología se las ingenian para acomodar el término en su nombre y propuestas.

No es momento de bordar sobre las falsas bondades y reales peligros de la democracia como panacea universal, aceptando que por mal sistema que sea, es mejor que los otros, parafraseando a Churchill.

Sí debe advertirse que el culto a la democracia tiene algunos subproductos como el universal derecho a opinar y la obligación de respetar toda opinión, ambas cosas derivadas de una seguidilla de valores indiscutibles -por no se sabe qué razón-, pero que nadie en sus cabales se atreve a cuestionar, por ejemplo, que la libertad de expresión es sagrada. Ha de ser.

Ya está de pensarse que valga lo mismo el voto que democráticamente emite un ciudadano cabal que un bandido profesional, como para tragarse la rueda de molino de que la opinión, cualquier opinión, debe atenderse igual… pero a ver quién es el macho que se atreve a negarlo. Lo políticamente correcto es aguantar con cara seria la explicación completa de que la Tierra es plana: es una opinión, existe el derecho opinar, no seamos intolerantes.

Como analogía del peso específico, tal vez llegará el momento en que se valore el valor específico de una democracia, tomando en cuenta la calidad cívica de la ciudadanía, su cultura y el índice de participación. O tal vez evolucionen solo los procesos electorales asignando diferente valor al voto de cada ciudadano, que no es lo mismo el sufragio de un doctor en Derecho que el de un chamaco de 18 años que está acabando de enterarse donde tiene las narices. Mientras, por supuesto, sigamos como estamos, alejándonos cuanto se pueda de establecer clases de ciudadanos, al menos hasta asegurar el uniforme y universal acceso a educación de calidad.

Sobre el pretendido derecho a opinar, en nuestro país, hay unas cuantas cosas que decir. No se lo tome a pecho ni se ofenda, pero al considerar que cualquiera puede opinar de cualquier cosa, tenga presente que el 67% de los mexicanos no sabe de qué país se independizó México (dato del año 2015, de la encuesta anual de Parametría).

Efectivamente, a la hora de que le preguntaron a los encuestados si sabían de qué país se independizó México, el 51% no sabía, el 13% dijo que de Estados Unidos y el 3% mencionó otros países; solo el 32% contestó que de España (el 1% que falta parece que se echó a correr).

Si toda opinión debe respetarse, tenga en cuenta que en nuestro risueño país, según el estudio de la UNAM, ‘Los mexicanos vistos por sí mismos / Los grandes temas nacionales’, el 37.5% de la población cree en los horóscopos. A todo dar.

Ya en estas y sin ánimo de molestar a nadie, entérese que la ‘Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México 2011, hecha por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Inegi, arrojó datos trepidantes, entre otros: el 72.59% de los tenochcas consultados confía más en la religión y la brujería que en la ciencia (el 25% se hace “limpias”); el 55.67% considera peligrosos a los científicos; el 33.53% cree en los ovnis, como vehículos espaciales de otros planetas… y el 16.42% afirmó que la Tierra da la vuelta al Sol cada mes. Es su opinión.

Dirá alguien que esas ideas son producto de la ignorancia y sí, pero no es por falta de información que vamos por la vida tocando madera; echando granos de sal sobre el hombro; no recibiendo el salero en la mano; poniéndonos calzones rojos el 31 de diciembre; considerando que tener comezón en la palma de la mano anuncia ‘dinero’; consultando adivinas y confiando en las propiedades curativas del tequila (para la gripe es infalible, pruebe). La superstición está hecha a prueba de científicos y también hay científicos que le sacan la vuelta a un gato negro.

Y sean o no producto de la ignorancia, el asunto es el respeto que adquieren al presentarse como opiniones las más redondas tonterías. Ahora mismo una encuesta de ‘El Financiero’ (3 de diciembre) nos informa  que hay un 10% de mexicanos que no creen en que exista el virus del Covid-19… no creen, es su opinión, y en la misma encuesta se encontraron con que el 48% de la gente no confía en las vacunas contra el virus, el 10% no dejará que se la apliquen y un 55% dijo que se va a esperar a ver cómo le va a los que se la pongan primero.

Y cosa muy interesante es que entre los detractores de las vacunas contra el Covid-19, no pocos fundamentan su infundada razón con videos o notas de prensa en las que personas que no conocen ni saben si son o no científicos, argumentan en contra del remedio, desechando los informes oficiales de la Organización Mundial de la Salud, sin reflexionar en la imposibilidad de que alguna de las vacunas aprobadas por algún país fuera dañina sin que las autoridades de salud de otras naciones dieran la voz de alarma. Imagine usted a China y Rusia guardándole el secreto a la Gran Bretaña o los EUA.

Claro, a fin de cuentas, quien teme la vacuna argumenta que es su opinión. Lástima que haya opiniones mortales, para los que las sostienen y el vecindario.

Pero, todo debe decirse: esta pandemia contra todo lo que digan los catastrofistas de siempre, ha mostrado que la humanidad ya sabe defenderse mucho mejor que antes. Siendo enorme el número de contagiados y fallecimientos en el mundo por el Covid-19, es incomparablemente menor a las cifras de otras pandemias que nos han asolado tan recientemente como en 1918, cuando la gripe española enfermó a 500 millones y mató a cerca de cien millones.

Aun así y con la solución a la vista, resalta la importancia en México de dar la lucha por la educación, la cultura y contra la ignorancia, cuando menos para no volver a tener un Presidente que recomiende contra un virus una estampita milagrosa.

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