Fifís y chairos

Humberto Enoc Cavazos Arozqueta

México es un país que desde sus cimientos se irguió —se construyó— y creció dividido. Desde el nacimiento de esta nación hasta el día de hoy, dos bandos han sido los principales actores (destructores) de la historia. Que si aztecas contra tlaxcaltecas; o indígenas peleando frente a los Conquistadores, el masiosare español que llegó desde el océano a invadir nuestras tierras; más adelante la batalla la protagonizaron mestizos, indios, saltapatrases, zambos y peninsulares; y luego el invasor Estados Unidos contra el recién nacido México; posteriormente conservadores contra liberales; y mexicanos contra franceses; y la Bola contra los federales; y maderistas contra huertistas; y otra vez todos contra los gringos; y carrancistas contra zapatistas; y el gobierno en contra de la Cruz; y México contra las petroleras extranjeras; y todos contra el PRI; y estudiantes versus Estado; y cardenistas contra salinistas; y PRD contra PAN; y Andrés Manuel frente a Calderón; y todos contra el Peje [¡López Obrador es un peligro para México!]; y militares contra narcos; y todos en contra de la restauración tricolor, que devino el despertar de los estudiantes en el siglo XXI, los mismos que enfrentaron a Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana; entonces era el movimiento estudiantil contra el Revolucionario Institucional; y más recientemente, el Estado en contra de Anaya; y nuevamente todos en contra de Andrés Manuel López Obrador; y luego pueblo bueno contra la mafia del poder; y últimamente Santa Lucía como antítesis de Texcoco; y actualmente, la última polarización: fifís en contra de chairos, y viceversa.

La perenne polarización que nos distingue y caracteriza como sociedad ha sido la causa de los interminables conflictos y guerras fratricidas que han ensangrentado esta tierra. Vivimos propios y ajenos divididos por una brecha que nos separa, ya sea por cuestiones económicas, o políticas o ideológicas o sociales o culturales o religiosas o deportivas. El panista y el perredista se detestan; y este último y el de MORENA, peor; el indígena y el mestizo no se entienden, no se tocan; todos odian al América; se siguen escuchando insultos antisemitas; pobres y ricos se explotan o se matan o se roban mutuamente; los políticos siguen abusando del ciudadano común; el potentado y el poderoso viven impunes, mientras que el desposeído y el marginado sobrevive, víctima perpetua de los infinitos males que aquejan a la mayoría de los mexicanos.

La conciliación nacional suena a utopía, a proyecto imposible e inalcanzable. Pareciera ser que no existe antídoto que calme nuestra avidez de violencia y sangre y trinquete, de mentar la madre en las calles, de insultar en los estadios, de chingarnos al distraído, de hacer trampa, de demoler, de engordar. ¿Por qué? ¿Acaso el mexicano es un monstruo, fruto del semen del violador, de la saliva del rapaz, de la sangre del bribón, de la chingada, como escribió Octavio Paz? Tal vez este pueblo brotó de una semilla de maldad. Probablemente fuimos concebidos entre el pillo y la inocente, y la mezcla—nuestro mestizaje que nos diferencia—, esa curiosa amalgama, resultó inestable. Quizás.

Para esconder tanto pesimismo, quienes se han encargado de redactar la historia de México, han hurgado entre los escombros que vamos dejando a nuestro paso para encontrar uno que otro acontecimiento positivo del pasado con el cual poder adornar los libros de texto que publica nuestra Secretaría de Educación Pública. Y en éstos, además de un sinfín de errores ortográficos, podemos hallar algunos sucesos en los cuales el mexicano venció. Así es.

También hemos tenido héroes que nos han regalado gloria y han dejado historia en este país. No son pocos los triunfos que hemos alcanzado como nación. Empero, muchos de ellos han devenido desilusión y desencanto. Desde la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, encabezado por Agustín de Iturbide, quien más tarde sería —para el despecho de todos— llamado Agustín I, hasta el triunfo de la Selección Mexicana en contra de Alemania en el Mundial de Rusia 2018. Todas esas victorias nos han ensalzado como pueblo por instantes, para posteriormente dejarnos caer desde las alturas llenos de desesperanza y antipatía. Francisco I. Madero nos defraudó. Vicente Fox también nos quedó mal, y en Rusia acabamos, como siempre, eliminados por Brasil en el cuarto partido. Mucho desaliento, tanta desazón. ¿Qué pasará con el actual presidente electo, Andrés Manuel López Obrador? ¿Sorprenderá o decepcionará?

AMLO cuenta con una legitimidad y aprobación nunca antes vistas. El tabasqueño ha sido el presidente más votado de la historia de México. Polemista y carismático, la efigie del tres veces candidato presidencial ha sido causante de división ideológica, política y electoral entre los mexicanos. Desde su primera campaña presidencial, México se dividió entre lopezobradoristas y antiobradoristas. El “chaparrito, morenito, de lentes”, Fox dixit, no pintaba mucho. Nunca pintó, ni pintará, ahora que quiere hacer su partido. Pero López

Obrador siempre ha pintado. El presidente electo ha recorrido todo el país, todos los municipios, casa por casa, puerta por puerta, apelando a la perseverancia. Hoy cosecha sus frutos; lo hace en un entorno místico y de mito, que pueden ser su perdición. Porque su sexenio, por bueno que sea, significará el derrumbe del mito de Obrador, el inagotable luchador social, que iba a ascender al poder para encabezar la (cuarta) transformación en México, tomando la estafeta de la mano del fantasma de Cárdena, relevándolo no solo a él, sino a Madero, a Juárez y a Morelos, también. Nadie puede sacar a este país del atolladero en el que se encuentra en seis años, ni Andrés ni nadie. Por eso vendrán las decepciones, la desilusión, porque se le tiene en un pedestal altísimo, cual torre de Babel; porque su triunfo fue apoteósico.

En lo personal, considero que se le debe dar el beneficio de la duda al tabasqueño. De alguna u otra forma tenemos que ir empezando a buscar soluciones para disolver la polarización política que tanto nos ha venido afectando. Lo vimos el domingo, cómo muchos de los simpatizantes de AMLO, intolerantes a la crítica, se cansaron de denostar y criticar a quienes marcharon como minoría con motivo de la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco.

Duelen tantas reminiscencias del sexenio pasado. Otra vez la gente metiéndose con la familia de quien gobernará: ahí están los insultos y las burlas a Jesús Ernesto, el hijo más pequeño del presidente electo. Hoy los agravios, las ofensas, son a él, ayer eran a las hijas de Enrique Peña Nieto. Nuevamente leo a simpatizantes del próximo gobierno discriminar y ofender a opositores. Ayer por mugrosos, hoy por fifís. Por lo visto el poder corrompe por igual. Qué lejos se ve la reconciliación nacional. Se logrará si aceptamos como realidad ineluctable el próximo gobierno lopezobradorista, y si todos, esperanzados, temerosos y escépticos, sin renunciar a nuestras libertades, le deseamos el mayor de los éxitos a la próxima administración; porque, insisto, si le va bien a López Obrador, nos va bien a todos. Ahora toca esperar.

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